Definitivamente, para Siempre (bilogía Para Siempre) Libro 2

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CAPÍTULO 38

Sabía que Amalia estaba actuando así por lo de su padre, la gota que colmó el vaso fue cuando le dio esa cachetada a Cody.

El tipo era un completo imbécil, y ahora entendía varias cosas que esa mañana no había entendido, como la actitud del entrenador antes de dejarme entrar a jugar, a pesar de que me había sancionado por mi escapada de los días anteriores para ayudar a Amalia.

Esa fue una de las cosas que Daniel me había dicho que tenía que contarme.

Sabía que no estaba haciendo un buen juego, que desde que había empezado la temporada, los pases de Cody eran cada vez peores, la mano le temblaba y nos hacía perder el balón y solo por eso, perdíamos los partidos. Yo lo atribuía a su edad.

No es que estuviera tan viejo, pero en el futbol americano; donde recibes tantos golpes, donde el entrenamiento físico te lleva al límite; es lógico que una persona se desgaste mucho más rápido.

La realidad era otra, completamente opuesta.

Cody estaba bebiendo, y eso no se podía negar. En la mañana, el altercado con el aguatero fue porque accidentalmente le había derramado sus cosas, y entre ellas, había una botella. El entrenador lo iba a sacar y él lo sabía, era solo cuestión de tiempo, si es que ya no había tomado la decisión.

Aún así, el modo en el que ella lo provocó no fue el mejor. Terminó empujándola y eso llevó a que mi fuero interno enrojeciera de ira, Amalia era imprudente, pero él era un completo desgraciado.

Le di un golpe directo en la cara, no iba a soportar que la maltratara, mucho menos que la llamara puta. Aproveché a darle varios golpes más antes de que Daniel me detuviera a mí y Francis a Cody.

Su mirada destilaba desprecio, estaba resentido, y hasta cierto punto lo podía entender, pero no era justificación para haber tocado a Amalia.

La fiesta terminó bastante rápido después de eso.

Tomé a Amalia y a su amiga y las saqué de allí lo más pronto que pude.

Sam terminó yéndose a casa de un familiar que vivía de este lado de la ciudad, ya era bastante tarde como para volver a su casa.

Amalia no me miraba, parecía una niña pequeña a la que descubrías haciendo alguna travesura.

—Lo lamento —dijo al cabo de un rato.

Ya habíamos llegado a la casa, a casi las cuatro de la madrugada. Estaba molesto, pero no sabía exactamente por qué. Quería protegerla, odiaba que hubiera hecho eso solo para intentar sentirse mejor por lo de su padre, sin embargo, no podía enojarme al mismo tiempo; no podía entender lo que estaba sintiendo, pero lo intentaba.

—No debiste hacer eso —le dije.

Creí haber usado un tono suave, pero por su mirada supe que no.

—No sé qué pasó conmigo, de verdad, ¿te he metido en problemas?

—Tal vez —dije encogiéndome de hombros—, ¡ey!, lo único que me importa es que estés bien.

—Solo abrázame, ¿puedes?

Hice lo que me pidió y nos quedamos dormidos bastante rápido. La oí sollozar un poco antes de caer rendido, pero no la solté sin importar qué.

 

Una llamada insistente en el celular me despertó. Amalia no estaba a mi lado y se asomó a la habitación cuando vio que no respondía.

—Alguien te llama —anunció.

Me levanté y lo tomé de prisa antes de que se cayera la llamada. Vi la hora de forma fugaz, solo habían pasado unas tres horas desde que me había quedado dormido.

El nombre en el identificador no me gustó para nada. La llamada era la consecuencia de la noche anterior. Tomé aire y contesté:

—Hola.

—Te quiero aquí en veinte minutos —amenazó.

—Ya mismo salgo para allá.

Colgué y corrí al baño, debía sacarme el sueño y el olor a fiesta. No había tomado nada, luego de ver a Amalia así, pensé que sería mejor estar sobrio para cuidarla, aún así se me había caído una que otra bebida encima.

—¿Quién era? —preguntó.

—El entrenador.

Iba tomándose una taza de café, probablemente para el dolor de cabeza que debía tener. De nuevo volvió a mirarme con ojos de cachorrito culpable.



Y.C. Socarras

Editado: 03.11.2019

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