Destino

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Muerte

Patricio iba recorriendo el bosque en un ligero trote, olfateando y tratando de hallar algo. Lo único que podía captar eran los olores de sus compañeros. Se alejó de ellos, el atacante no era estúpido, si estaba por allí ya seguramente habría sentido los olores de todos ellos y se habría alejado de la zona quemada del bosque. Vagó entre los árboles, cuando a su nariz llegó una leve sensación familiar. Se apresuró en esa dirección y pudo confirmar que aquellos eran los olores de Ana y el secuestrador. Era el mismo que había estado en el bosque y que había paseado por el pueblo. ¡Lo tenía!

Comenzó a correr, evitando hacer ruido y algo aliviado de sentir que Ana seguía viva, pero estaba asustada. Muy asustada. Al parecer, el hombre estaba muy distraído en otra cosa porque no pareció notar que él se acercaba. Lo oyó hablar y luego escuchó ruidos. Estaban forcejeando. Ante sus ojos apareció la imagen de ese desgraciado cernido sobre Ana y sujetándola del cuello. Si hasta el momento había estado furioso, no era nada comparado con lo que ver aquello le provocó. Iba a matarlo. ¡Nadie le ponía un dedo encima a Ana!

Gruñó y mostró los dientes, deseoso de arrancarle la piel. Éste finalmente notó su presencia, pero no se sorprendió de verlo. De hecho, lo observó como si lo reconociera. Miró a Ana. Tosiendo, giró la cabeza y lo miró. Tenía el rostro empapado en lágrimas y una mejilla hinchada. Sus garras se hundieron en la tierra y sus músculos se tensaron, listos para saltarle encima al que le había hecho daño. Aquello era imperdonable. Pero estaba demasiado cerca de Ana y no quería que quedara en medio de la pelea.

-Finalmente nos encontramos, Patricio.- susurró y lo observó con los ojos lo más abiertos que se lo permitía su rostro zurcado en cicatrices de quemaduras.

¿Lo conocía? No tenía idea y en ese momento no le importaba, sólo quería que se alejara de Ana para destrozarlo. 

De repente, el hombre comenzó a transformarse con unos terribles alaridos de dolor. Incluso Patricio sintió algo de horror al ver su piel cambiar por la de lobo, ya que ésta se cortaba y chorros de sangre caían por distintas zonas. Le faltaba pelaje en algunas partes y en otras parecía chamuscado. Debía haberse quemado en su forma de lobo. Cambiar debía ser una terrible tortura para él, pero a Patricio eso no le hacía sentir ni un poco de pena. Dio un paso más cerca, Ana se acurrucó, quedando bajo las cuatro patas del hombre lobo. Era hora.

Saltó sobre él, pero éste respondió con la misma acción al mismo tiempo y ambos chocaron en el aire, cayendo al suelo y comenzando a darse tarascones entre ellos. A pesar de su condición, su contrincante seguía siendo fuerte. Era como si estuviera tan desquiciado que ni sus propias heridas le importaban. No le importaba sentir dolor, sino ocasionarlo. Esquivó algunos golpes y entre gruñidos logró morderlo un par de veces. 

 

Al sentir que el hombre lobo saltaba lejos de ella, Ana se arrastró por el suelo hasta quedar detrás de un árbol y desde allí observó con temor cómo ambas bestias luchaban entre sí. Observó con horror las manchas de sangre en la piel del hombre lobo, pero como a pesar de eso luchaba por herir a Patricio. No, no herirlo, quería matarlo. Ya no le importaba ella, sólo quería cobrar su venganza. Oyó un alarido proveniente del lobo blanco y recorrió con la mirada el lugar, debía haber algo que sirviera de ayuda para su novio. La oscuridad de la noche no le ayudaba. Tanteó el suelo sintiendo varias ramas y hojas. Tomó un par de piedras y las arrojó al lobo marrón. No pareció ni siquiera sentirlas. 

Salió de su escondite y continuó buscando algo desesperada. ¡Tenía que ayudar a Patricio! Un alarido más fuerte le provocó escalofríos. Observó y vio con horror que Patricio estaba echado en el suelo, de una pata le salía sangre y sobre su pelaje blanco parecía resaltar aún más. Encima de él estaba el otro hombre lobo, listo para volver a atacar. 

Sin pensar en lo que hacía, corrió velozmente hasta ellos. Al alcanzarlos, se impulsó y saltó lo más alto que pudo sobre el hombre lobo marrón. Se aferró al poco pelaje que tenía para no caerse. Aquello sí pareció sentirlo y comenzó a sacudirse para sacársela de encima. Gritó pero no iba a soltarse, necesitaba lograr que se distrajera con ella lo suficiente para que Patricio lo atacara. Ojalá pudiera, no tenía idea de la gravedad de sus heridas y en ese momento no veía nada. Cerró los ojos y el lobo se movió tanto que finalmente logró su cometido. Ana sintió su cuerpo volar en el aire y caer al suelo con un fuerte golpe que la hizo gritar. 

Se incorporó y en seguida sintió un terrible dolor en el brazo derecho. Gimió y miró al frente. Abrió sus ojos  del miedo al darse cuenta que ahora sí era su fin. El hombre lobo marrón estaba corriendo hacia ella, tenía su gran hocico abierto, listo para atacarla y acabar con su vida. Por el rabillo del ojo notó que Patricio corría también en un vano intento de alcanzarlos, pero en ese breve lapso de tiempo, el cual no duró más que unos segundos, Ana supo que jamás lo lograría a tiempo. 



Akane

Editado: 16.08.2019

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