Delfines en el cielo

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 11 - La chica perfecta en tu mejor amiga, pero que no es tu hilo rojo.

Las respuestas llegan a su tiempo, las piezas encajan en su debido lugar justo al tiempo exacto, mostrando lo que tus ojos no podían ver.

Yo hace tiempo que sospechaba que Esther sentía algo por mí, pero no encontraba la manera de decírselo, no quería lastimarla. Era la única persona en el mundo que realmente me importaba. A pesar de mi fachada de chico malo y rebelde, que es incapaz de sentir algo por alguien alguna vez, yo la quería demasiado como para herirla. Si,  a veces hacía cosas estúpidas, es cierto que brincaba de chica en chica cada cierto tiempo, y que a veces se sentía bien que alguien se preocupara por ti y te amara de la manera en que ella lo hacía, pero tenía miedo de dar ese paso con ella, nuestra amistad era demasiado buena para arruinarlo todo y convertirla en una chica más en mi vida. Si eso pasaba, si me permitía cruzar la línea, eso podría arruinar la única relación duradera y real en mi vida. 

Ella era perfecta, tenía todo lo que un hombre desearía encontrar en una chica, incluso a veces podía tener tanto, dar tanto, que desbordaba los límites humanos. Y aunque eso era bueno en cierto punto, sabía que después de un tiempo la odiaría, después de unos meses lo terminaría todo como siempre lo hacía, y entonces, me quedaría sin esa persona especial que lo daba todo por mí y siempre estaba ahí para mí.

Yo no creía en el amor, ni en esas cosas de las que ella siempre hablaba, para mí solo eran boberías. 

Mientras unos llenan sus vacíos con otras personas, tratando de sanar sus heridas con las células de otros, hay quienes llenan sus vacíos con las piezas internas propias que quedaron desencajadas, llenándose con sus propias células, con amor propio, como Esther y muchas otras chicas que saben quiénes son.

Mientras algunos buscan un reemplazo luego de una ruptura, otros se renuevan, se reconectan con su poder interior, sanando, reconociéndose a sí mismos, teniéndose para luego poder darse, amándose para poder amar a otros, volviendo a casa. Ella era capaz de eso, era capaz de creer, tenía fe, y yo solo podía observar, yo no podía ser así, yo solo le quitaría todo eso de lo que ella era capaz y no podía hacerle eso. La había visto sufrir tantas veces por su ex novio, pero también la había visto sanar y resurgir de sus propias cenizas para volver a ser la chica que siempre he admirado en silencio. Yo la quería demasiado aunque era incapaz de admitir tal cosa, así que no podía quitarle lo que ella tenía. Ser egoísta no era uno de mis defectos.

Hay quienes creen que la fortaleza está en ser duro como piedra, o mostrar que eres una roca que nada lo embiste. Yo era uno de esos que lo pensaba. Pero con el tiempo descubrí que el bambú es fuerte, pero deja que el viento lo mueva, y aun así es resistente y no se quiebra. Ser fuerte es mucho más que aparentar que eres una montaña que nada la mueve, ser fuerte es ser como el viento que es capaz de ir suave y acariciar la piel sin que lo puedas ver, pero también capaz de ir tan rápido que puede arrancar un árbol de raíz. Hay quienes creen que ser maduro es estar serio todo el tiempo, ser tosco y duro, pero ser maduro es responder a la vida con coherencia, razonar con claridad, ser responsable ante las adversidades, pero manteniendo esa chispa de niño en el interior que te permite ver la vida más allá del blanco y negro. Me costó mucho aprender todo esto, y me costó perderle a ella también. 

Las personas prefieren huir de sus responsabilidades, esquivar los problemas, escudarse en las excusas y en los miedos, por no enfrentar lo que deben. Prefieren culpar a los demás, pelearse con quienes intentan mostrarles la realidad, todo por no aceptar las consecuencias de sus acciones. Las personas cobardes no van a atreverse a luchar por lo que deben, porque huir les parece más fácil, porque culpar a otros les evitará hacer introspección y reconocerse. Porque es mejor buscar otra cosa en que ocuparse que enfrentar lo que tienen en frente. 

Yo era un cobarde, disfrazado de un chico malo y rebelde, pero en el fondo era débil y asustadizo, le temía al amor. Y no existe mayor repelente para el amor que el miedo.

Es que el amor no tiene cara, nombre, ni forma de actuar, hasta que tú se la das. Le das el nombre, forma y manera de actuar según eres como persona, según actúas, piensas, sientes y vives. 

Hace mucho tiempo que lo sé. - Le dije. - Eres muy poco buena tratando de ocultar tus sentimientos. 

Ella se había quedado inmóvil, no podía siquiera responderme, y yo no quería presionarla a admitir algo que ya hace mucho tiempo sabía. Tomó una bocanada de aire, se acotejó el pelo detrás de las orejas y luego dijo:

- Hay cosas que son visibles a simple vista, que no necesitan preguntarse pues brillan como la luz del sol. - Hizo una pausa y luego prosiguió. - También hay cosas tan oscuras y ocultas como la noche antes del amanecer, pero, la verdad es verdad aunque trates de teñirla de gris oscuro. - 

- ¿Estás admitiendo lo que pienso? - Le pregunté.

- No sé lo que estés pensando, pero acabas de decir que ya sabias que estoy enamorada de ti. - 

Hay momento para todo, solo hay que saber hacer el momento o elegir el adecuado para cada cosa, hay que saber elegir bien cuando construir ese momento adecuado, para no arrepentirse por haber elegido mal.



Ovent

Editado: 10.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar