Definitivamente, para Siempre (bilogía Para Siempre) Libro 2

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CAPÍTULO 34

Dividimos el grupo gigante en pequeños grupitos de dos personas, todos parecían realmente consternados por la seguridad del señor Brown, algunos incluso no tenían idea de que estaba metido en el alcohol, y fue un gran impacto para ellos descubrirlo.

—Lucas, me alegra verte, aunque las circunstancias no son las mejores —saludó Diego.

No lo había vuelto a ver desde la boda, él y yo teníamos vidas realmente ocupadas, sin embargo, me animaba saber que eso no cambiaba la camaradería entre los dos.

Ian, y Eric también me saludaron, el encuentro fue breve, y no pudimos darle la emoción que nos hubiese gustado.

—Ian y yo podemos buscar en la zona sur. —Ofreció Víctor.

—Está bien, creo que alguien debería quedarse en casa por si vuelve —dijo Cristopher.

Noté que los grupos se habían formado muy rápido, aún quedaba Harold, Amalia, algunos vecinos y yo sin pareja. Lo más obvio era pensar que Amalia iría conmigo, pero Harold representaba un problema.

Caminaba de aquí para allá y me daba la sensación de que explotaría en cualquier momento.

—Yo iré con Harold —anuncié.

La reacción de sorpresa no se hizo esperar en la cara de la familia de mi novia. El resto de los presentes realmente no tenían idea de la magnitud del problema, así que no les causó gran impacto la noticia.

Amalia me miró dudosa pero no dijo nada, no tenía cabeza para nada más, y, además, quizá comprendió mis intenciones tras ese ofrecimiento.

Harold me echó una mirada de escudriño antes de asentir.

—Ok, vamos, no podemos seguir perdiendo el tiempo aquí, si se hace de noche será mucho más difícil encontrarlo —replicó.

Cada grupo salió con el rumbo a donde le había tocado. Amalia terminó yéndose con su madre y creí que así sería mejor, pues entre las dos se daban apoyo mutuo. Yo, necesitaba vigilar a Harold.

 

Decir que fue uno de los viajes más incómodos de mi vida, es poco. El niño y yo no teníamos nada de qué hablar, más allá de especular en dónde podría estar su padre.

Comenzamos a preguntarle a cada transeúnte que veíamos si había visto al hombre de la foto, pero el resultado era inútil. ¿Dónde podría meterse un alcohólico en recaída?

Lo más obvio era pensar que estaba en algún bar o licorería, el peor panorama sería encontrarlo en algún callejón ahogado de borracho, rogaba que no fuera así.

—Todo esto es culpa de mi madre —comenzó a susurrar.

Giré los ojos inevitablemente, si iba a comenzar a decir esas estupideces, no sabría si podría aguantarlo.

—Mejor no digas nada Harold, y piensa, ¿en dónde podría estar? Es tu padre, deberías conocerlo.

—Hace años que no sé nada de él.

—Entonces no es solo culpa de tu madre, tú también lo abandonaste —espeté. Me tenía harto con sus golpes de pecho y echaderas de culpa a lo pendejo.

Se detuvo en seco y pensé que iba a replicarme; una de las venas de su cabeza parecía brincar con furia; pero aspiró el aire que había expulsado y no dijo nada. En el fondo, él sabía que yo tenía razón.

Avanzó más de prisa, casi intentando dejarme atrás. No respondió mi pregunta sobre dónde podría estar, pero de pronto parecía determinado a ir a un lugar en específico.

Ya teníamos varias horas preguntando en la ciudad, fuimos a plazas y bares, pero no había rastros del señor, temí que quizá se había ido de la ciudad, y así las posibilidades de encontrarlo eran casi nulas.

—¡Me rindo! —gritó Harold, sentándose en una banca del parque donde lo buscábamos.

—¿Tan fácil te rindes? Vaya amor que le tienes —bufé.

—¡Todos se rindieron! ¿Por qué no he de hacerlo yo? —De pronto vi en sus ojos el mismo miedo que vi en los de Amalia.

—Nadie se rindió Harold, debes parar de buscar culpables. Tu madre no se merece que la trates así. —Me incliné frente a él, las piernas me dolían, estaba cansado y tenía hambre, pero no iba a permitirme parar de buscarlo.

Y no lo hacía precisamente por Robert, o por Harold, lo hacía por Amalia.



Y.C. Socarras

Editado: 03.11.2019

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