Desafiando Tokio

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CAPITULO 18

Una vez recogieron a la cita de Hikaru, se pusieron rumbo a Rikugien, un parque clásico en pleno Tokio. En el camino, Mía observó a la chica, le cedió el puesto delantero y, desde atrás, tanto Asako como Mía no dejaron de mirarla. La chica parecía de la misma edad o un año mayor que Mía, pero su aspecto era de toda una mujer. Tenía el pelo rizado en ondas perfectamente hechas que caían sobre sus hombros hasta la mitad de su espalda, sus ojos marrones claros resaltaban sobre su tez blanca, y la sonrisa era la más perfecta que jamás había visto Mía en su vida. Lucía un abrigo rojo con grandes botones negros, y debajo de él se dejaba ver el final de una falda o vestido, las medias claras hacían que hubiese poco que dejar a la imaginación y los altos tacones demostraban que no era jugadora de baloncesto precisamente, apenas llegaba a la altura de Mía con deportivas. Mía no dejaba de mirarla y mirarse, la comparativa era odiosa pero cierta, ella llevaba vaqueros y sudadera.

Cuando llegaron, aparcaron en la estación de trenes de Komagome. A Asako le encantaba verlos, y desde allí fueron caminando hasta el parque, eran solo cinco minutos. Mía llevaba de la mano a Asako, e iban por delante de Hikaru y su chica, quien apenas había mirado a Asako ni a Mía desde que entró en el coche. Hikaru fue a por las entradas mientras se producía un silencio incómodo entre las tres, hasta que Asako lo rompió.

—¿Quieres que te demuestre mi teoría Mía? —preguntó Asako sin soltarse de su mano.

—De acuerdo —contestó Mía—. Perdona, Ai, ¿verdad? —dijo Mía a la chica que solo miraba hacia Hikaru—. ¿Puedes agacharte un momento?

—¿Para qué quieres que haga eso? —preguntó la chica sin mucho interés.

—Asako quiere oír los latidos de tu corazón —le explicó Mía.

—¿Y? —contestó Ai como si no fuera con ella la cosa.

Mía soltó a la niña y se acercó a Ai hablándole lo suficientemente bajo como para que Asako no oyera nada.

—Si te gusta Hikaru deberías hacerlo, viene hacia aquí, así que tú hazlo y ya.

Ai se agachó tan femeninamente como pudo mientras no dejaba de mirar a los ojos a Hikaru, que se acercaba con las entradas en la mano observando la escena.

—Mira, Mía, escúchalo —dijo Asako invitando a Mía a imitarla.

Mía se agachó y lo escuchó, el ritmo iba acelerado como en una samba. Estaba claro, esa niña tenía un sexto sentido con la gente.

—¿Qué le hacéis a Ai? —preguntó sonriendo Hikaru.

—Nada, le estaba enseñando a Mía cómo funciona mi método, ¿quieres oír tú también?

Ai se sonrojó y Hikaru evadió responder la pregunta cambiando de tema.

—Bueno, Asako, ¿te gusta la ropa que te ha comprado Ai? —preguntó Hikaru con una sonriente Ai a su lado.

—Es muy bonita, como la que lleva ella —contestó ante una complacida Ai.

—Me alegro de que te guste, recuerda, Asako, las damas siempre llevan vestido —dijo Ai mirando a Mía de arriba abajo.

—Ai, no seas mala —intervino Hikaru—. Si Mía hubiese sabido que ibas a venir tan arreglada ella...

—Me hubiese puesto lo mismo —le cortó Mía—. Para ir a un parque es la ropa que llevo, me da a mí que resultaría más difícil subir a un árbol con esa ropa o, al menos, sería menos decoroso lo que se viera desde abajo.

Hikaru se rio ante tal respuesta, no esperaba menos de Mía.

—¿Subes a los árboles? —preguntó Asako fascinada.

—Claro —contestó Mía—, pero con cuidado de no hacerme daño yo ni hacer daño al árbol. ¿Te has subido a uno alguna vez?

—No, mi padre es muy viejo para eso y sus amigas no suelen querer... —contestó la niña mirando a Ai.

—Pues yo te enseñaré a trepar, ¿vale?

Asako chocó los cinco con Mía, emocionada ante la nueva experiencia. Comenzaron el paseo y Mía no paraba de observar todo a su alrededor, verdaderamente ese parque era espectacular. Estuvieron andando media hora, la parejita seguía a Mía y Asako, que no paraban de tirarse por el suelo y reír. Al llegar al lago, a Mía le entraron ganas de bañarse, pero el tiempo no acompañaba así que se acercó a la orilla lo más que pudo y se estiró, Asako hizo exactamente lo mismo. Hikaru no podía parar de contemplar la escena, llevaba todo el camino mirando a ambas, apenas prestaba atención a Ai, que empezaba a cansarse de no ser el centro de atención, así que fingió que se torcía el tobillo para que Hikaru la ayudara.

—¿Estás bien? —preguntó Hikaru mientras sujetaba a Ai de su cintura.

—Me lo he torcido —contesto Ai frotándose el tobillo—. ¿Te importa que nos sentemos allí un rato?

—Claro que no. Oye, ¡chicas! —llamó Hikaru gritando y haciendo gestos para que se acercaran a ellos—. Vamos a descansar a esos bancos que Ai se ha hecho daño.



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В тексте есть: instituto, japoneses, tirondepelos

Отредактировано: 14.02.2018

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