Desafiando Tokio

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CAPITULO 1

—No me puedo creer que llevemos un mes aquí —dijo la señora Lincon, pasándose la mano por su pelo castaño oscuro—. Mañana vas a empezar las clases, espero que te comportes. Sabes que te quiero, pero ya no estamos en España. Japón es un país muy diferente, con costumbres distintas. Pero, sobretodo, tú eres alguien fuera de su realidad, una persona que no acostumbran a ver por aquí, así que prométeme que serás la princesa que sé que eres, de verdad, Mía, necesito quedarme aquí...

—Sí, mamá, no te preocupes —contestó Mía sin mirarla, harta ya de escuchar la misma canción cada día—, de verdad. Yo sé que esto es importante y lo haré bien. Además, aquí la gente es muy maja, el señor Maeda me cae muy bien y seguro que su hijo también.

—Recuerda que llega hoy de sus vacaciones de verano, así que cenaremos por primera vez todos juntos.

—Okey. Ya verás como todo sale bien, mami. Y no habrá nada más de que preocuparse.

Mía se despidió de su madre dándole un beso en la mejilla. Sabía que las cosas no serían fáciles por allí, pero al menos pudo ver algo que no veía desde hacía meses: vio sonreír a su madre.

Se acercaba la hora de la cena y Mía ya se había duchado. Desde que llegaron, el señor Maeda les dejó la casa de invitados de manera indefinida y gratis, así que no había de qué quejarse.

Cerró la puerta del baño y se dirigió a su habitación. La casa era la réplica de un hogar tradicional: su planta era en forma de "U", los suelos de madera y, en el centro, había un hermoso estanque con peces naranjas y rojos. El baño se situaba en una de las esquinas de la casa, y las habitaciones al final de la "U", así que tuvo que atravesar el salón y la cocina antes de llegar a su cuarto. Su madre, parada justo al otro lado en la puerta de su habitación, la observaba a través de los cristales que hacían la función de pared, pero que daban la libertad de ver todo en gran ángulo.

Mía caminaba secándose el pelo con la toalla. Había visto a su madre en el otro lado, pero se hizo la despistada y siguió secándose su largo pelo negro, hasta que llegó a su cuarto y cerró tras ella la puerta. Estaba segura de que su madre le hubiera metido prisa para vestirse y terminar de arreglarse porque faltaban dos horas y podrían llegar tarde; era una neurótica del tiempo.

Tiró la toalla sobre la silla frente al escritorio a su derecha y se sentó en la cama, al fondo de la habitación. Las paredes eran rosas y la ropa de cama también; el escritorio, justo al lado del cabecero, era blanco, en cambio la silla era rosa. El armario, que ocupaba toda la pared que tenía justo enfrente, era de tonos rosas y blancos.

El señor Maeda lo mandó pintar cuando supo que venían. Era bonito, la verdad. A Barbie le hubiera encantado, pero Mía no era de ese tipo de chica, aunque había que aguantarse, al fin y al cabo era gratis.

Se secó el pelo con el secador y, mientras, abrió su portátil y conectó el Messenger. Clin Clin Clin. Sonrió, Michael estaba conectado.

Michael: Hola, Kitty, qué alegría verte conectada!

Mía: Alegría la mía que por fin coincidimos. Llevaba días abandonada por ti, triste y sola, varada en este mar amarillo... :-(

Michel: No seas exagerada, sabes que aquí empiezo las clases y mi padre está muy pesado con que aprenda a relacionarme con grandes magnates jugando al golf. Y cómo te va por allí? Te tratan bien? Tengo que patear algún culo?

Mía: Jejejeje aún no, pero esta noche regresa el hijo del jefe de mi madre y me toca cena familiar, o como lo quieras llamar. Mi madre se ha convertido en su mano derecha y se pasa el día intentando que todo vaya bien aquí. Deberías ver esto, luego te paso las fotos de la casa, es increíble. Bueno, tú tienes una parecida, pero esta es como un museo Ming, jejejeje.

Michael: y tu madre, cómo lo lleva?

Mía: Bien, me pide que me reprima, así que no puedo ser yo. Creo que tiene miedo de que me saquen del país o algo así, seguro que aquí no son todos príncipes y princesas como me quiere hacer ver.

Michael: Y sobre lo de Carlos...?

Mía: Bueno, aun no puede hablar libremente de ello, casi la mata de una paliza por celos, menudo bicho el tío. Menos mal que el señor Maeda, su jefe, se enteró de todo e inmediatamente hizo que lo detuvieran. Él se empeñó en que nos mudáramos aquí casi de un día para otro, y mi madre no quería hacer otra cosa que correr en la dirección contraria de ese tipo. Así que mal no estamos, pero para tirar cohetes tampoco.

Michael: Has hablado con Marc?

Mía: No, desde que lo dejamos he preferido no saber nada de él.

Michael: Supongo que es mejor. Cuánto llevabais Marc y tú?

Mía: Desde el Pleistoceno más o menos jeje, a ver, hago 18 en octubre así que desde los 15... casi 3 años. Esto sería más difícil si aún estuviera con él. Tengo que reconocer que venir al otro lado del mundo no me pareció tan mala idea. Después de todo, qué podría recodarme a él aquí? Y, qué me retenía a mí allí?



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В тексте есть: japoneses, tirondepelos, instituto

Отредактировано: 14.02.2018

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