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PEQUEÑA GRAN FELICIDAD

Si no hubiésemos venido a Nueva York, si no nos hubiésemos quedado hospedados en la gran habitación de un exclusivo hotel, muy probablemente seguiríamos sumergidos en las ganas que agonizaban adentro nuestro, día con día y noche con noche. Pero finalmente la tuve como la quería, como la deseaba, como desde hacían varias semanas me carcomían los deseos de tenerla en un tiempo y espacio solo para los dos.  
Aferrado a mi debilidad por sus deliciosos senos, por su fresco aroma y toda su delicada humanidad, la presioné entre mis brazos y la amé más de lo que ya la amaba cada instante de mi vida. ¡Mi Agatha! ¡Mi maravillosa Agatha! Un mundo desconocido que aún me quedaba mucho por explorar y que cuando parecía haber hallado el camino correcto para hacerlo, éste repentinamente se borraba de mi horizonte pues ella nunca me permitía ir más allá de sus propios límites establecidos y aquella noche no fue la excepción.  
Lo nuestro era sólo sexo en la intimidad y apenas unas cuantas osadías de mi parte o de la suya. Nunca pude hacerle el amor y nunca la tuve desnuda junto a mí, ni siquiera en paños menores.  
Agatha nunca se metía a la tina conmigo, jamás se vestía o desvestía ante mis ojos y eso de tanto en tanto me hundía en un profundo mar de pensamientos y preguntas. 
Mi esposa usaba siempre ropa que la cubría desde los tobillos hasta el cuello, en ocasiones vestidos holgados con mangas largas y en otras, pantalonas con camisas, todas siempre con mangas que cubrían sus brazos.  
No deseaba perturbarla con mis preguntas pues siempre me dejó en claro que me contaría cosas cuando ella estuviera dispuesta a hacerlo pero la última vez que decidió abrirse conmigo fue aquel día en que me enseñó el pequeño defecto en su muñeca derecha. Minúsculo detalle que al final de cuentas paso desapercibido ante mis ojos debido a aquel horrible tatuaje en forma de iniciales que llevaba en la parte baja de la palma de su mano.  
Yo la amaba demasiado, tanto que no habría defectos suyos capaces de impregnarse ante mis ojos. ¿Pero como la convencía yo de aquello?  
Por esos días bonitos en New York que estaban por venir, decidí dejar pasar todos mis pensamientos y todas las preguntas que me asaltaron en la madrugada luego de nuestra noche de sexo. Sin embargo, Agatha y yo tendríamos más momentos como ese y no tardaría demasiado en volver a caer en mis inevitables cuestionamientos al respecto.  
Al día siguiente de nuestra llegada y a primera hora de la mañana, Agatha tuvo una reunión con miembros de la editorial y luego de ajustar ciertos detalles concernientes al contrato oficial que había estudiado minuciosamente con anticipación, firmó aquella vinculación, segura y firme en su decisión.  
La noticia no tardó en ser publicada en la Website del Skyfireflies Press y en otros medios vinculados a la misma.  
— En un par de horas te reunirás con miembros de nuestro Comunity Manager. Ellos van a asesorarte de modo a que ejerzas un buen control de tus redes. No olvides que eso es muy importante Agatha. 
Mi esposa llevaba una vida absolutamente desapercibida y su intención no era para nada que aquello tuviera que cambiar, sin embargo ella merecía que la reconocieran por sus obras y sus logros y eso quedaría a cargo del Comunity Manager que se encontraría a su entera disposición las veces que fuera necesario para dar a conocer todo lo relacionado a sus trabajos.  
— Mi amor ahora todo nuestro tiempo será para pasear y disfrutar de Nueva York. ¿Te parece la idea?  
¿Cómo no si era lo que más deseaba? Había tanto por hacer en aquella ciudad y teníamos tan poco tiempo que no hubiese sido correcto desperdiciar tan solo un segundo de toda nuestra estadía allí. 
Primeramente fuimos a almorzar a uno de esos sitios de comida rápida que contaban con espacios para que los pequeñitos pudieran jugar y divertirse. Allí nuestra Hatice quedó bastante entretenida mientras nosotros comíamos. Claro, sin perderla de vista un solo instante. 
Si alguna cosa buena merecía yo en aquellos tiempos, era esa pequeña gran felicidad con mi familia. Una porción de libertad que sentimos y que sin dudas hacía honor a aquella gran estatua que pudimos observar desde el Mirador del Empire State Building. 
Costó un poco pero no volvimos a casa lamentando no haber visitado el Museo Metropolitano de Arte, el Times Square, el Central Park, el Puente de Brooklyn, el Rockefeller Center y de último, buena parte del circuito de Broadway.  
— No te pongas triste mi Oğuzhan —Suplicó Agatha— 
En realidad no lo estaba ¿Cómo podría luego de los días maravillosos que habíamos vivido? Es verdad que visitar una de las avenidas de Broadway, arrojaron pequeños fragmentos melancólicos de mi pasado y de mis viejos proyectos sobre los escenarios pero ya no había razón para entristecer. Poseía lo más grande que Allah pudo haberme otorgado. Mi familia, el amor de mi Agatha, y de mi hija al igual que el apoyo incondicional de mi apreciada Farah y la alegre compañía de nuestra mascota, Min. 
De ese modo partimos, no sólo con innumerables recuerdos en la memoria sino también en las incontables fotografías que nos habíamos tomado durante nuestra estadía en Nueva York.  
