Déjame amarte

Tamaño de fuente: - +

3.

Despertó empapado en sudor. Las pesadillas eran demasiado reales y repetitivas. Se confirmaba su diagnóstico de no encontrarse recuperado del todo. Aun así, no quería pensar.

Se levantó deprisa de la cama y en pocos minutos, estaba listo para salir. Aunque lo primero fuera el desayuno que tomaría, sin demasiada hambre, después de que el familiar nudo en su garganta que ya se conocía de sobra, se acomodase en tan molesto lugar. Necesitaba tomar el control de su ansiedad. Tenía que repasar lo aprendido durante todos estos años de la mano de psicólogos y otros especialistas que intentaron colocarlo en su lugar. E intentar dejar aparcado muy atrás lo malo pasado.

Nahuel lo recibió en la cocina con todo ya preparado. No hubo conversación. Solo el riguroso saludo de unos buenos días y poco más.

Durante el camino, el hermano mayor se puso al mando del vehículo. Tristán se sumergió en la distracción de uno de aquellos famosos vídeos de Youtube. No se comentó nada de Elisa. Tampoco sobre Natalia. Y mucho menos, sobre la odiada Estela. A pesar de que Nahuel continuaba sintiéndose fatal por el error cometido contra su hermano. Seguía creyendo que había sido una tremenda estupidez haberlo metido de nuevo en un lío de faldas, sin investigar a fondo a aquella mujer. Podría sucederse de nuevo la tragedia acontecida tiempo atrás. Aunque, en realidad, tampoco podían meter a todas las mujeres en el mismo saco. Lo de Estela era un caso aislado de psicosis peligrosa. Aún así, mejor sería que alejase a Natalia de su hermano. Rogó al cielo que ella cumpliera lo que le mandó por mensaje. Que fuera así de fácil deshacerse de ella sin tener que acudir a otras técnicas más desesperadas.

 

 

 

Álex y Blas los saludaron nada más los vieron aparecer por la puerta del gigantesco edificio. Blas puso cara de malas pulgas.

—¡Ayer por la noche no te conectaste, tío! ¡Eres un desertor! —lo aguijoneó, cruzándose de brazos, con la mirada entornada—. Y te estuve llamando por Skype.

—Silencié mi teléfono. Lo siento. —Después de recibir los mensajes y las llamadas de Natalia, él había decidido silenciarlo y dejar el teléfono abandonado en la mesilla de noche. No quería pensar más en nada que lo preocupase—. Me encontraba demasiado cansado y necesitaba dormir —agregó, sin desear explicar nada más.

Blas acabó por mostrar una sonrisa que no terminó de salir tan sincera como deseaba.

—No te preocupes. Hoy nos conectamos y punto.

—Hoy no sé si podré. Tengo una entrevista de trabajo y no sé a qué horas llegaré, y si me sentiré con fuerzas para mantenerme despierto —explicó desganado. Al fin y al cabo,no quería explayarse en su explicación. Ni consideró que debiera hacerlo.

—¿Vas a ponerte a currar? —inquirió Álex, estupefacto.

—Sí. Lo necesito. —Frunció los labios, molesto—. ¿Algún problema? —formuló, algo más molesto.

—¡No! No… ¡Desde luego que no!

Tristán trató de rebajar una pizca la tensión creada, evitando que se iniciara una pelea con él, a pesar de que se sentía demasiado disconforme con su proceder, cuando su vida personal no debería de discutirse. Al fin y al cabo era personal, y tenía derecho a hacer cuanto quisiera sin tener que justificarse.

—Quédate tranquilo. Buscaré algún hueco para jugar con vosotros. Tampoco es que os vaya a dejar de lado.

—Cuando puedas. Mejor no te agobies —comentó con retintín.

—¡Chicos! ¡Haya paz! Habrá tiempo para todo, si os organizáis —intervino Nahuel, continuando con la idea de que no llegasen a un enfrentamiento. Al fin y al cabo acababan de conocerse como para empezar a tener rencillas entre ellos. Y seguramente nadie de ellos quería pelear. De eso, estaba demasiado seguro.

—Me parece genial —lo felicitó Álex—. Acabarás agotado. Pero un poco de dinerillo no viene mal.

—Sí. Eso pensé —le dio la razón Tristán—. Con lo cual, tendré menos tiempo libre que hasta día de hoy —avanzó.

—¡Y yo que esperaba que formásemos un grupo de quedada para los fines de semana —gruñó Blas, por lo bajo.

Álex le dio un codazo.

—¡No seas insoportable, tío!

Tristán avistó a lo lejos a Natalia. Había llegado la hora de la verdad. Y con ello, se le enganchó de nuevo el maldito nudo en su garganta.

A medida que se iba acercando, la tensión iba en aumento. Nahuel y los otros dos chicos se mantuvieron a la expectativa. A pesar de que Álex y Blas no estuvieran al tanto del trasfondo oscuro que se ocultaba tras las espaldas de Tristán, y por las que alejaba a las mujeres de su espacio vital.

Ella pasó fugaz, sin levantar la mirada del suelo, y sin ni tan siquiera advertir a Tristán que sí se percataba de su presencia. Estaba cumpliendo con su promesa. Era una mujer de palabra. Algo que lo conmovió, aunque prefería no exteriorizarlo.



DenisBlue73

#12749 en Novela romántica

En el texto hay: romance juvenil, amor, suspense

Editado: 09.02.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar