Delfines en el cielo

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Capítulo 5 - Un alma destinada a la tuya

Como dice Wayne Dyer “Si te encuentras con alguien cuya alma no está alineada con la tuya, envíale amor y continúa con tu vida”.

Era algo que no entendía en aquel momento, estaba empeñada en seguir enamorada de mi mejor amigo Ismael, entendía que existía entre nosotros ese hilo rojo que conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, no importando tiempo o espacio, ni las circunstancias en que se encuentren. Pero tal vez a nosotros nos conectaba el hilo negro del destino, ese que une tu karma con el de otra persona, para que sean maestros el uno del otro y aprendan lecciones que no aprendieron en otras vidas, ese era tal vez el que me unía con Ismael, y a él conmigo.

Yo tenía que aprender a soltar el control, a dejarme llevar, a no ser tan rígida y romper las reglas de vez en cuando, él debía aprender a amarse a sí mismo, perdonar y sanar. Entre otras cosas, ambos teníamos que aprender a conocernos y descubrir nuestro potencial, a no sabotearnos a nosotros mismos una y otra vez. De cierta forma nos necesitábamos para aprender las lecciones, éramos más un karma mate, no podíamos desprendernos el uno del otro hasta descubrir qué era aquello que nos unía.

El destino, el amor y el karma siempre encuentran una manera para encontrarte, para manifestarse, para cambiarte... Desde cerca o desde lejos, pero la encuentra, en forma de carta o de un poema, y hace la invitación, luego entra, te des cuenta o no, lo quieras o no, y ya no puedes pararlos, hasta que ya es muy tarde no te das cuenta.

Eso pasó conmigo, Ismael fue entrando en mi sistema, y yo fui tomando las señales de una manera equivocada, pues debía aprender la lección que no había querido aprender, tal vez él tampoco. El ciclo no se equivoca, yo no lo podía romper hasta comprenderlo, de hecho ninguno de los dos. Ser vulnerable no es nada malo, no tener el control de todo tampoco, aunque al principio ambos pensábamos que sí.

Y es que a veces nos convertimos en cactus y lastimamos a todo el que se nos acerca, solo por el miedo que tenemos a encontrar una familia, un hogar, o a alguien que no nos deje solos con nuestras heridas, e Ismael había decidido ser un cactus, por lo que con el tiempo comenzó a lastimarme, tal vez sin quererlo. Su miedo al amor, a dejarse querer, le impedía dejar que me acercara a él, a pesar de ser su mejor amiga y de llevar tantos años siéndolo.

Otras tantas veces nos convertimos en apostadores y vamos apostando y perdiendo todo en el trayecto de la vida, y en ese juego de apuestas vamos también lastimando a los demás, y sobre todo a nosotros mismos, creo que me había convertido en apostadora, apostando siempre por los demás, incluso olvidándome de mí, esta vez apostaba a él, quería que conociera el amor, quería que lo abrazara, que perdonara y que viera la luz.

Pero la vida, es sabia y pone cada cosa en su lugar y a cada persona con quien debe exactamente estar, y lo hace en el momento justo, aún sea en la distancia, para que uno deje de ser el cactus y el otro deje de ser el apostador, y así como la vida pone las cosas en su lugar correcto, cada uno empieza a poner cada pieza interna en su lugar correspondiente, para luego transformar la vida desde adentro hacia afuera, y entonces todo empieza a cambiar. Y así sucede que se dan cuenta que el hogar no es un lugar, sino donde está el corazón, y que a veces para seguir adelante hay que regresar al lugar donde empezó todo, sanar, volver a reír y vivir nuevamente. Porque cuando el amor llega, en cualquiera de sus formas, por más que te resistas, encuentra una forma de entrar y transformar lo que debe, aunque no le toque quedarse, pues su misión solo es la de transformarlo todo.

Él se convirtió en mi hogar, yo me convertí en su torre de salvación. Realmente yo no buscaba eso, pues había acabado recién una relación traumática, que había tomado casi todo de mí, pero lo que había quedado pendiente de aprender de esa relación, me tocó aprenderlo con Ismael.

- Yo estoy contigo ahora, y quiero ayudarte - Siempre decía.

Y mi corazón palpitaba como motor a velocidad máxima, sus hermosos ojos eran mi perdición.

Si, era un sentimiento prohibido, yo lo sabía, pero no podía evitarlo, tampoco podía atreverme a darle un beso que le hiciera saber lo que sentía, eso podía arruinarlo todo. A veces él me descubría mirándolo embobada, perdida en sus ojos o en su sonrisa, a veces no entiendo como no se daba cuenta de que estaba perdidamente enamorada de él, pues resultaba obvio casi todo el tiempo.

- ¿Quieres decirme algo? - Me decía al descubrirme pérdida en su mirada.

- No, solo que no me había percatado del hermoso color de tus ojos - Me atreví a decirle en esa ocasión.

- ¿Qué tienen de especial? - Preguntó, tal vez de alguna manera sabia en que estaba pensando, y necesitaba que se lo confirmara.

- ¡Nada! - Le dije, mirando hacia otro lado, mis mejillas se tornaron rosas.

- ¿Segura? ¡Te has ruborizado! - Respondió.

- ¡Estoy segurísima! - le dije sin mirarlo a los ojos.

- Pues no parece, no sabes mentir. - Respondió.

- Podría jurar que esperas que te diga algo - Le dije.



Ovent

Editado: 10.10.2019

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