— Mandaré a revelarlas todas y las colocaremos en un álbum muy especial —Dijo mi Agatha observando alguna de ellas desde el móvil— 
UN PAR DE DÍAS DESPUÉS 
Era día de visita en el centro de rehabilitación y mi esposa había ido a ver a su hermano en lo que yo permanecía cumpliendo horas extras en mis terapias físicas. Mientras finalmente retornábamos a casa luego de un día muy exhaustivo para mí, decidió contarme una cosa antes de que llegáramos.  
— Conseguí una casa muy bonita en Kudelstaart. Una casita hermosa de verdad en un barrio encantador y muy pintoresco donde podrás hacer solito las cosas que tú quieras mi amor, como llevar a nuestra hija al parque por ejemplo o ir a comprar alguna cosa a la tienda. 
No supe bien que pensar en aquel instante. Las cosas que acababa de decirme mi esposa sonaban bastante bien en verdad pues aquel segundo piso de la 14 Beukenweg me tenía realmente inutilizado y nuestra hija no podía expandirse en un buen ambiente como correspondía pero… ¿Qué sucedería con mis terapias en el hospital? Kudelstaart quedaba a una distancia considerable del hospital neerlandés. ¿Y porque no me había mencionado antes sobre aquellos planes? 
— ¿Dime si alguna vez no he previsto todo para nuestra comodidad? ¿Crees que no pensé en eso? Tendremos un coche, mi amor y en lo que tú saques tu propio registro de conducir, yo conduciré 
— ¿Ne?  
— ¡Mi vida! —Exclamó llenándome de besos— Es tu segunda palabra mi hombre valiente. 
¡Allah, de nuevo no, por favor!  
— No pongas esa cara que no estoy tratándote como a un niño. Si te tratara como tal no habría solicitado tu permiso de conducir. Ya puedes hacerlo mi Oğuzhan porque tus manos y tus brazos ya están fortalecidos y ya puedes mover los pies aunque eso no importaría demasiado porque nuestro coche será completamente automatizado.  
¿Por cuánto tiempo estuvo planeando todo aquello, sola sin compartirlo conmigo? —Pensé— 
Como siempre con ayuda del enfermero Peter, subimos a casa y allí seguiríamos discutiendo al respecto. Tenía muchos puntos que aclarar con ella y respiré profundo sabiendo que aquello requeriría de toda mi absoluta paciencia. 
¿Compraste una casa y no me dijiste? —Pregunté pasándole mi tableta—  
— Amor, una video llamada de tu amigo —Dijo contestando y pasándome de vuelta la tableta—  
— ¿Hermano, como estás? 
Con una seña afirmé que estaba bien y entonces no tardó en aclarar la razón de su repentina llamada.  
— ¿Has visto las noticias, Oğuzhan? 
No de hecho, odiaba mucho ver las noticias —Pensé mientras negaba con la cabeza—  
— Çihan Alkas apareció muerto junto con otros tres hombres en Yeniimaret, Edirne. Busca la información y cerciórate por ti mismo. 
Durante mucho tiempo, Çihan Alkas y sus cómplices habían sido incansablemente buscados por las autoridades de Estambul pero nunca dieron con su paradero hasta el día que aparecieron muertos y del modo más terrible que nadie hubiese podido imaginar. 
Torturados, con varios impactos de balas y desmembrados en varias partes, habían sido hallados en los alrededores de una choza despoblada de la provincia de Yeniimaret en Edirne. Se desconocía el trasfondo de aquellos actos pero tampoco uno necesitaba ser un agente de investigaciones o un criminalista para saber que todo tenía que ver con ajuste de cuentas o venganza por sus malas andanzas. 
Con respecto a mis sentimientos sobre aquel exceso de información, todo me resultó irrelevante. La muerte de aquel hombre no me devolvería la vida que tuve y que perdí por su causa como tampoco sanarían las heridas irreversibles a las cuales me había condenado. 
Çihan Alkan podría arder en el mármol del infierno pagando por sus culpas cada día y no me importaría, del mismo modo que no me importarían sus cómplices y el destino que fueran a vivir.  
— Con este desenlace de Çihan Alkas, se reactivarán las investigaciones sobre la agresión que sufriste, Oğuzhan —Dijo mi amigo en un posterior llamado durante la noche cuando ya me encontraba al tanto de todo lo sucedido— 
¡Que absurdo! El hombre ya está muerto —Pensé— ¿De qué serviría seguir investigando?  
— Me parece bien —Irrumpió Agatha— Aún queda saber porque le hicieron tanto daño a Oğuzhan. Tuvo muchos cómplices y ahora que ese hombre está muerto quizás tengan más agallas para hablar y decir la verdad. 
Sabía muy bien a quién se refería específicamente mi esposa y quizás tenía razón. Si Nergis en verdad fue cómplice de todo lo que me había sucedido bajo las influencias de Çihan Alkas, debía comenzar a hablar para intentar salvar lo que quedaba de su conciencia. 
Un par de horas después ya casi al caer la noche, golpearon a la puerta y en vista de que nunca esperábamos a nadie llegar a casa, nos habíamos alertado un poco. 
Luego de observar por el pequeño hueco de la puerta, sorprendida y con las manos en el pecho, Farah nos observó por una fracción de segundos y abrió la puerta sin pensarlo dos veces. Era mi hermano Ömer quien había reaparecido nuevamente pero que en aquella ocasión no lo había hecho solo. 
Parado frente a la puerta abierta yacía cargando una templanza envidiable de un lado y del otro, a una pequeña niña que definitivamente no resultaba ajena ante mis ojos.  
— Tú y yo tenemos pendiente una larga conversación, hermano.  



Britzberg

Editado: 23.02.2020

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