Desafiando Tokio

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CAPITULO 5

Mía cerró tras de si la puerta. No estaba segura si Ryo la habría seguido, pero tampoco quería comprobarlo.

Se quitó la chaqueta y la dejó encima de la cama. Abrió el balcón para sentir el aire frío en su cara, y se dirigió al baño. Se quedó parada frente al espejo, no podía parar de llorar.

Se lavó la cara con agua helada y salió sin cerrar la puerta. Se dio cuenta de que en el escritorio había un regalo, estaba envuelto como su madre lo hacía, con papel rosa, lazos rosas y una nota rosa. Mía lo cogió, no pesaba mucho, poco más grande que la palma de su mano. Lo abrió con prisas y vio que era el IPhone que ella quería, un 4S blanco, precioso y nuevo. Sin más, lo puso a cargar mientras leía la nota:

«Cariño, no te has comprado el teléfono, así que he decidido adelantar tu regalo de cumpleaños, espero que te guste. Aquí casi no puedo usar el móvil por motivos de seguridad, ya sabes, espionaje industrial, pero en cuanto pueda te llamo. No lo pierdas y disfrútalo. Te quiere,

Mamá

P.D: La chica de la tienda me dijo que hay carcasas rosas, por si la quieres cambiar....»

Mía no pudo esbozar una sonrisa. Con casi dieciocho años que tenia, y su madre aun esperaba vestir su vida de rosa.

Jugueteó con el teléfono hasta que tuvo casi media batería y llamó a Michael.

—Hello —contestó Michael—, who are you?

—Pero qué pijo te has vuelto, ¿no? —dijo Mía, en tono burlón.

—¡Eh! ¡Kitty! Qué alegría escuchar tu voz. Me pillas en la hora libre. ¿Desde qué número me llamas? ¿A quién le has robado el móvil? —dijo Michael entre risas sonoras.

—Perdona, pero estás hablando con la propietaria de un precioso IPhone 4S blanco. Mi madre me lo ha comprado como regalo de cumpleaños. ¡Es genial!

—Qué nivel, Maribel. Bueno ¿y qué te cuentas orgullosa propietaria de un precioso Iphone 4S blanco?

—Pues la verdad, nada bueno. He acabado el día solo con una camisa del uniforme masculino y llorando —dijo Mía con un tono triste.

—¿Qué ha ocurrido, pequeña? ¿Necesitas que vaya? —se apresuró a responder Michael preocupado.

—Sí, claro. Te veo en veinte minutos en el McDonals de Plaza España —dijo Mía, riéndose a carcajadas.

—Sabes que lo haría, aunque tardaría un poco más de veinte minutos y no creo que encontrara la Plaza España en Tokio.

—Ya estamos con excusas. Bueno, si dejo de quererte y te olvido, luego no me vengas llorando. Eres tú quien me abandona.

El humor de Mía había cambiado, esa habilidad la tenía solo Michael. Le explicó lo sucedido durante el día y cómo no pudo evitar acabar llorando de la rabia. Tenía una presión en el pecho por todo lo que había acumulado, por todo lo que hubiera hecho la antigua Mía, la Mía española, la verdadera Mía...

—Cálmate. Debes tener una pinta horrible y, sobre todo, debes dejar de ser otra persona. Tú no eres así, eres de las que no se callan, las que te dicen lo que sienten a la cara y de las que no se dejan humillar por nadie, y menos si va subida en unos tacones pasados de moda.

—Lo de pasados de moda no lo sabes. Pero sí, tienes razón, llevo un mes siendo otra. Mientras estuve en casa no hubo problemas, pero empezar las clases, mudarme a la mansión y la actitud de Ryo... Son demasiadas cosas que he tenido que asumir y luego tragar con una personalidad que no es la mía. Pero no quiero hacer daño a mi madre, no quiero decepcionarla.

—¡Eh!, eso nunca pasará y lo sabes. Ella te quiere como eres y, aunque le encantaría tener una Barbie de hija, en el fondo le gusta que seas tan diferente. Y aclarado este punto déjame preguntarte por Ryo y esos cambios de personalidad que tiene. ¿Es bipolar? —preguntó Michael medio en broma, medio en serio.

—Bueno, creo que no está diagnosticado, pero algo raro es —dijo Mía riéndose—. Tan pronto me odia, tan pronto me abraza. Lo que no le perdono es que me sacara así del instituto.

—A ver, las maneras no son las mejores, pero yo hubiera hecho lo mismo, Kitty. Reconoce que la situación se te fue de las manos y que te ayudó. Quizá debas darle una oportunidad a ver cómo es, si el Ryo que te deja en una parada tirada, o el que te ayuda de ser acosada por adolescentes salidos.

—No sé, ya sabes que me cuesta confiar. La última vez que lo hice me destrozaron...

—Lo sé, pequeña, pero amar es eso. Entregar la llave de tu destrucción a una persona, y esperar que no la utilice.

—Ya... pero... no es justo. No debería ser así...

Se oyeron unos golpes en la puerta. Era Alfred, venía a entregarle un teléfono inalámbrico. Mía dejó en espera a Michael y lo tomó sin saber quién era.

—¿Si? —contestó Mía.

—Soy Meiko.

—¡Ah! Dime, Mei. ¿Cómo sabes mi número? —preguntó Mía intrigada.



RACHELRP

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В тексте есть: japoneses, tirondepelos, instituto

Отредактировано: 14.02.2018

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