Demonio

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2.

La semana se pasó más rápido de lo que esperaba, mis amigas habían planeado hacer algo, yo  no pensaba ir. Sólo quería dormir todo el día hasta el lunes siguiente, estar con Alastor es difícil. Sus facciones eran perfectas, todo estaba bien proporcionado. Y se ve tan adorable cuando sonríe, y tiene hoyuelos, de verdad qué él es la perfección andante, aunque no sabía lo que él era, o si lo sabía pero quería pensar que no lo era.


–Cinco minutos más – le dije, me di la vuelta para seguir durmiendo. 
–Son las siete y debemos entrenar... – me tiró de la cama. 
–Oye… – lo vi de frente, caí de espaldas. 
–Ponte ropa… – Llevaba sólo mi ropa interior y una camiseta algo corta con el estampado de un búho. 
–Sal de mí cuarto – grité. 
– ¿Se supone que dormías con ropa? – me preguntó sin dejar de verme 
–Si, pero hacía calor en la noche y me quite el suéter de la pijama y el pantalón… ¿Tiene algo de malo? 
–Si, qué vives conmigo… Bueno estamos juntos por esté problema en el qué estoy. 
–Yo estaba parada sobándome la cabeza. – Salgo en un minuto. Salió del cuarto; me empecé a cambiar, cuándo me di cuenta que no tenía nada de ropa deportiva, y recordar el suceso me ponía nerviosa. 
Toco la puerta – ¿Ya…? 
–Creó qué no estaría mal ir en short y camiseta… – tomé la ropa y me cambié, salí del cuarto haciéndome una especie de colita. Salimos en silencio, no hacía falta hablar, los silencios eran cómodos con él. 
–Veamos si eres buena poniendo en práctica lo aprendido en libros – me dijo retador. 
–Bien… – me acomodé para hacer un primer intento, él se acercó a mí lento. Como un gato cazando a su presa, y yo la rata espantada en la esquina. 
–Relájate. – Se puso atrás mío – la mano más abajo, abre un poco las piernas – con el pie abrió mis piernas, estábamos muy juntos. Trague saliva. Su mano izquierda estaba en mí cintura, estaba frío, su piel era fría como la de un cadáver 
–Ajá… – temblaba de nervios. 
–Hoy no invocaremos, haremos otra cosa. Pelea cuerpo a cuerpo – me susurró – ¿Lista? daremos una patada, yo te guiaré. – tomó mi pierna e hizo el golpe al aire. Caí en un colapso de nervios y sensualidad qué emanaba él.  
–Ahora inténtalo tú – se puso frente de mi. 
–Sí – moví la cabeza y repetí la patada. Tomó mi pierna a la altura de mí rodilla. 
–Más arriba el golpe y no cierres los ojos – me indicó a que altura. 
–Si. ¿Otra vez? – pregunté. 
–Si, hasta que no cierres los ojos. Intercambia derecha – izquierda al dar la patata. – estaba frente mío. El me mostraba como dar la patada, era ágil y preciso. Estuvimos así como una hora, las piernas me dolían pero al menos ya sabía dar un par de patatas y esquivar golpes. Eso sí, ya no cerraba los ojos. 
–Bien, ahora veamos que tan bien golpeas con los puños – se acomodó detrás de mí y me mostró cómo cerrar la mano y la manera correcta de dar un golpe. Se puso de frente – bien ahora pégame. 
–Ok… – cerré los ojos. 
–Abre los ojos – me ordenó. 
Empecé a darle de golpes, me corregía la postura y empezaba de nuevo. En uno de tantos golpes le di en la cara. –Alastor… ¿Estás bien? – lo tomé de la cara. 
–Si, veo que haz dominando más rápido esto que la magia. – se incorporó. 
–Qué alivió… Pensé que te había roto la nariz… 
–Todavía no llegamos a eso, te falta fuerza y habilidad. Vamos a correr cinco kilómetros y hacer ejercicio de fuerza, no todo es golpe – empezó a correr. Yo iba atrás de él, Dios corría muy rápido, fácil me dejó atrás cinco minutos.  
–Eres lenta… – me reprochó. – cambiaremos la dieta y empezaremos con teoría sábados y domingos, de lunes a viernes práctica. – me habló, yo mientras moría por el cansancio. 
–Parece que me preparas para la guerra… – le recrimine. Hablamos un poco de cómo acabaría esto y llegamos a un acuerdo, él me enseñaría magia y como pelear, y yo le daría asilo en mi casa. Cuándo acabamos nos fuimos a mí departamento, toda la mañana estuvimos entrenando. Eran cerca de las seis de la tarde cuándo llamaron a la puerta, Alastor y yo estábamos estudiando, mejor dicho yo estaba estudiando. 
–Voy a ver quién toca… Una vez que termines, empezamos a practicar. – abrió la puerta. 
–¡¡¡¡Sara!!!!! – gritaron mis amigas. 
–Mierda – corría a la puerta. – chicas… Hola y adiós. –No dejaban de ver a Alastor. 
– ¿Quién es tú amigo…? – preguntó Laura. – Se parece al chico albino del 15 de septiembre… 
–No pensé que te gustarán raros… – habló Paty. 
–El es... A…Alan – dije nerviosa. 
–Alan, mucho gusto, soy Laura. – me quitó del camino, ni porque tiene novio deja de tirarle a lo que se le pasé enfrente. 
–Hola… – se apartó de ella. 
–Yo soy Paty... – ya iba para adentro. 
–Hola, otra vez… – empezó a retroceder. – Sara podemos hablar a solas. 
–Si, claro. – me moví de la puerta y lo llevé al cuarto. 
– ¿Alan? – me reclamo. 
– ¿Querías qué les dijera tu nombre…? 
–No, pero qué se vayan… – se me acercó y me vio directamente a los ojos. 
–Ahorita las corro, crees que yo quería que vinieran… – sentía su respiración. 
–Bien. – se fue de ahí para sentarse en mi cama. 
Salí a ver a mis amigas. – chicas, perdón pero cómo dije no iré, tengo cosas qué hacer. – mentí, la verdad no quería salir ese sábado. 
–Si, ya vimos. Una de ellas es cenarte a ese bombón – me dijo Laura. Suspiré y las saqué de mí departamento. 
– ¿Ya salieron…? – abrió la puerta. 
–Sí, ya. –Terminamos la clase de magia, después que hiciera un par de hechizos. 
 



Elizabeth Blackheath

Editado: 21.10.2019

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