Desesperada entre las hojas caídas

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8 "Vacaciones y Competencia"

Mi existencia se basa en la resolución y creación de problemas, pero más que todo de la segunda. Sí, también he pensado que deberían de poner mi nombre en algún sitio de chicas problemáticas para hacerme famosa, aunque en mi instituto ya lo soy. O quizás deba practicarme un exorcismo… quien sabe.

Todos saben perfectamente que una suspensión es aterradora, los estudiantes huimos de ese terrible castigo. Sin embargo, somos muy activistas sobre la cuestión de “Somos libres y hacemos lo queremos” que no acatamos las consecuencias que cada acción trae. Afecta un montón las notas, más si eres pésima en las pruebas, y aún más si estás en último año. Lo admito, tienen muchísima razón. ¡Por amor al cielo estoy empezando el curso!

Pero ¿soy la única que ve divertido esto? Probablemente. Hasta he pensado que algo anda mal en mí. Es sumamente inevitable no poder reír por décima vez del acontecimiento de hace tres días, fue totalmente épico, sin duda una de mis mejores venganzas. Como es obvio solo los gemelos y yo sabemos de eso, por lo que mi madre –tras ver mi alocada risa por la casa durante todo el día– me ha insinuado sobre qué me parecería ir a visitar la casa de la risa (en vez de decir loquero o manicomio), es una forma sutil de decirlo si me permiten opinar.

Mi abuela solía decirme que “Cada acción trae una consecuencia” y ahora que experimento la situación no puedo estar más de acuerdo. Lamentablemente mi venganza en contra de los gemelos tuvo como consecuencia la tan esperada suspensión. Lo predije. Era obvio que Robert tomaría tal decisión, después de todo me la tenía bien merecida.

¿Cómo reaccionó mi mamá? Ya se podrán imaginar ¡casi me mata! Me dijo infinidades de cosas, entre ellas que yo no tengo solución, que soy una adolescente descarriada, incluso me dijo que soy peor que los gemelos. ¿Y saben qué? Le agradecí, mentalmente claro. No iba a arriesgarme a desatar su lado oscuro ahí sí que me despedía del mundo. La cuestión es que al final me aplicó la ley del hielo.

Y me hablará solo cuando sea necesario. Pero algo debería saber, y es que su barrera de hielo no durará mucho.

Mi padre se lo tomó más con calma, le expliqué todo mis motivos y me entendió, él sabe de qué clase son ellos. Sin embargo, eso no evitó que me regañara por no pensar en las consecuencias que eso traería. Me dio un sermón más.

Los aliados de satanás no se han tomado la molestia de dirigirme la palabra, cuando cenamos ni siquiera me dan esas miradas que dicen: pronto sabrás de nosotros y no de una manera agradable. Nada. Absolutamente nada. No han pronunciado ni la “a”. Tres días sin hacer ni decir nada.

Así que aquí estoy, esperando alguna acción de ellos, y también que sea el día de volver a clases.

Segundo día del mes de octubre, segundo mes de otoño, a las dos de la tarde. Estoy acostada en mi cama mirando el techo y tratando de buscar un pequeño corte de algún portal que me lleve a un mundo imaginario. Creo que el no hacer nada está afectando seriamente mi cerebro. Según lo que Robert me dijo vuelvo hasta el otro lunes, ¿Qué demonios voy a hacer todos estos días en casa? No puedo ni salir porque no tengo con quién, todos mis amigos están en la institución.

—Maddie, ven y ayúdame a tender la ropa.

He ahí la señal.

—Voy.

No esperaba una respuesta tan rápida de arriba, tal vez es una señal de que soy una adolescente sin ningún futuro provechoso, o quizá mi madre lee mentes. Mi oficio en este día parece que será de empleada doméstica. Mi mamá tiene libre dos días en su trabajo (ella es profesora y debido a algunas peticiones de las personas da clases en los hogares por problemas de salud con sus hijos, es como una educadora a domicilio), pero eso no quiere decir que los tomará para descansar. No, ella siempre anda por la casa buscando algo que hacer.

Suspiro, salgo de mi cuarto y me dirijo donde ella se encuentra. Está con un short negro y una camiseta celeste, su cabello está atado en una cola y hay una bandana alrededor de su cabeza para tener lejos los mechones de sus ojos.

Agarro la ropa con un suspiro y salgo al patio para tenderla y que se seque con el sol y la brisa de la tarde.

Una vez acabo entro y camino hacia la cocina, abro la refrigeradora. No hay más que una caja de leche, está más vacía que el corazón de ese individuo que me juró amor eterno y terminó rompiendo cada una de mis ilusiones.

—Maaa, ¿Cuándo irán a comprar? —alzo la voz para que logre escucharme.



DanBlue

Editado: 03.09.2019

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