Desafiando Tokio

Размер шрифта: - +

CAPITULO 8

—Dime que no acabo de ver a Mía destrozándole el coche a Charlotte con un bate de baseball —dijo Ryo mirando a Daisuke.

—Es exactamente lo que has visto. Increíble, pero cierto —contestó Daisuke aún asombrado.

—¿Ves?, por cosas como esta es que me desconcierta. Estoy acostumbrado a que todas me pidan que les ayude para auténticas tonterías como si fuera un príncipe de cuento. En cambio ella tiene un problema realmente gordo y únicamente me entero porque estaba aquí —siguió cavilando Ryo.

—Es que ella no es como las demás, acostúmbrate a eso o te volverás loco, amigo —dijo Daisuke.

—Ya lo estoy, estoy enganchado con ella —confesó Ryo.

—¿Amor? —preguntó Daisuke.

—No, es más atracción, como si no pudiera estar lejos de ella. No quiero perderme ningún detalle de lo que le pase.

—Yo diría que eso se parece bastante al amor, así empieza y a ver cómo acaba —dijo Daisuke dándole unas palmaditas en la espalda a Ryo.

—No sé, con Charlotte era diferente, más fácil. Ella es frágil y necesita que la protejan. Eso es lo que yo le ofrecía, pero a Mía no sé qué darle, y eso hace que no deje de pensar en ella a cada momento —continuó diciendo Ryo.

—Pues viendo cómo es ella, déjate llevar, seguro que será divertido. Además, ¿cómo se le va a resistir a un príncipe como tú una princesa? —preguntó Daisuke riéndose de su amigo.

—Ese es el problema, que no es una princesa y no necesita príncipe.

Dicho esto, ambos se dirigieron al coche de Ryo y se marcharon del parking sin despedirse de nadie. Aunque en seguida notaron su ausencia, después de todo, era el líder del grupo y su primero al mando.

Cuando Ryo dejó a Daisuke, volvió a casa directamente, en silencio, sin poner música. Pensaba en ella cada vez más, intentaba distraerse pero cualquier cosa se la recordaba. Poco a poco fue creciendo la ansiedad por verla, parecía que hubiera pasado una eternidad desde la última vez.

Al llegar a la verja de su casa, le preguntó al guardia si Mía había llegado. Cuando le dijo que no, se inquietó. Pensaba que se había ido directa a casa, pero quizá le había ocurrido algo con el coche. No tenía carnet, o la había parado la policía, o miles de cosas malas que podían pasarle sin que él pudiera evitarlas.

Al cruzar la puerta de la casa, decidió llamar a la compañía de seguros para ver si habían dado algún aviso: no había nada. Subiendo las escaleras se le ocurrió llamar a un par de hospitales a los que podían haberla llevado, pero tampoco. Cuando iba a llamar al tercer hospital se le ocurrió que lo mejor era esperarla en su habitación, seguro que así la oiría llegar. Pero le hacía falta una excusa para estar allí, pensó mientras se dirigía hacia la habitación de Mía, y recordó que en el botiquín de su cuarto tenía un spray para el dolor muscular, seguro que ella lo tenía, o lo tendría al día siguiente.

Fue a su cuarto, cogió el maletín que tenía para curas y se fue a la habitación de Mía. Dejó el maletín encima de la cama y, de repente, escuchó el ruido de un motor. Se asomó a la ventana y pudo ver a Mía salir del garaje sigilosamente con cara triunfante, seguramente celebrando que nadie le había pillado. No pudo evitar sonreír y sentir un gran alivio al verla. No tardaría en subir, no sabía dónde esperarla para no asustarla, un grito a esa hora se oiría en cualquier rincón, pero luego se acordó que era Mía y que solo debía dejarse llevar, así que se tumbó en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero y los brazos cruzados detrás de la nuca. En ese momento, Mía abrió la puerta.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida.

—Pensé que podías necesitar esto —respondió Ryo mientras se levantaba de la cama enseñando el botiquín—, tengo un spray para el dolor muscular.

—Gracias, pero ¿tú cómo tienes eso si no eres deportista? —preguntó Mía mientras se acercaba a Ryo sin encender la luz, intentando hacer el menor ruido posible.

—Por lo mismo que tenía crema para curarte el labio y no soy boxeador —contestó Ryo en voz baja.

Mía cayó en la cuenta, si era el jefe de una banda las peleas debían de estar a la orden del día.

—Bueno, gracias, pero ahora mismo no me iría bien. Esos sprays no se pueden usar sobre heridas y yo tengo alguna magulladura que otra, con que me dejes alcohol me basta.

Ryo se la quedó mirando ladeando la cabeza, tenía costumbre de hacer eso cuando algo no le cuadraba. Mía lo miró divertida mientras se desabrochaba la camisa, Ryo se giró para darle intimidad.

—Tranquilo, llevo la otra ropa debajo —le dijo Mía divertida.

—Bueno, eso lo sabes tú —contestó Ryo mientras se volvía.

—Es verdad, pero me gusta saber que aún quedan caballeros, pensé que estaban extinguidos.



RACHELRP

#45 в Joven Adulto
#145 в Novela romántica
#53 в Chick lit

В тексте есть: instituto, japoneses, tirondepelos

Отредактировано: 14.02.2018

Добавить в библиотеку


Пожаловаться




Books language:
Interface language: