Demonios Entre Nosotros (libro 2)

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El hombre que nos entrenaría había vuelto. Comenzaba a tener miedo de sólo pensar que podían descubrir que yo era un ángel cristal, a pesar de que Molly aseguraba que no lo harían. Si lo hacían, seguramente terminaría como aquel pobre chico, y sería mi segunda muerte.

—Bien, comencemos con el entrenamiento.

Fue lo único que dijo y minutos después yo ya me encontraba golpeando el saco de arena con mis puños. Era demasiado pesado para mí. Apenas lograba que se moviera por unos cuantos centímetros.

—Vamos, Cassia. Puedes hacer más que eso. —dijo una voz masculina a mis espaldas mientras yo seguía golpeando el saco. Mi vista seguía al frente, pero supuse que quien me decía eso era aquel hombre que nos entrenaba, aunque no sabía como era que él sabía mi nombre.

Seguí golpeando y mis nudillos comenzaron a doler. Sin embargo, recordé a Chris llorando y sentí la furia correr por mis venas. Comencé a golpear más y más fuerte y sin darme cuenta el saco ya no era pesado para mí.

—Hey, creo que es suficiente. Buen entrenamiento—dijo el hombre—. Soy Allan, ¿cuál es tu nombre?

¿Acaso acaba de preguntar por mi nombre? Pero si según yo, hace unos segundos me motivo diciendo «Vamos, Cassia» aunque más bien, ahora sé que no era él. ¿Quién era esa persona que me había hablado?

Busqué por todos lados para ver si conocía a alguien que supiera mi nombre, sin embargo todos eran rostros nuevos para mí, excepto el de Molly. Tal vez Allan tenía peoblemas con su memoria.

Decidí ir a los baños del lugar. Necesitaba revisar más detalladamente el estado de mis nudillos que ardían como el infierno. Entré y estaba totalmente solo, solamente me encontraba yo ahí. Mis nudillos estaban totalmente rojos, aunque por suerte no estaban sangrando. Logré ver un botiquín médico ahí y de inmediato lo abrí. Tomé algunos algodones y los mojé. El ruido de la puerta cerrándose me desconcertó, aunque tal vez pudo haber sido una corriente de aire. Intenté abrirla de nuevo pero después me di cuenta que ésta tenía seguro por fuera.

«Maldición, me he quedado encerrada» pensé.

De pronto, volví a sentir aquella sensación. La misma sensación que en la noche. Sentí que alguien estaba ahí, detrás de mí. Giré mi cuerpo lentamente para ver con quien-o con que- me encontraba.
Esa sombra, otra vez. Una sombra masculina se reflejaba en la pared del baño, que por cierto era grande. La sombra se hacía más grande, informándome que el hombre se estaba acercando a mí.



Gabriela Medina

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En el texto hay: angeles, demonios, amor

Editado: 14.11.2018

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