Desafiando Tokio

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CAPITULO 30

El taxi con Mía y Mayarin se detuvo en la verja de entrada, Mía se bajó para identificarse y así poder entrar con el taxi. Cuando la verja se abrió y el taxi comenzó a penetrar en la mansión, el corazón de Mía dio un vuelco, hacía unos días que había estado allí por última vez, pero a ella le parecía que habían pasado años.

Cuando aparcaron en la entrada, el mayordomo Alfred estaba en la escalinata, esperando, dio la orden a una sirvienta, la cual se acercó a la ventanilla del taxista, y bajó a abrirle la puerta a Mía.

—¡Cuánto tiempo, Alfred! —gritó Mía llena de alegría, abrazando al mayordomo.

—Así es señorita, Mía —contestó Alfred devolviéndole el abrazo.

—Esta es Mayarin —dijo Mía, poniendo a la niña delante—, es la hermana de...

—De la señorita Naisha —completó Alfred—. Encantado de conocerla, señorita.

Mayarin sonrió tímidamente sin apartarse de Mía.

—¿Conoces a Naisha? —preguntó Mía intrigada.

—Así es, ha vivido aquí junto con el joven Michael desde hace unos días.

Mía no esperaba que ellos estuvieran allí, aunque la idea hizo que una sonrisa aun mayor apareciera en su cara.

—¿Están aquí? ¿Dónde? —preguntó Mía, corriendo hacia el interior de la mansión mientras gritaba sus nombres, comenzando por el de Ryo.

—Han salido, dejaron dicho que iban a casa del señor Hikaru —respondió Alfred mientras entraba tras la niña a la mansión.

La cara de Mía se ensombreció un poco, tenía tantas ganas de ver a Ryo y a Michael que la noticia de que no estaban le cayó como un jarro de agua fría.

—Bueno, por favor, llame a la casa de Hikaru y pídales que vuelvan, mientras nosotras nos daremos una ducha, pero no diga que estamos aquí, así será una sorpresa —pidió Mía.

—Como desee señorita, pero sepa que el joven Ryo ha estado muy preocupado por usted —concluyó Alfred, antes de perderse en uno de los pasillos.

Mía se quedó pensando en las palabras del mayordomo, no le gustaba reconocerlo, pero oír lo preocupado que estaba Ryo hacía que ella se sintiera mejor.

Cogió de la mano a Mayarin y subieron a su habitación, Mía pensó en dejarla en una habitación de invitados, pero se acordó de lo abrumada que se sintió al tener que vivir allí, así que ambas se metieron en la habitación de Mía. Le dio ropa limpia y le indicó dónde tenía todo en el baño para poder ducharse. Mientras, Mía dio una vuelta por la habitación inspeccionando el lugar y dejándose inundar por la sensación de estar a salvo en casa, no pudo evitar sonreír de felicidad.

De repente la puerta sonó, el pomo giró y la cabeza de Sayumi apareció.

—¿Eres tú, Mía? —preguntó sin creerse que la tuviera delante.

Mía asintió y extendió los brazos abiertos, Sayumi corrió a ella y la abrazó como si no la hubiera visto en años.

—¡Cuánto me alegro de verte! —exclamó Mía.

—¡Y yo de verla sana y salva! —contestó Sayumi.

—Bueno, que tampoco me he ido a una misión suicida —dijo riéndose Mía.

—Eso lo dice porque no ha estado aquí, si hubiera visto cómo actuaba el joven Ryo pensaría que había ido a domesticar tiburones con una batuta —contestó Sayumi.

—¿Tan mal lo pasó? —preguntó Mía sintiéndose culpable.

—Desde que se fue lo único que ha hecho ha sido cuidar de sus plantas, el pobre tuvo que reconstruir todo después de que Charlotte arruinara el jardín por completo.

—¿Que Charlotte arruinó mi jardín? ¿Cuándo? ¿Cómo pasó? —preguntó Mía enfadada.

—Fue un día que vino a buscar al señorito Ryo, lo esperó en el invernadero y cuando vio todos esos carteles pisoteó todo con furia —explicó Sayumi mientras Mía intentaba refrenar su enfado—, pero, tranquila, el señorito Ryo la sacó de aquí, la metió en un taxi y ha logrado reconstruir todo. Desde ese día no he vuelto a ver a la señorita, ni ha vuelto a llamar aquí.

Oír eso hizo que Mía se relajara un poco. No habían pasado muchos días, pero la idea de encontrarse a Charlotte con Ryo en estos momentos hacía que se le revolviera el estómago. No sabía si ya no había vuelto a verla, o si ya no había vuelto a venir aunque sí la veía fuera de la mansión. Mientras pensaba en ello, reparó en la planta que estaba en su escritorio, la que le regaló Ryo.

—Él se ha encargado de regarla y cuidarla, no ha dejado que nadie entre aquí —dijo Sayumi como si supiera lo que Mía quería preguntar.

La puerta del baño se abrió y Mayarin apareció con un chándal que le iba grande de Mía, se quedó parada en la puerta al ver a Sayumi.



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В тексте есть: japoneses, tirondepelos, instituto

Отредактировано: 14.02.2018

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