Desesperada entre las hojas caídas

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13 "Enemistad"

—Vamos con ellos —les digo a Laura y a Max.

Caminamos hacia una de las tantas mesas que hay al aire libre. Todos a esta hora buscan sus lugares junto a sus amigos y así sentarse a comer para platicar de todos los temas que les sea posible antes de seguir con las torturas que el día nos tiene preparados. Por nuestra parte nos dirigimos a la tercera mesa de la derecha, donde se encuentran unos amigos que están en último año pero no en nuestro grupo. En mis manos llevo mi habitual jugo de naranja y un delicioso sándwich.

—Hola chicos —saludo, sentándome al lado de Eva—. ¿Qué tal va la mañana?

—He notado que la señora de Geografía me trae entre ojos —comenta Carl. Un chico bastante agradable, de tez tostada y ojos marrones.

—No lo tomes personal, a todos nos trae entre ojos.

—Mad, ¿no enviarás respuesta? —Pregunta Valeria mientras da un sorbo a su bebida. Una pregunta que no sé la respuesta. De verdad quiero saber la identidad del chico pero en la carta me dijo que no lo dirá hasta que se haya preparado psicológicamente. Tal vez debería esperar… tal vez debería escribir algo…

—Aún no lo sé, pero si lo hago te buscaré.

—¿Qué tal van con las matemáticas? —Pregunta el chico que parece tener problemas con la profesora.

—Más o menos —confieso, haciendo una mueca—. El nuevo tema es algo difícil pero creo que es manejable.

—Siempre dices lo mismo cada vez que vemos tema nuevo —dice Laura. Bueno, es cierto. En matemáticas soy un asco, casi siempre saco D y en otras circunstancias una enorme F.

Recuerdo muy bien aquel día soleado. Un día que no combinaba para nada con el oscuro interior del instituto. El terrorífico día del que los alumnos huyen, ese donde todo es lamentos, maldiciones en silencio o algunas veces lo gritan a los cuatro vientos. El día de la entrega de pruebas. El profesor había puesto a un estudiante a entregarlos a cada uno de nosotros y cuando estuvo en mi mesa se detuvo, mirando con el ceño fruncido y muy detenidamente la hoja. La mueca de incredulidad que formó me hizo imaginar la espantosa nota que había sacado e inmediatamente quise irme del aula, encerrarme en un baño y lamentarme por las siguientes horas. No estaba segura que había sacado pero su rostro me dijo que todas mis horas de estudio se habían ido al carajo. Pero debía ser valiente, así que sin prepararme psicológicamente pregunté:

¿Qué pasa? ¿Tan mal me fue?

Él solo se dedicó a ponerla en mi mesa casi en cámara lenta. No sabía si reír o echarme a llorar ahí mismo. ¿Saben lo que encontré? Una enorme y perfecta B+ en tinta roja. La sorpresa fue la que estuvo en mi rostro.

Nunca pensé que viviría para ver esto. —Comentó mi compañero. Era tanta la sorpresa que faltó poco para poner mi nota en la portada de los sucesos más extraños de las noticias estudiantiles.

—Ni yo. —Añadí, pues era una esperanza que creía extinta.

—Yo mucho menos. Tuve que revisar por tercera vez ese examen para verificar el resultado. —Le siguió el profesor, su mirada pegada al computador.

Y ahí es cuando entendí que siempre podrás tener los resultados que quieres solo si te lo propones, que nada te caerá del cielo o que cumplirás tus metas solo con deseárselo a una estrella fugaz. Al éxito solo se llega con mucho esfuerzo y dedicación. Me había demostrado a mí misma que podía hacerlo, y esa fue la satisfacción más grande.

—Tampoco es que la concentración sea al cien —sonríe con picardía Eva—. Ese profe…

—Hola señoritas y caballeros —interrumpe un chico que calculando debe estar en cuarto año. Sus ojos se dirigen a la chica a mi lado—. Hace mucho tiempo que he querido saber tu nombre, así que ¿Cómo te llamas, preciosa?

Yo, así como ella escrutamos al individuo con nuestro ceño fruncido ya que ha venido a interrumpir nuestra conversación, y no es que seamos de ese tipo de personas que detestamos la cercanía de chicos inoportunos o no deseables lo que pasa es que nos causa cierta curiosidad. Al ver que no tiene nada de otro mundo pasamos la mirada hacia al chico que lo acompaña.

—Eva —responde al cabo de unos largos segundos.

—Me encantaría ser tu Adán —suelta, seguido de un guiño.

No sé por qué se empeñan en hacerme pasar por estas situaciones en serio. Más cuando estoy ingiriendo alimento. Tras semejante “confesión” escupo todo el líquido que se encontraba en mi boca y las carcajadas estruendosas emergen de mí sin poder detenerlas. Tampoco es que intente hacerlo.



DanBlue

Editado: 03.09.2019

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