Diamante

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Capítulo uno

Reino de Maden
Región Suroeste
 

 

El sol brilla ardiente sobre los ciudadanos de la región Suroeste en un día maravilloso de mercado. Un día de la semana en el que los vendedores de vegetales traen sus cosechas para venderlas o intercambiarlas por pan o gallinas y, por lo tanto, es un día en el que casi toda la gente local se aglomera para así buscar la compra que mejor le venga.


Veo a mi madre agitar su mano en mi dirección. Ella también ha venido a vender un poco de lo que ha cosechado en su pequeño huerto y está instalando su puesto de venta en una zona en el centro de los demás puestos, así que es seguro que sus zanahorias y lechugas se venderán en menos de lo que esperamos.

El día de mercado es importante para todos desde hace ya varios años; tres para ser precisa. Desde que la guerra dio inicio los recursos, especialmente los alimentos, fueron en decadencia hasta ser casi nulos. No quiero decir que el rey tenga algo de culpa, pero es relativamente cierto; la región Noreste es la principal productora de alimentos, desde vegetales hasta ganado, pero las exportaciones siempre se ven interrumpidas por los rebeldes que roban todo. Unos piensan que son personas pertenecientes a la misma Maden, pero otros más creen que son enemigos de guerra que se ocultan en el reino y, como el rey tiene toda la atención puesta en la frontera norte, no hace demasiado al respecto. Así que la gente tiene que cultivar lo propio y hacer con ello lo más conveniente para ellos y sus familias, las cuales son numerosas, por cierto.

—Ya comenzó a llegar gente —Nate, mi hermano mayor, se me acerca de frente con lo que parece una manzana en la mano.

—Deja de comerte la mercancía —lo regaño, pero él me ignora y le da una mordida.

—¿Quieres? —Extiende la fruta mordida en mi dirección y yo, después de mirarlo de manera reprobatoria durante un momento, accedo a darle una mordida también. Después de todo, el manzano fue bastante generoso con nosotros esta vez.

—¿Irás a ayudarle a nuestro padre? —le pregunto y él niega con la cabeza mientras le muerde a su fruta de nuevo.

Los músculos de su marcada mandíbula se tensan mientras mastica y los largos mechones rizados de su cabello le caen por la frente. Detesto que eso pase, así que me acerco y le aparto el cabello de la cara.

—Pues deberías —continúo—. Tiene un pedido para entregarse en dos días y no ha terminado aún.

—No puedo ayudarle. Iré a venderle un par de cubetas de agua a la joven pareja que tiene dos hijos, ¿los recuerdas?

Lo pienso un momento.
Los conocimos en una reunión de la iglesia si no me equivoco. Nos dijeron sus apellidos, pero ahora no los recuerdo. Ellos viven a veinte minutos de aquí, si decide ir a pie, lo cual es siempre lo más probable ya que nuestro caballo no ha comido bien últimamente. Lo que me inquieta es: ¿agua? ¿venderles agua?

—¿No tienen?

—No tienen. La laguna que abastece a esa zona se secó por completo hace unos días —me informa y mis cejas se alzan con sorpresa—. Es todo culpa de la falta de lluvia y la maldita temperatura que no para de elevarse.

Miro al cielo.
Es cierto. El sol irradia calor como siempre y no hay ni una sola nube a su alrededor, lo cual ya es bastante extraño porque no estamos muy lejos del océano y nuestro paisaje se ha tornado en uno seco y árido en los últimos meses.

—Bien. Entonces vete ahora para que vuelvas justo cuando tengamos que volver a casa —sugiero y en su rostro aparece una mueca de asco, como si le hubiese dicho que combinara agua con la leche agria de las cabras y después le diera un trago.
 


—Bien. No lo haré porque quiera hacerte caso sino porque no pretendo dejar a esos niños con sed —explica rápidamente y yo reprimo una sonrisa tierna.

—¡Eres una buena persona, Nate Frethgott! —exclamo mientras se aleja y él se limita a levantar su manzana sin terminar en señal de despedida.

Nate. Siempre serio e inexpresivo, pero tierno y gracioso al mismo tiempo… y a su modo.

Me acerco al puesto de mi madre, quien apila las zanahorias con cuidado para que no se caigan.

—Saca las que estén en mal estado —me dice ella mientras señala la caja de madera en el piso. Todavía hay zanahorias hasta la mitad de la caja, pero muchas de estas son muy pequeñas y comienzan a tener problemas de putrefacción.

—¿Por qué no las dejas todas? No creo que se pongan a elegirlas en estas circunstancias.

—No les voy a dar zanahorias podridas por mucho que las necesiten —me mira y sus facciones delicadas tratan de hacerme entender su punto.

Mi madre es del tipo de persona que ama, a quien sea sin excepción. Siempre quiere darle lo mejor al mundo aunque eso signifique tirar media caja de zanahorias.

Así que, sin más remedio, me agacho en cuclillas para hacer selección de los vegetales, y aprovecho también para quitar las hojas externas a las lechugas ya que estas se encuentran manchadas y en mal estado.

—¡Lessly! —una señora, vecina nuestra, saluda a mamá con entusiasmo mientras se acerca —Ya veo que has sacado lo mejor para hoy —alaba las zanahorias.

—Sí, no puedo quedarme con todas o terminarían por pudrirse —mi madre le sonríe y la corpulenta mujer asiente estando de acuerdo con ella. Algo me dice que quiere algo más de nosotros y no son las zanahorias exactamente.

—¿Qué hay del precio? No me lo dejarás muy alto, ¿o sí?

Lo sabía.

—Son dos monedas por pieza.

La mujer abre los ojos con sorpresa durante una fracción de segundo, pero lo disimula bastante bien.

—¡¿Tanto?!

—Es un buen precio. Pero puedes ir a preguntar en otros puestos si no estás convencida.

—No, no —se apresura a responder —. Me llevaré… cuatro. Cuatro piezas grandes.

Mi madre asiente y en seguida le escoje las zanahorias más grandes. No sé, pero creo que deberían tener un precio más alto las más grandes.



Karen Franquiz

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En el texto hay: fantasia magia, guerra y amor, diamante magico

Editado: 15.11.2019

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