Demonio guardián

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CAPÍTULO 26

Estuve meditando un buen tiempo de lo que pasaría con Tara y sus bebés. Gyula tuvo la gran idea de regalar a los dos pequeños a una pareja y sus dos hijos, los cuales eran conocidos de ella desde hace mucho tiempo, y como no me pareció una mala idea, acepté. Por ahora, Tara se seguirá quedando con nosotros.

Muevo mi pelo hacia un lado y hacia otro en el aire. Me encuentro tendida en el sofá, con la mirada fija en el techo dejando caer mi cabello como cascada.

Luego de insistirle un par de veces, Gyula me dijo qué ocurrió para que llegara así. Se lesionó, se cortó.

— Dime como se lo hizo. Por qué...— no llega ninguna respuesta de parte de la menor de los tres hermanos.— Gyula. Cuéntamelo. Quiero saberlo, lo necesito.

— No es necesario. Es complicado Daisy. No es decir el resultado de dos más dos.— sus ojos me miran entre seria y agotada.

La consciencia me carcome. Quiero saber por qué se daña. Yo no sería capaz de hacerme daño, de cortarme, de lesionarme...

Sigo mirando el techo sin decir nada más. Sé que no me lo dirá.

Siento una pequeña opresión en el pecho, como si alguien me estuviera aplastando.

— Él siempre se ha llevado los palos. No es fácil ver como tu padre maltrata a tu madre junto a ti y tus hermanos. No es fácil...— me levanto sobresaltada del sofá quedándome sentada.

Mojo mis labios de saliva y trago con fuerza. Sus ojos se encuentran llenos de lágrimas intentando retenerlas.

Mis manos comienzan a temblar. No me gusta el maltrato. Odio cuando un hombre maltrata a una mujer solo por gusto. La ira comienza a nacer en mi interior.

Nadie, NADIE, tiene derecho a pegar a una mujer. Si en mi poder estuviera, castigaría a aquel hombre con lo peor que puede existir. La muerte.

— E... Él era el que se interponía Daisy.— me acerco abrazándola con delicadeza. Sus manos se aferran a mi espalda.— Nos protegía a los tres. Siempre ha sido nuestro ángel.

Una lágrima baja por mi mejilla sin ser quitada. No me gusta sentirme así, mal, como si yo tuviera la culpa de todo.

— Sh... Ya, ya.— la muevo entre mis brazos.

— Sé como te mira. Sé que es lo que quiere hacer contigo. Y no comparto su idea.— me mira a los ojos y niega. Más lágrimas caen. Las quito rozando mi dedo pulgar por su delicada piel.— te quiere Daisy, pero a su manera.— sonríe de lado.— lo malo es, que su única manera de amares destruyendo aquello que ama.

— Ya lo hizo.— sus ojos se agrandan y un pequeño temor aparece en su mirada.— Es complicado.— repito sus anteriores palabras con una sonrisa triste. Ella me la devuelve de la misma manera.

— Todo es complicado. La vida es complicada. Las personas somos complicadas.— dice muy segura de sus palabras.

— Te equivocas.— niego haciendo una mueca con mi boca.— las personas complicamos las cosas más de lo que lo son. Nos encargamos de crear y destruir vidas sin darnos cuenta. Nos complicamos el día a día. ¿Por qué? Porque es nuestra naturaleza.— su rostro está sin expresión. Pensando y reflexionando mis palabras.

Luego de hablar un poco más y relajarnos, se fue a acostar ya que es un poco tarde.

Owen y Payper llevan acostados desde hace tiempo. La embarazada no se encuentra con ánimos de estar despierta.

Lo único que viene a mi cabeza es un nombre, una persona, un chico. Aaron.

No ha cenado. Luego de la interrupción subió las escaleras y no volvió a bajar.

Una idea pasa por mi cabeza, y sin pensarlo dos veces, comienzo a subir al segundo piso.

Paro frente a su puerta viéndola totalmente cerrada. Tengo que hacerlo. Quiero entrar y verlo, solo eso, no necesito nada más.

La empujo con cuidado haciendo que ésta haga un pequeño crujido. Fijo la mirada en un bulto bajo la cama. Una fina sábana lo tapa por completo, menos la cabeza.

La única luz que entra es la de la luna. Despacio, me acerco a su lado y lo encuentro dándome la espalda.

Mi corazón late a gran velocidad. No sé porque estoy tan nerviosa. Está durmiendo, no me podrá hacer nada.

Acerco mi mano para rozar su rostro, pero antes de llegar, una mano me detiene a mitad de camino y él se gira mirándome directamente a los ojos. Los míos se abren entre asombrada y asustada. Ha conseguido que mi corazón lata más rápido.

No aparta su mirada de los míos. Esos ojos celestes se encuentran brillando. Su mano afloja su agarre.

— Nadie te ha dado permiso para que entres.— su voz sale ronca y dura.

Siento un fuerte empujón para luego encontrarme encima de él. Su rostro y el mío se encuentran a escasos centímetros.

— Qué haces...— susurro. Intento alejarme, pero su mano me mantiene en el mismo lugar.

— Tengo hambre.— dice en mi mismo tono. Asiento e intento moverme de nuevo, pero es fallido.— No tengo hambre de comida Daisy.— una sonrisa macabra se instala en su rostro haciendo que mis cejas se junten.



Marta

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En el texto hay: daisy

Editado: 31.03.2018

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