Demonio guardián

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CAPÍTULO 17

Hago muecas con la boca al sentir mi cuerpo moverse hacia un lado y hacia  otro. Abro los ojos encontrándome en lo que parece ser el maletero de un coche.

Mis pies se encuentran atados y encogidos por el pequeño espacio, al igual que mis manos.

Cierro los ojos al sentir como todo mi cuerpo se mueve y da votes haciendo que mi cabeza duela.

Muevo mis manos con fuerza intentando desatar el nudo de la cuerda, pero es imposible.

Una pequeña luz entra por medio de los asientos. Es con lo poco que puedo ver en dónde estoy.

Pareciera como si estuviéramos pasando por un camino lleno de baches y grandes piedras.

Me quedo estática al sentir como el coche para y se escuchan dos voces, pero no consigo averiguar de lo que hablan.

El maletero se abre y mis ojos se cierran con fuerza a la misma vez que la fuerte luz entra en mi campo de visión.

— Vamos, muevete.— dice el que parece ser cuatro.

Me coge por el brazo y tira de mi hacia arriba sacándome del maletero, porque sí, es un maletero de un coche.

Miro hacia todos lados encontrándome todo campo. Paro de rodar los ojos al fijarme en una inmensa casa cerca de nosotros.

Siento un empujón y ando tras cuatro y delante del otro. Las mascaras siguen tapando las caras de ellos dos. Consigo diferenciar a cuatro del otro chico por el color de sus ojos. Cuatro los tiene de un color verde oscuro y el segundo los tiene negros.

Paro en seco al ver el coche de mi padre parado justo enfrente de la casa. Cuatro ríe al mirar en mi dirección y verme embobada en el coche.

Él nunca se fue a un viaje del trabajo. Él siempre estuvo aquí...

— Si lo haces esperar más se va a cabrear.— susurra el segundo muy cerca de mi oído.

— Dos.— miro a cuatro. Éste extiende su mano y el segundo saca unas llaves de su bolsillo y se las da.— No la asustes más de lo que ya lo está.

Dos asiente y me vuelve a empujar para que ande de nuevo. Mis manos y pies atados me impiden el ir rápida.

Una vez estoy dentro me quedo observando todo el lugar. El salón en el que nos encontramos es inmenso.

Me dirijo a un sillón y me siento como ellos me dicen. Fijo la mirada en un cuadro. Un cuadro en el que estamos Wanda, Yoi, Payper y yo. Pero hay algo en el que me deja petrificada.

Payper y yo tenemos una cruz en roja pintada de lo que parece ser rotulador, haciendo que sólo ellos dos estén intactos. La puerta frente a mi se abre, pero no aparto la mirada del cuadro.

— Así queda mucho mejor.— dice luego de unos segundos.

Fijo la mirada en el suelo y sonrío de lado. Mi cabeza da vueltas sin saber en qué pensar. Todo esto es difícil de digerir.

— Qué hago aquí.— digo en voz firme.

Mi cuerpo está lleno de rabia y rencor. No quiero mirarlo, no quiero recordar su rostro.

— ¿Dónde están tus modales Daisy?— pregunta de forma graciosa

— En la puta mierda.— subo la mirada fijándola en él sin poder aguantar más.— En esa puta mierda en la que  estás.— sonrío mostrándole mis dientes. Sus ojos miran pensativo mis labios y luego mis ojos.

— Tu madre vendrá en unos minutos y pod...— no termina de hablar ya que ella entra por la misma puerta que lo hizo él.

Fijo la mirada en ella. Su expresión cambia al verme y se acerca hacia mi con los brazos extendidos. Giro mi rostro mirando hacia otro lado y ella para antes de llegar a mi.

— ¿Qué pasa?— pregunta haciéndose la tonta.

Dos me levanta del asiento y desata mis manos y pies. En ningún momento dirijo la mirada hacia Wanda.

— Daisy. Mirarme.— me exige, pero no lo hago.

Busco a cuatro y una vez lo encuentro me lo quedo mirando de la misma manera. Me es extraño ver como me mira y luego a mi padre sin hacer nada.

Yoi asiente con la cabeza. Cuatro pone las manos en su cabeza tirando del pasa montañas. Me quedo petrificada al ver su rostro, al no haberlo reconocido antes.

Doy un paso hacia detrás chocando con dos. Lo miro cabreada y éste también se quita el pasa montañas dejándome ver un cuatro doble un poco más mayor.

— ¿Q... Qué?— mi boca se encuentra abierta por el cúmulo de sentimientos que estoy experimentando ahora.

— Daisy.— pronuncia cuatro extendiendo su mano.

— Debes estar muerto. Yo te vi. Moriste frente a mi, ¡Por mi culpa!— grito mirando a cuatro.

Cuatro el cual su nombre verdadero es Yacob, fue mi novio durante tres años. Y dos, es su hermano mayor, Caolín.

 Estas muerto... susurro.

Una solitaria lágrima que lleva todo mi dolor impregnado en ella, cae. Mi vista no se aparta de sus verdosos ojos.

Lloré tantas noches por su pérdida que ahora preferiría que estuviera muerto.

Recuerdo esas noches en las que iba en busca de Caolín buscando sus abrazos. Esas noches en la que llorábamos sin parar por el fallecimiento de su hermano. Recuerdo esa noche en la que Caolín me dijo que no quería saber nada más de mí. Decía preferir alejarse todo lo malo que lo rodeaba.



Marta

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En el texto hay: daisy

Editado: 31.03.2018

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