Desafiando Tokio

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CAPITULO 11

Cuando despertaron, Mía y Ryo no fueron capaces de salir de la cama, estaban exhaustos por los acontecimientos del día anterior, así que pidieron que les subieran la comida y planearon un día en el que no iban a hacer nada más que estar tirados en la cama.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Mía.

—Me intrigas. Me gustaría saber cuántas cosas más sabes hacer que yo no sepa —contestó Ryo mirándola fijamente.

—Bueno, ahora que somos amigos y estás convaleciente, en parte por mi culpa —dijo Mía con cara de niña buena—, te voy a conceder un día de respuestas sin mentiras.

—¿Un qué de qué? —preguntó Ryo sin saber muy bien a qué se refería.

—Verás, nunca hablo de mí, soy hermética, así que cuando conocí a Michael, mi mejor amigo, inventamos un juego en el que nos regalábamos un día entero. Él podía hacerme todas las preguntas que quisiera, y yo las tenía que contestar sin mentir. Éramos unos críos, pero gracias a este juego se convirtió en lo que ahora es.

—Así que me dirás todo lo que quiera, ¿no? —preguntó Ryo en tono de desconfianza.

—Sí, pero como la amistad es un juego de dos, tú también tienes que responderme a mí con la verdad, ¿o tienes algo que esconder? —dijo Mía riéndose.

—Mucho, sino mi vida sería muy aburrida —contestó mientras ambos se reían.

—Entonces, ¿juegas señor Ryo?

—Por supuesto, ¿quién empieza? —preguntó divertido.

—Pues tú, por preguntar —contestó Mía riéndose.

—Está bien, a ver qué pregunto... Mmmm, bueno, ¡ya lo sé! —gritó sonriendo—. ¿Cuántos novios has tenido?

—Ninguno —contestó Mía ante el asombro de Ryo—. Te lo aclaro, novio ninguno, amigo con derecho a roce, alguno que otro.

—No me creo que no te hayas enamorado.

—No he dicho eso, pero un noviazgo es un compromiso que no me gusta asumir a la ligera, eso lo aprendí gracias a mi madre y, aún a día de hoy, sigo haciéndolo —dijo Mía con tristeza—. ¡Me toca! ¿Cuánto estuviste con Charlotte?

—Eres directa, ¿eh? —contestó Ryo que no se esperaba esa pregunta.

—El tiempo es lo único que no puedes recuperar, ni comprar, así que no me gusta perderlo —dijo Mía.

—Pues estuvimos juntos tres años, ella tenía quince y yo dieciocho —contestó Ryo—. ¿A qué te refieres con lo de tu madre?

—A que cambia más de novio que de zapatos, y no piensa en los que están alrededor, por eso cuando tenga novio no puedo pensar solo en mí, sino en los que me rodean, de otra forma no podría ser feliz y eso sería perder el tiempo, y ya sabes lo del tiempo, ¿no?

—Ni se recupera ni se pierde —contestó Ryo riéndose—. Pero, ¿por qué dices que te lo sigue demostrando?

—¿Sabes dónde está ahora? —le preguntó Mía.

—Supongo que con mi padre en Alemania.

—Error, su último mensaje era de Corea. Creo que ha vuelto a enamorarse, y no la culpo, hay chicos muy guapos por allí. Verás, mi madre sigue un patrón, cuando se enamora de alguien me evita, se va con él de viaje y me deja sola, aunque suele ser en mi casa y no en una ajena, pero bueno. Luego, cuando le dan ganas de jugar a la familia feliz, me busca llorando y yo vuelvo hasta que el tío se cansa y me quedo con el marrón de consolarla.

—Vaya, lo siento —dijo Ryo con pesadumbre—. No sabía cómo estaba el tema con tu madre, siento haber preguntado.

—No lo sientas, no es culpa de nadie, ya casi ni me duele, simplemente sigo la rutina hasta que todo vuelve a empezar —dijo sonriendo Mía—. Bien, me toca. ¿Por qué te enamoraste de Charlotte?

—Veo que no vas a dejar pasar el tema, ¿verdad? —dijo Ryo sonriendo.

—Ni lo sueñes, me interesan las respuestas y no creo que me vea en otra de estas contigo, así que hay que aprovechar. Eso sí, no vale mentir.

—No quiero que te sientas mal, Mía —dijo Ryo bajando la mirada.

—No sé vivir feliz en mi ignorancia, es un problema, lo sé, pero necesito saber las cosas. Y tranquilo, que no me haces daño, de verdad, esto es importante.

—Está bien, pero si quieres que pare de hablar dímelo —Mía asintió con la cabeza—. Cuando la conocí, era una chica súper dulce y muy tímida, apenas se atrevía a cruzar palabra conmigo, pero siempre estaba atenta a cualquier cosa que necesitaba —dijo Ryo con nostalgia—. Con el tiempo me acostumbré a eso, a tenerla cerca, hasta que vi cómo unos chicos se metían con ella y supe que tenía que protegerla para siempre.

Mía no apartó la vista de Ryo, estaba sentada junto a él y sentía por dentro una presión que apenas la dejaba respirar, pero no dejó de mirarlo, no quería que él parara si se daba cuenta de que lo estaba pasando mal. Cada vez que nombraba una de las cualidades de Charlotte, a Mía le daba una punzada el corazón, y la dulzura con la que hablaba de ella le daba unos celos terribles. Pero se aguantó, sonrió y asintió siguiendo el relato de Ryo.



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В тексте есть: japoneses, tirondepelos, instituto

Отредактировано: 14.02.2018

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