¿destino o Casualidad?

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¿Destino o Casualidad?

 

Todos los días Sara cogía el mismo tranvía. Durante sus 22 años, siempre se consideró una mujer afortunada. Fue criada en el seno de una familia humilde y de clase media. Nunca tuvo carencias cuando era pequeña, y si alguna vez la tuvo sus padres jamás se lo hicieron notar. Por eso desde que entró a la universidad, ha puesto sangre y sudor para aprobar sus materias, considerando que la carrera de medicina necesitaba futuros médicos competentes y de calidad. Por el momento, tenía todo para ser feliz, no necesitaba nada más. No obstante, un día cambió todo.

Como cada mañana, Sara se levantó temprano para asistir a sus clases matinales. Aquel día estaba muy emocionada porque por fin llevarían a un selecto grupo de estudiantes de medicina, los más destacados, para ser espectadores de un trasplante doble de riñón. La oportunidad que se le presentó era única, por lo que la felicidad que sentía no le cabía en el pecho.

A las siete y media de la mañana cogía el tranvía que la transportaba a clases, sin embargo, ocurrió algo inesperado. Cuando llevaba un par de minutos sentada junto a la ventana, subió un chico alto y moreno que se sentó junto a ella. Lo que más le causó curiosidad a Sara fue que una vez que se acomodó a su lado, sacó un libro y comenzó a leer. No le pareció extraño la acción, sino el contenido del libro. Debido a lo tímida que Sara era no le pareció correcto escudriñarlo con la mirada. Tal vez se podría sentir incomodo o peor… acosado. Por eso, prefirió observarlo a través del reflejo de la ventana.

A pesar de que la vista que tenía de aquel hombre no era muy clara, sí pudo darse cuenta de algunos detalles. Su rostro era largo, con la nariz un poco pronunciada, sus labios no eran gruesos, pero si carnosos. Jamás había visto a hombre con aquel físico. Aunque estaba un poco encorvado leyendo y concentrado su libro, notó que al menos le sacaba una cabeza de distancia, por lo que definitivamente era mucho más alto que ella. Intentó calcular su edad, aunque le era difícil, aun así, supuso que tendría alrededor de uno 27 o 30 años. Siguió observándolo todo el camino. Fue testigo de cómo leía el libro que tenía en sus manos ávidamente, de hecho, le recordaba a ella misma. Cuando tenía la oportunidad de leer un libro que no estuviera relacionado con medicina, se entregaba por completo a un mundo nuevo, donde no había ningún tipo de restricción.

Fue en ese momento donde vio la portada, “Canciones Rusas”. ¿Canciones rusas? Nunca había oído de aquel título, pero sí de su autor, Nicanor Parra.  Hace años había leído un poema de aquel escritor. Intentó buscar en los rincones de su memoria pensando, pero solo pudo recordar que Nicanor era un hombre chileno muy famoso por sus obras y por considerarse a sí mismo como un antipoeta. ¿Por qué aquel hombre estaría leyendo a Nicanor? Se preguntó Sara. Sin embargo, no se atrevió a hacer absolutamente nada para obtener una respuesta. Después de una hora de viaje, el tranvía se detuvo y vio partir al hombre con el libro en sus manos. 

A partir de aquel día, cada lunes a la misma hora, Sara compartía aquel tranvía con el enigmático hombre. A veces coincidían en el mismo asiento, otras veces él viajaba de pie, pero siempre estaba con un libro de algún poeta, Mistral, Neruda, Becker. Al parecer, tenía una gama de autores predilectos, pensó Sara.

Sin embargo, ese no era el único cambio que había ocurrido. Cada lunes, Sara se arreglaba de forma particular. Intentaba llegar con sus mejores prendas de vestir, lo cual era un reto, pero siempre se las arreglaba. No sabía la razón del por qué lo hacía. Solo que, desde que había visto aquel hombre quiso cambiar. Nunca en su vida se había enamorado, así que no estaba segura si lo que sentía era amor o solo una obsesión. Lamentablemente, en los libros de medicina no había una respuesta para aquello.

Los meses fueron pasando y Sara continuaba con su enigmático “poeta”. Creía que a pesar del tiempo que llevaba viéndolo, era necesario darle un nombre. Y que nombre más perfecto si no es en honor a los libros que leía.

La mañana de un lunes, Sara despertó con una sensación extraña. No podía identificarla ¿Expectación? ¿Miedo? ¿Emoción? Solo tenía la seguridad de que aquel día algo importante sucedería. Tal vez era algún presentimiento, pero fuera bueno o malo tendría que afrontarlo y ver qué pasaba. Como era su ritual desde hace meses, aquel día se puso un hermoso vestido blanco que le llegaba a sus rodillas, había sido un regalo de su madre y, creía que ese día era especial para poder estrenarlo.

Al igual que siempre tomó el tranvía a la misma hora, pero algo había cambiado. Su poeta ya estaba ahí sentado en el lugar de siempre. Aquello descolocó por unos segundos a Sara, pero no tuvo tiempo de analizarlo porque el tranvía comenzó a llenarse quedando ella de pie a poca distancia de él. Tal cual, marcaba el ritual, Poeta sacó uno de sus libros y comenzó con su lectura.



P. Vanrretea

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En el texto hay: relato corto, primer amor, felicidad

Editado: 29.07.2018

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