Desde mi Ventana

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 43

—Dilo, sácalo todo fuera de tu sistema —murmuro .Estoy cansada de estar aquí sentada y que Pablo me fulmine con la mirada.

Hace más de una hora que regresamos a casa. Mis padres estaban lívidos al principio, pero después de comprobar que estoy bien, me abrazaron y apapapacharon. Jenny me gritó, insultó, sacudió y lloró. Edith y Claudia lloraron y no se despegaron de las niñas.

Axel me envío una mirada de muerte, ha de ser por el ojo morado, pero luego de que le enviara una sonrisa inocente y me encogiera de hombros, me abrazó —a pesar del gruñido de Pablo— y agradeció a Dios porque yo estuviera bien y su vida ya no estuviera en peligro.

Después de asegurarse de instalar a las niñas, llamar a la policía y notificar que todo fue “una falsa alarma” y que yo estaba “perfectamente bien”; discutir con el detective Otalora, contarles a todos sobre mis hazañas y lo que le dijo el señor Montana sobre mi desempeño como mamá leona; me arrastró hasta su habitación y me ha estado fulminando con la mirada desde hace unos quince minutos.

Se ha paseado varias veces de un lugar a otro y me tiene, más que nerviosa, molesta y ansiosa. Necesito que diga algo o que lo gruña al menos así discutiremos, pero no, él sólo me mira y mira y mira…

Argggg… es desesperante.

—¿No vas a decirme nada?

Sigue mirándome… ¿Tengo algún moco en la cara o qué?

—Pablo. —Suspiro y me levanto de la cama—. Mira, sé que estás molesto… no, iracundo, por lo que hice; pero tenía que hacer algo. Ella se llevó a mis niñas, no me iba a quedar con los brazos cruzados mientras ella les hacia quién sabe qué. No, yo tenía que salir y buscar a esa hija de su madre y traer a las niñas aquí, con nosotros, y si para ello tenía que ir y enfrentarme al mismo diablo o venderle mi alma, ovario, riñon, lo que sea; pues lo haría. —Tomo aire y continúo con mi diatriba—: Las niñas son muy importantes para mí y no me iba a quedar aquí esperando como una buena mujer, comiéndome las uñas y rezando a cualquier dios para que estén a salvo.

>>Fue por mi culpa que se las llevaron, Alexia me lo dijo —Cuando veo que su rostro se frunce un poco en confusíon, aclaro—: ella fue quien envío los mensajes de texto. Me dijo que fueron por mí para concentrar tu atención en mi vida y así las niñas serian un blanco más fácil. Fue mi culpa, Pablo.

Mis ojos se humedecen y mi pecho se oprime por la culpa y el pesar.

—Las niñas tuvieron que estár más de doce horas con esa horrible mujer, aguantando hambre y los gritos de esa enferma. Estuvieron encerradas en una habitación de baño, asustadas y temerosas; todo por mi culpa. —Sigue observándome furioso y eso hace que yo también me enoje—. Si quieres regañarme y decirme que no debí hacerlo, que fue una locura, una sandez… si vas a gritarme… pues hazlo, pero que sepas que no me arrepiento de nada, ni siquiera de dispararle por accidente a ese anciano ni de golpear a Carlos —Hago una mueca cuando gruñe, pero sigo hablando—, porque lo haría una y mil veces, por las niñas, por mi familia, por ti… haría esa y otras mil locuras más. Y no me importa si son peligrosas o no, sólo ten muy presente que yo no me quedaré permitiendo que otros hagan algo, yo iré y los buscaré dónde y cómo sea.

Silencio, sólo su oscura y furiosa mirada, eso lo hace todo, exploto.

—¿Sabes qué? ¡Vete a la mierda Pablo! —grito—. Métete tu jodido humor por donde te quepa, no voy a disculparme por algo de lo que no me arrepiento. Me largo de aquí.

Pataleo hasta la puerta, maldiciendo entre dientes a Pablo y sus jodidos humores de mierda, pero al intentar abrir la puerta, tiene llave.

El imbécil nos ha encerrado.

—Abre la puerta.

—Susana, siéntate —gruñe y tengo que respirar profundo para no arrojarme sobre su cara y sacarle los ojos con mis uñas.

—Abre la puerta —repito de nuevo. Esta vez trato de igualar su nivel de idiota.

—Siéntate.

—Puaj… no vamos a llegar a ningún lado si sigues hablandome así.

—Bien —responde y camina hasta mí. Me cruzo de brazos para enfrentarlo. Sus ojos están más oscuros y brillantes que nunca, su cuerpo está tenso y de él se desprende una vibra amenazanta… si no lo conociera mejor, ya me habría orinado en mis pantis—. ¿No vas a sentarte? —Niego con la cabeza y estrecho mis ojos hacia él—. Bueno, en ese caso —gruñe antes de levantarme en sus brazos y arrojarme sobre la cama. Caigo de espaldas y mi pelo sobre mi cara me impide verlo.



Maleja Arenas

Editado: 14.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar