Desafiando Tokio

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CAPITULO 19

Mía apenas pudo dormir esa noche, le había contado todo a Meiko y sabía que sus sentimientos por Ryo no habían cambiado. Pasó la noche ordenando sus ideas, tenía que trabajar, conseguir dinero e irse con Meiko, ella no tenía tiempo que perder antes de que se le notase. Además, estaba considerando hacer una visita a su madre cuando se instalase para aclarar las cosas, aunque eso no es lo que más le apetecía, sabía que habría lágrimas y lamentos, pero esperaba poder cerrar ese capítulo de su vida. No sabía el tiempo que le iba a tomar ordenar su mundo, pero decidió que cuando ocurriera hablaría con Ryo y aclararía todo. Se había dado cuenta de que no podía renunciar a él tan fácilmente, y luchar contra ese sentimiento era demasiado agotador, así que se dio a sí misma una esperanza de futuro para poder seguir adelante.

Se vistió, cogió una manzana y se dirigió camino de colegio. Le gustaba caminar bajo la rosada matutina, hacía frío y el vaho salía de su nariz al respirar, pero eso la espabilaba. Se quedó en la parada del autobús esperando a que Meiko llegara. Tardó casi veinte minutos en aparecer y Mía empezaba a estar helada a pesar de llevar guantes y gorro. En cuanto Meiko bajó del autobús ambas se abrazaron.

—¿Cómo estás, Mía? —preguntó preocupada Meiko.

—He tenido días mejores, pero bien, gracias.

—Tienes mala cara, ¿has dormido?

—No mucho, he ordenado mis pensamientos y eso quita el sueño a cualquiera —contestó Mía esbozando una sonrisa para intentar quitar la cara de preocupación de Meiko.

—Bueno —dijo Meiko cogiéndola del brazo—, vamos a clase que tengo algo que contarte.

—Dime que es algo bueno, alégrame el día, por favor —le pidió Mía mientras cruzaban para entrar a la escuela.

—No sé si es bueno para ti, pero sí para mí. Mis padres se marchan en dos días.

Meiko se quedó mirando al suelo esperando la reacción de Mía.

—¡Eso es genial! —gritó feliz Mía.

—Bueno, pensé que te agobiarías, ya sabes, me quedo sin casa al final de esta semana y aún no tenemos trabajo y...

—¿Ya me quieres agobiar? Al final de la semana te prometo tener dónde quedarnos, y del trabajo no te preocupes, que tengo para las dos, bueno, más o menos.

Mía le explicó la situación con Hikaru, tenía fe en que las contratara a ambas, y el alojamiento lo tenía casi arreglado con Sayumi, la criada de casa. Habló con ella cuando escuchó que su hermana se iba a vivir fuera después de casarse, y a Mía se le ocurrió alquilarle la casa. Aún no se había casado, pero faltaban apenas dos semanas. Cuando Meiko se enteró de todo no pudo hacer otra cosa que abrazar a Mía, hacía mucho tiempo que no sentía que las cosas podían ir bien y gracias a su nueva amiga su vida era mucho más sencilla.

Cuando llegaron a la puerta ambas tenían la cara roja por la caminata. Ryo estaba en la entrada, lo último que supo de él era que tenía un compromiso con Charlotte, pero, aun así, se veía condenadamente guapo apoyado en la pared mirando fijamente a Mía desde que la divisó a lo lejos.

—¿Qué vas a hacer con él? —preguntó Meiko agarrando el brazo de Mía con más fuerza.

—Por ahora nada, tengo problemas que solucionar —contestó Mía sosteniéndole la mirada a Ryo.

—No deja de mirarte.

—Tampoco quiero que lo haga —contestó Mía sin apartar la vista de Ryo.

Ambos sostenían la mirada sin intención de desviarla, hasta que alguien se cruzó en el camino y el contacto visual se rompió. Por supuesto no era otra que Charlotte, quien se colgó del cuello de Ryo sin pensárselo dos veces.

—Será perra —dijo Meiko enfadada.

—¿Quieres verla enfadada? —Meiko miró a Mía y asintió.

De repente Mía comenzó a mirar a Charlotte de arriba abajo, sonreía levantando la comisura derecha y, cuando Charlotte la vio, se volvió corriendo hacia Meiko y le pidió que se riera. Justo al pasar al lado de ellos, Mía y Meiko observaron cómo la sonrisa triunfal que Charlotte tenía hacía apenas unos segundos se había convertido en una mueca seria llena de rabia.

El día pasó lento y aburrido, cada vez que Charlotte tenía oportunidad hablaba de su compromiso en un tono lo suficientemente alto para que Mía lo oyera.

—¿Cómo lo aguantas? —le preguntó Meiko mientras se sentaba encima de la mesa de Mía.

—Cuando quiero aislarme del mundo intento dividir mentalmente seis mil quinientos treinta y dos entre ciento treinta y siete. No hay manera de que nada te perturbe, y además pongo una cara muy interesante —contestó Mía riéndose.

Meiko lo intentó y comprobó que el truco funcionaba, ambas se echaron a reír. Al terminar las clases de la mañana Mía y Meiko se dirigieron al comedor sin muchas ganas de encontrarse a nadie por el camino. En frente de su clase se arremolinaba un grupo de gente y, aunque no les gustaba ser cotillas, decidieron ver qué pasaba por si era Charlotte haciendo el ridículo y les alegraba un poco el día. Tal y como iban haciéndose paso hacia delante Mía reconoció una voz muy familiar.



RACHELRP

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Text includes: instituto, japoneses, tirondepelos

Edited: 14.02.2018

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