Desafiando Tokio

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CAPITULO 2

—No me puedo creer que el hijo de tu jefe no se presentara anoche a cenar, mamá —comentó Mía mientras se preparaba una tostada.

—Es normal, Mía, volvía de vacaciones y no le apetecería cenar con nosotros, sino descansar. Después de todo, hoy empiezan las clases —intentó disculparlo disimuladamente, sin mucho éxito—. No tardes en desayunar que te espera en la puerta principal para llevarte.

—Se llamaba Ryo, ¿no? Me pregunto si el señor Maeda le echaría mucha bronca por no cenar con nosotros. Tú que lo conoces, ¿qué me dices de él? —preguntó Mía intrigada.

—Bueno, conocerlo tampoco es la palabra. Acompañaba a su padre en algunas visitas, pero era un niño que no se dejaba conocer, tímido y siempre rodeado de guardaespaldas; pero, por lo que me contaba mi jefe, era un buen chico.

—Amm, o sea, un niño de mamá, ¿no?

—No exactamente, su madre lo abandonó por irse con otro hombre cuando era muy pequeño, así que es normal que sea tímido.

—Bueno, a mi me faltó padre y mira qué bien he salido, qué sociable y qué simpática —contestó Mía, poniendo pose de modelo.

Ambas rieron y terminaron sus desayunos. Mía se levantó de la isleta central de la cocina y recogió su plato y su vaso. Se acercó a su madre, le dio un beso en la mejilla y cogió su mochila para dirigirse a la escuela.

Se fue hacia la puerta principal por el jardín, rodeando la gran mansión. Desde el lateral podía ver la gran escalinata de la entrada y al personal del servicio sujetando una chaqueta y una mochila. Mía se detuvo cuando, de repente, todos se irguieron. La gran puerta se abrió y Ryo apareció.

«Así que este es Ryo. Bueno, es guapo, moreno, alto, bronceado...» Mía se encontraba enumerando las cualidades, cuando se dio cuenta de que todas las personas del servicio que estaban paradas en la puerta estaban sujetándole a él sus cosas, como a un niño pequeño.

—¡Oh! ¿En serio? ¿De verdad toda esa gente está ahí porque el niño no sabe coger sus cosas solito? —dijo Mía, pensando en voz alta.

—Y no solo eso —replicó una doncella del servicio, poco mayor que Mía—. Si viera cuánto personal necesita para él solo, el gobierno le agradecería su existencia. Tienen casi todo el paro del país controlado gracias a él.

Mía se volvió del susto y la sirvienta enrojeció.

—¡Oh! Lo siento, no debería decir eso de mis patrones. Discúlpeme, no volverá a suceder —dijo la muchacha entre sollozos.

—Síp, no deberías decir eso de tus patrones —la joven sirvienta contuvo su respiración—, pero si es verdad, es verdad. Eso sí, intenta no decir muchas verdades en voz alta —rio Mía—. Me llamo Mía Lincon —dijo con una gran sonrisa extendiendo su mano.

—Yo me llamo Sayumi. Llevo poco tiempo aquí, pero te he visto en el jardín, leyendo. Si necesitas cualquier cosa avísame, ¿de acuerdo?

—Gracias. Oye, ¿qué coche lleva Ryo? Es que me toca ir con él hasta que cumpla los dieciocho y me saque el carnet.

—Pues tiene un deportivo verde pistacho —contestó Sayumi emocionada.

—Ya me imaginaba yo que un Corsa no llevaría... —replicó por lo bajo Mía.

—¿Un qué?

—Un coche muy popular en mi país por ser económico y bastante bueno —aclaró sonriendo.

Se oyó rugir un motor y Mía se giró abriendo los ojos de par en par. Ella imaginaba el típico coche de niño rico, no un Lamborghini Aventador. Ryo bajó la escalinata mientras un joven del servicio bajaba del auto y le sostenía la puerta para entrar. Miró en la dirección de Mía, y esta echó a correr hasta el auto y se metió en el asiento del copiloto.

—Gracias por llevarme a la escuela. Me llamo Mía, y seré tu copiloto durante el próximo mes hasta que me pueda sacar el carnet. Vengo de España. Mi madre, bueno, a ella la conoces. Estuvimos esperándote para cenar anoche, supongo que estarías cansado. Me gusta tu coche, es realmente genial, y el color muy bonito, y... —Mía no paraba de hablar, pensó que si no le dejaba el turno de palabra por su timidez, a él le sería más fácil.

—Mira —empezó a decir Ryo—, simplemente cállate y sonríe al pasar por las cámaras de la salida, así mi padre estará tranquilo. —Mía obedeció y sonrió, pensando en que parecía estúpido sonreír a la cámara de seguridad, pero bueno—. Y, por supuesto, no toques nada del coche, ni bajes la ventanilla, ni respires, no estoy de humor hoy.

—¿En serio? —preguntó sarcásticamente Mía.

La cara de Mía se tensó. ¿Dónde estaba el niño bueno y tímido? ¿Se lo habría tragado este idiota? Decidió hacer un esfuerzo y mirar por la ventana. Con ese coche, el trayecto no duraría mucho y no le apetecía discutir tan temprano.



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В тексте есть: japoneses, tirondepelos, instituto

Отредактировано: 14.02.2018

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