Desafiando Tokio

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CAPITULO 14

Poco más de una hora después de salir de Tokio, Michael detuvo la moto en lo alto de un mirador. Desde allí se veía la costa, el océano azul de fondo y pequeños pueblos a lo largo. Michael se bajó, se quitó el casco y se recogió el pelo hacia atrás con una goma que siempre llevaba en la muñeca como Mía. Apenas le salía una coleta de un dedo de largo, pero así se sentía más cómodo. Mía bajó también, se quitó el casco y se dirigió al mirador. Michael se paró a su lado.

—Estás saturada —dijo Michael—, apenas llevas aquí dos meses y te estás saturando.

—Te echo de menos, es como si lejos de ti me costara ser yo misma.

—Yo también te echo de menos, Kitty —dijo Michael mientras la abrazaba—, pero sabíamos que tarde o temprano íbamos a seguir caminos distintos, aunque la distancia no es un problema entre nosotros, lo sabes, ¿no?

—Lo sé, pero son demasiadas emociones en muy poco tiempo, creo que se me ha ido un poco la olla. ¿Cuánto te quedarás?

—Unos días. Tengo que regresar a la universidad, pero no iba a dejarte sola en tu cumpleaños. El salto será sobre el mar —dijo Michael mientras miraba el horizonte sin soltar a Mía—, después de saltar creo que verás las cosas más claras.

Dicho esto le dio un beso en la frente, se montaron en la moto de nuevo y se dirigieron a un aeródromo privado que había al lado de la costa, a una media hora del mirador. Michael saludó al piloto y este les condujo a un cuarto donde se encontraba la equitación de salto necesaria. Se pusieron los trajes, Michael ayudó a Mía a ponerse el suyo y le preguntó si estaba segura. En ese momento, Mía solo quería escapar de todo lo que le rodeaba, y saltar a más de diez mil pies de altura le parecía una buena huida.

La avioneta a la que se subieron tenía para seis pasajeros, pero en esta ocasión iban solos. Salieron del hangar y comenzaron a subir. El avión era tan pequeño que se notaban todas las vibraciones del aire. Mía no dejaba de mirar por la ventanilla, fascinada de ver cómo el mundo se hacía más pequeño a cada segundo. Cuando alcanzaron la altura necesaria, el piloto se lo comunicó a Michael y le dijo que se prepararan para saltar a su señal. Mía se puso de pie y se enganchó al chico, quedando unida por el traje. Antes de abrir la puerta, Michael le dijo que después de esa experiencia su vida le parecería mucho más fácil y, con ese pensamiento, Mía oyó abrir la puerta detrás de ella y, unos segundos después, solo sintió el vacío.

En los saltos en tándem la caída dura un minuto y la velocidad alcanza los doscientos kilómetros por hora. Mía gritó por pura adrenalina, nunca había experimentado algo así, dependía totalmente de que Michael abriera el paracaídas y, cuando lo hizo, la sacudida inicial la hizo sentir como si se le cayeran los problemas al vacío. Solo podía contemplar el maravilloso cielo por el que estaba surcando como si fuera una gaviota. Miró a todo su alrededor sin poder dejar de sonreír. Todas sus preocupaciones habían desaparecido. Apenas a medio minuto de llegar al suelo, Michael le dijo al oído que esto era lo más difícil, tenían que aterrizar sobre la arena de pie y dar varios pasos juntos para terminar de parar, pero Mía se tropezó y acabaron ambos en la arena riéndose y desabrochándose el arnés para separarse el uno del otro.

—¿Estás bien? —preguntó Michael por el tropiezo que había sufrido.

—Sííííííííííííííííí —contestó Mía entusiasmada—. Solo me he torcido el tobillo pero estoy bien. ¡Ha sido increíble! Creo que podría estar todo el día saltando y no me cansaría.

Michael no pudo evitar sonreír, había logrado que Mía se relajase y soltara todo lo que le hacía saturarse, pero ahora era el momento de hablar.

—Ven aquí y siéntate conmigo —dijo Michael dando unas palmaditas en la arena al lado suyo—, ahora vamos a hablar.

—No sé si puedo estar quieta en estos momentos —contestó Mía con la adrenalina corriendo por sus venas.

—Eso no es culpa del salto, ya venías así de serie —dijo riendo Michael —. ¿Qué sientes después del salto?

—Tenías razón, ahora es todo distinto. No lo veo todo tan negro, los problemas siguen ahí, pero son tan pequeños desde ahí arriba... —dijo señalando Mía hacia el cielo.

—Cuando sientes que todo puede acabar si no se abre el paracaídas, ves la vida con otra perspectiva; donde antes veías solo finales ahora ves principios de cosas nuevas.

—Exacto, es como si todo tuviera solución. Gracias, Michael, necesitaba esto, ¿ves por qué me hacías falta?

—Hay pocos tarados que se tirarían de un avión contigo —contestó riéndose Michael—. Pues cuéntame qué vas a hacer con tu vida, señorita mayor de edad.



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В тексте есть: japoneses, tirondepelos, instituto

Отредактировано: 14.02.2018

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