Desafiando Tokio

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CAPITULO 7

La mañana del sábado, Mía se levantó temprano. Tenía mucho que hacer y en que pensar antes de la noche.

Meiko aún seguía dormida, así que cuando desayunó fue a la dirección donde se celebrarían las apuestas. El lugar estaba un poco apartado, era una especie de polígono industrial, pero en vez de naves había solo oficinas.

El taxi se detuvo en la puerta de un gran edificio, Mía pagó al taxista y se bajó. Se quedó en la acera parada, mirando hacia arriba y contó diez alturas según veía por las ventanas. Estaba vallado para impedir la entrada, pero no había nadie trabajando así que se coló por un hueco.

Una vez dentro, se fijó en las dimensiones: de forma rectangular, la entrada de coches era por donde había pasado ella y daba al medio de la nave. Tanto a la izquierda como a la derecha eran todo plazas y frente a ella había dos rampas, una de subida y otra de bajada.

Decidió subir andando hasta arriba inspeccionando cada planta. Eran todas exactamente iguales, menos la última. En esta, las dos rampas se acababan y solo había un acceso al techo. Subió y comprobó que eran todo plazas vacías también.

Las vistas desde allí eran impresionantes. Se veía gran parte de la ciudad, ya que los edificios de oficinas eran más bajos que en los que se encontraba.

Se acercó a la cornisa, tenía unos cincuenta centímetros de ancho. Se asomó y comprobó que los andamios que se veían desde abajo llegaban hasta el piso anterior. Cogió un mástil de hierro que llegaba hasta donde estaba ella y zarandeó con fuerza la estructura. No se movió nada. Sonrió pensando en que si estuviera mal montada podía haberse derruido allí mismo como en los videos de YouTube.

Dio varias vueltas por allí y decidió llamar a Michael.

—¡Hola, guapo! —dijo Mía alegremente.

—¿Sabes qué hora es? —preguntó Michael medio dormido

—¡Uy!, perdona. Allí aún es de madrugada ¿verdad? Bueno, entonces te dejo y luego hablamos.

—Ya da igual, Kitty —respondió Michael bostezando—, a ver, te escucho.

Mía lo puso al día de los últimos acontecimientos. Se sintió genial al poder contarle todo y que no se asombrara de la situación en la que se encontró un par de noches atrás, ni de que durmiera con Ryo.

Cuando le contó lo de Meiko sí que se sorprendió, y se preocupó. Si le hacían algo así a alguien que conocía, no se quedaba tranquilo imaginando lo que podía llegar a sucederle a Mía.

Cuando Mía terminó, Michael tomó la palabra.

—Entonces, ¿ahora eres amiga de Ryo? ¿Te gusta? ¿Y cómo piensas solucionar lo del dinero?

—Sí, no, y en eso estoy ahora —respondió Mía.

—Vayamos por partes, como dijo Jack el Destripador —siguió Michael—, no te gusta pero duermes con él.

—A ver, es guapo, y simpático cuando quiere. Me trató muy bien, aunque también es verdad que yo le salvé el culo a su amigo. No sé, le falta algo —dijo Mía intentado creérselo ella misma.

—Yo sé lo que es —respondió Michael divertido—, le falta ser un cabrón, que es lo que te va —dijo riéndose.

—¡Oye!, tampoco es eso, pero es que los niños tan buenos me aburren enseguida. Qué hago, ¿ir al cine el resto de mi vida? Sabes que me gusta la acción.

—Ya, ya, si otra cosa no me cuentas —se mofó Michael—. Pues que sepas que por una vez deberías salir con un tío normal. Bueno, y respecto a lo del dinero, si quieres te presto algo, no tengo tanto aquí pero lo puedo conseguir en una semana que vuelve mi padre.

—Gracias, pero lo necesito ya. Se me ha ocurrido liarla un poquito solo, esta noche vamos a ir a unas carreras de coches e intentaremos sacar así el dinero —soltó alegremente Mía.

—Bueno, no es mala idea, ¿qué coche tiene Meiko? —preguntó Michael.

—Bien, ese es el punto en el que la lio. No tiene —dijo Mía en un tono de misterio—. Si te digo edificio, obras y fachada, ¿sabes a qué me refiero?

—Edificio, obras y fachada —repitió Michael pensativo—, mmmm... ¡No!, no me digas.

—Sí, me acordé de lo que nos pasó en Manchester y apliqué el concepto.

—Pero eso es peligroso, tendrás cuidado, ¿verdad? —Michael sonaba muy preocupado.

—¿No me lo vas a intentar impedir?

—¿Serviría de algo? —respondió Michael, no se oyó contestación—, ya me imaginaba yo. Mantenme al tanto y vigila lo que haces, por favor. Mándame un mensaje cuando todo acabe y me cuentas. Y ahora, si no me vas a contar ninguna locura más, me voy a dormir que me toca álgebra avanzada temprano y no voy a saber ni sumar con calculadora.

—De acuerdo, gracias por escucharme. Te quiero.

—Yo también te quiero, Kitty. Y cuida la cabezota que tienes, que no vuelve a crecer si se te cae.



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В тексте есть: japoneses, tirondepelos, instituto

Отредактировано: 14.02.2018

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