Desafiando Tokio

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CAPITULO 4

Pronto se hizo de día y tarde. Mía se había quedado dormida encima de la cama con el pelo mojado, suerte que su pelo era completamente liso, aunque aun así se pasó la plancha un poco y se volvió a poner las horquillas para retirar el pelo de la cara.

Se lavó los dientes y la cara rápidamente, no le daba tiempo a desayunar, por suerte tenía comida basura por su habitación. Agarró un par de barritas de chocolate y las metió en su mochila, quitó el portátil de la cama, lo dejó encima de su mesa y lo puso a cargar.

Después, estiró la cama hasta que pareció recién hecha. Si algo le había enseñado su madre es que nunca se sale de casa sin hacer la cama.

Revisó que todo estuviera bien, cuidó de no dejar prendas íntimas a la vista, no sabía quién iba a entrar ahí mientras ella no estuviera, y cogió su mochila. Se la puso en el hombro, abrió la puerta y le echó un último vistazo a la habitación. Todo había quedado perfecto, así que se dirigió por el pasillo hacia la escalera que daba a la planta de abajo.

Miró de reojo la puerta de la habitación de Ryo, no sabía si estaba allí, si la esperaría hoy o qué iba a pasar, pero supo que en un instante se enteraría cuando vio aproximarse al mayordomo de confianza de Ryo.

—Bueno días, señorita.

—Buenos días, Alfred —ese no era su nombre, pero desde el primer día a Mía le hizo gracia llamarlo así y a él le gustaba. Aunque fuera un mayordomo, se veía como un abuelo que les dejaba hacer de todo a sus niños. Él sonrió.

—Hoy no ha bajado a desayunar, ¿se encuentra bien? ¿Quiere que le prepare algo para llevarse a la escuela?

—Gracias, pero no hace falta. Ya llevo yo mi propio cargamento —dijo Mía, sonriendo a la vez que le daba palmadas a su mochila.

—Está bien, el señorito Ryo la espera en su coche. Que tenga un buen día.

—Gracias, igualmente guapo.

La espontaneidad de Mía hizo sonreír al viejo mayordomo. Bajó las escaleras corriendo y esquivó una gran mesa redonda de madera que se interponía entre ella y la puerta principal.

Nada más cruzar el umbral vio el coche aparcado y encendido. Bajó lenta e irritantemente. Quería estar segura de que no arrancaría nada más verla aparecer, pero como eso no pasó, abrió la puerta y se subió. Sin decir nada, se colocó el cinturón y fijó la vista en un punto lejano.

Ryo se puso las gafas de sol y aceleró. El ambiente era tenso y Mía solo podía contar farolas para evitar pensar en la rabia que sentía hacia Ryo.

Cuando se detuvieron en un semáforo, Ryo la miró. Sostuvo su mirada pero Mía no dejaba de mirar hacia delante.

—Respecto a lo de ayer... —comenzó a decir Ryo—. Siento lo que ocurrió, no debí haberte dejado tirada, pero estaba enfadado. Sé que no debí pagarlo contigo, pero te cruzaste en mi camino... Lo siento... ¡Ah! Y gracias por no delatarme ayer, de verdad, me salvaste la vida —dijo Ryo en un tono serio y monótono, como si estuviera leyendo una carta.

Mía no dijo nada, se limitó a seguir contando farolas una vez que el semáforo se puso en verde.

—¿No vas a decir nada?, me he disculpado —añadió Ryo sin apartar la vista de la carretera.

Mía no contestaba, y no era por falta de ganas, sabía que si estallaba no acabaría en nada bueno.

—Creo que hice mal pero tampoco es para tanto, ¿no? —insistió Ryo.

—¿Qué no es para tanto? —dijo Mía intentado sonar calmada—. ¿Y qué hubiera sido para tanto? ¿Atropellarme y después denunciarme por abollarte el coche?

La rabia de Mía iba en aumento. Siguió contando farolas, no sabía cuántas veces había empezado la cuenta pero era mejor que tirar a Ryo por la ventana, sobretodo porque era quien conducía el coche.

Al llegar a la puerta de acceso del colegio Mía recogió su mochila del suelo y se dispuso a bajarse cuando pasaran el control, tal y como le había pedido Ryo que hiciera el día anterior.

—¿Qué haces? —preguntó Ryo.

—Lo que me dijiste que hiciera ayer, es que soy tan buena niña... —respondió Mía sarcásticamente.

Ryo cerró las puertas y las bloqueó.

—Te llevaré hasta la entrada principal.

—Gracias, eres mi héroe —prosiguió Mía en el mismo tono, aleteando con sus pestañas.

—Bueno, ya vale, ¿qué debo hacer para que me perdones?

—Nada. Yo solo perdono a mis amigos, a los demás los ignoro —respondió con una amplia sonrisa mientras daban la vuelta a la gran fuente de la entrada—. Y por cierto, no voy a ser tu amiga ahí dentro. Si me hablas, no te contestaré, y si dices que vivo en tu casa, no lo creerán.

Dicho esto, Mía se bajó y se dirigió hacia las escaleras del edificio.

Ryo se quedó parado dentro del coche. Lo que acababa de decirle le sonaba, pero no sabía de qué hasta que cayó en la cuenta: eran las mismas palabras que le dijo a ella el día anterior.



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В тексте есть: instituto, japoneses, tirondepelos

Отредактировано: 14.02.2018

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