Déjame amarte

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12.

Finalmente, Tristán prefirió no discutir con su hermano. Y no procedió al interrogatorio al que tenía pensado someterlo. Se sentía demasiado iracundo, atemorizado, desmesuradamente abrumado, para no volver a mencionar más temas de aquellos que conseguían superarlo. Probablemente, por su larga lengua, y su ímpetu por protegerlo, conseguiría que incluso sus nuevas amistades se alejasen de él. Ya recibía reproches y quejas por parte de Álex y de Blas porque no les dedicaba ya ni una pizca de tiempo, como para seguir escuchando más ruegos y exigencias. Seguramente, ellos todavía no supieran sobre Estela. ¿O Nahuel ya habría procedido a contárselo? ¿Y Natalia? ¿Aparecería donde se citaron mostrándose valiente, aún a pesar de lo que haya escuchado de los labios de su hermano? ¡Solo quería tener una vida en paz! Una donde no lo etiquetasen de peligrosos, de problemático, o no diese lástima. Donde no tuviera a nadie pisándole los talones con muy malas intenciones. Donde pudiera respirar tranquilidad. ¿Acaso pedía mucho? Él creía que no.

Y luego estaba Estela. Había abierto su mensaje como tropecientas veces, leyéndolo de nuevo. Ella lo estaba espiando. ¿Cómo si no, sabía que se estaba relacionando con Natalia, aunque fuera una simple amistad?

Apenas descansó durante la noche. Los malos sueños regresaron junto al maldito mensaje. El desasosiego… el temor a tropezarse con ella, de camino a clase… o en el trabajo. Un mensaje que aseguraba su presencia en Madrid. ¡Demasiado astuta para su gusto! Alguien le habría facilitado su paradero. Pero, ¿quién lo habría hecho, conociendo lo ocurrido? Sus amigos de Soria sabían cuánto daño le había causado. Sería prácticamente imposible que fuera uno de ellos. Y el destino de ambos hermanos no sería uno de los temas más mencionados por sus padres. No, cuando al hacerlo, conseguirían dar la posición de Tristán, al momento.

Y madrugó cuanto pudo para no cruzarse con su hermano en la cocina. Presenciar su gesto tranquilo porque se había desahogado, y buscado cómplices, según él, para librar a su hermano de aquella loca conseguía crisparlo aún más. ¿Por qué tenía que provocar que lo observasen como a un bicho raro por su sobrecogedor pasado? ¿Para qué meter miedo a aquellos que llegaban recientemente a su vida? ¡De nuevo, metidos en un alarmismo innecesario! Bueno, no tan innecesario. Casi confirmando que ella se encontraba cerca… en el mismo Madrid. Considerarlo, lo hacía estremecerse. Igualmente, censuraba que se le trataba como a una pobre víctima, desahuciado de su precioso mundo. Un pobre infeliz marcado con el estigma del miedo. ¡Desde luego que él no era así! ¡Ya apechugaría como fuera para no sentirse, ya, muerto! Así que nada de conversaciones de esta índole con su hermano que parecía un condenado centinela molestamente pegado a él, todo el tiempo.

Se apresuró por tomarse el desayuno antes de que este apareciera.

—¡Qué prisas! Madrugaste mucho. ¿A qué vino eso? —lo interrogó su hermano, al cruzarse con él a la salida de la cocina—. ¿Preparaste hoy tú mismo nuestro desayuno?

Tristán no se preocupó en informarlo. Simplemente pasó de largo, de camino hacia su habitación. Se sentía lo suficientemente cabreado como para no dirigirle la palabra.

Finalmente esperó a Nahuel dentro del portal. Afuera no se atrevía a hacerlo por si aquella despiadada mujer anduviera investigando por la zona. Debía de dejarse ver lo menos posible. Cuando este lo alcanzó, no pudo evitar interrogarlo:

—¿Qué diantre te pasa? ¿Qué hice mal, esta vez?

—¡Lo sabes! Y temo las consecuencias de tus confidencias —lo acusó.

—¿Confidencias? ¡Vamos Tristán! —Un taxi se detuvo frente a ellos—. ¿Llamaste al servicio de taxis?

—¡Bye, hermanito!

—¡Un segundo! ¿No voy a ser yo quien te acompañe? —Él no se molestó en responder, moviéndose hacia el exterior, de camino al vehículo—. ¡Vamos! ¡Joder!

¡Nada! No hubo clemencia por parte de aquel. Lo había hecho mal. Para su parecer, que contase algo tan personal a desconocidos le había sentado como una soberana patada en el trasero. Y lo dejó plantado, con la palabra en la boca.

 

 

—¿Qué pasa, tío? ¡Qué poco te dejas ver! —protestó Blas—. ¿Qué haces por las noches?

—Las tareas, tío. ¡No doy a basto! —se excusó Tristán, desinteresado. Y es que tenían razón. Desde que sabía que Estela deambulaba por Madrid, e incluso mientras lo sospechó, no podía concentrarse en nada. Ni siquiera en aquello que le gustaba.

«¡Por Dios! ¡Es una mujer! ¡Una simple, y en el fondo, débil humana!»; repitió en su cabeza buscando quitar hierro al asunto. ¡Sí que lo era! Pero una mujer que tenía una mente tan diabólica, como aterradoramente creativa. ¿Qué planes tendría ahora para darle caza? ¿Cuándo se empeñaría en aparecer? ¡Aquella mujer estaba loca! ¡Desquiciada! Su obsesión causaba escalofríos. De todos modos, tenía que aliarse con la valentía y enfrentarla. ¿Por qué no?



DenisBlue73

#12707 en Novela romántica

En el texto hay: romance juvenil, amor, suspense

Editado: 09.02.2019

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