Destino

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Preocupación

Impotencia. Eso era lo que Patricio había sentido todos esos días de incertidumbre, días que no se sabía qué iba a pasar con Ana. Casi todos los días preguntaba por ella a su madre en la panadería. Debía contenerse porque la mujer comenzaba a sospechar ante tanta insistencia de parte de él. Pero es que no la veía y eso lo estaba matando. Ana no hacía más que ir del colegio a su casa. Estaba mal, estaba preocupada y asustada. Y peor, se sentía culpable, por lo que pasaba la mayor parte del tiempo encerrada. Su ausencia se notaba en la panadería, inclusive Omar, el panadero, preguntaba por ella. 

La señora Fernández, así se llamaba la mamá de Ana, parecía haber envejecido en unos pocos días. Estaba siempre con los labios fruncidos y se ponía furiosa cada vez que algún chismoso que iba a comprar de paso le hacía algún comentario o pregunta sobre el incendio. 

-Mi hija estuvo ahí, pero ella no ocasionó el incendio.- dijo en tono molesto a una anciana una mañana. 

Patricio, que estaba limpiando la vidriera, la escuchó decir a la mujer al salir:

-Nunca son culpables esos mocosos.

Y su expresión fue parecida a la de la madre de Ana. Oía lo que la gente comentaba y aquello lo ponía de mal humor. A veces las personas podían ser muy injustas.

Tras el incendio, Lucas se quedó en su casa un día más y luego regresó a la ciudad ya que tenía que regresar a trabajar, pero prometió volver en cuanto tuviera tiempo libre. A los pocos días, su hermana lo llamó. Lucas le había contado lo que había pasado y se había preocupado por él. 

-Falta que encima de que sea humana, sea una delincuente también.- le dijo con petulancia.

Patricio creyó que sería un poco más comprensiva que sus padres, pero se equivocó. Cortó la llamada y rechazó todas las siguientes que le hizo. Se sentía solo y lo único que quería era estar cerca de Ana. Estaba tranquilo cuando estaba con ella. Por eso, cuando su madre se preocupó por su hija el lunes a la tarde, Patricio no dudó en aprovechar la oportunidad.

-Tal vez podría enviarle algo de beber. Eso la haría sentir mejor seguramente.- comentó como si no le importara mucho. 

La mujer lo miró con esa mirada que parecía descubrir todas las verdades. 

-Es una buena idea. Pobre hija.- salió diciendo de la panadería para volver unos segundos más tarde con una botella de jugo. 

-¿Puedes alcanzársela? Vuelve rápido.- le pidió.

Patricio ni lo dudó, se quitó ese horrible delantal y se fue a la plaza. Allí vio a todos trabajando, excepto por uno que estaba sentado en un banco mirando enojado a Ana. La reconoció aunque llevara esa cosa naranja que le quedaba como bolsa. Se acercó y escuchó lo que decían. No pudo contenerse y se metió en la discusión. Cuando él y Ana quedaron solos, notó lo demacrada que se veía.

No era justo. Ella no tenía por qué estar haciendo eso. Deseaba poder cambiar de lugar con ella y ser él el que estuviera sufriendo. Estaba pálida y ojerosa. De repente, la botella de jugo le pareció insignificante. Quería ofrecerle más, pero se negó. Aunque la promesa de que pasaría luego por la panadería lo alegró. Volvió esperanzado al lugar y continuó trabajando esperando que la hora pasara más rápido, pero ésta hizo todo lo contrario.

Ya casi era hora de cerrar cuando Ana apareció, ya sin esa cosa naranja. No había llegado ni a cerrar la puerta, que su madre ya la estaba abrazando. 

-¿Cómo te fue?

-Nunca creí que limpiar excremento de pájaro fuera tan difícil.- dijo medio en broma.

Su madre la volvió a abrazar. 

-Apestas, hija.- le dijo al soltarla y la muchacha se puso colorada. Dirigió una mirada rápida a donde estaba Patricio y volvió a mirar a su madre enojada. Éste ocultó la sonrisa y buscó las medialunas que había separado para ella.- Ve a casa a bañarte y descansar.

-En un rato, le pedí a Patricio que me guardara algo para comer. ¡Muero de hambre!

-Bueno. Ya estoy terminando de cerrar la caja. ¿Volvemos juntas hoy?

-Sí.- le sonrió su hija.

Caminó detrás del mostrador, pero no se acercó a él. 

-Voy al baño.- le dijo y desapareció hacia el fondo de la panadería.

Cuando regresó tenía el rostro limpio y el cabello todo mojado. Patricio sonrió al pensar que se había lavado un poco para no oler mal frente a él. Se sentaron cerca de la caja registradora. Él hubiese preferido quedar a solas con ella, pero era con lo que tenía que contentarse. Ana comenzó a hablar, contando algunas anécdotas graciosas, como lo poco que sabían algunos cuidar flores, o usar una pala. El muchacho no podía evitar sonreír al notar a la antigua Ana, era como si se hubiese olvidado de sus problemas y hubiese vuelto a ser ella, más animada. 



Akane

Editado: 16.08.2019

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