Diamante

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Capítulo siete

Los ladridos de Leya comenzaron hace un momento, lo que confirma nuestras sospechas. Hay alguien ahí afuera de la casa, incluso es posible que ya se encuentre adentro, y ni mi madre ni yo sabemos qué hacer.

Mamá se encuentra asomada en las escaleras para ver hacia abajo, pero nada es visible. Está completamente en penumbra. La única luz que tenemos encendida es la de la vela que trajo mi madre a mi habitación y eso es todo, sin embargo no era la única hace unas horas; dejamos una vela en la ventana que da hacia afuera para que esta alumbrara el exterior, pero se ha apagado y no sé si se debe al viento que entró cuando la puerta se abrió o si fue debido a un elemento distinto.

Mi madre me mira.

—Aseguraste la puerta, ¿verdad? —me pregunta y yo hurgo entre mis recuerdos.

Tengo la imagen de haber puesto el tablón de madera que atraviesa la puerta para evitar que se abra, eso además de haber cerrado con la llave. No pudo haberse abierto. ¡No hay manera!

—Lo hice —murmuro.

Su mirada se inunda de intriga, y es en ese momento en el que un golpe seco se escucha en la planta baja. No parece que algo se haya caído, sino, más bien, sonó como si hubiesen jalado fuertemente de alguna madera, arrancándola del resto de la estructura.

«Sí, hay alguien abajo. Está adentro. ¡Está en la casa!»

El pánico toma control sobre mi cuerpo y mi mente, haciendo que mi pulso se acelere y mi respiración también lo haga. ¿Qué vamos a hacer si son esos rebeldes que saquean las casas? Aquellos grupos armados no son famosos por respetar las vidas de a quienes asaltan y, si son ellos, no tenemos muchas probabilidades de salir con vida si nos atrapan.

—Bien, esto es lo que vamos a hacer —susurra mi madre mientras se acerca hacia mí, nuevamente—: ve a mi habitación, y espérame en la ventana. Yo bajaré para echar un vistazo y…

—¡No! —suelto en un susurro que parece gritado, si es que eso tiene sentido de alguna manera—Esperemos juntas en la ventana. Bajaremos si hay peligro, pero no vayas, por fav…

Soy interrumpida de la nada cuando un objeto que no logro identificar pasa frente a mí, entre mi cabeza y la de mi madre, a una velocidad tan alta que emite un zumbido al  mismo tiempo que alborota mi cabello. Se estrella en la ventana junto a nosotras, haciendo que fragmentos de vidrio caigan al suelo tintineando en las maderas desgastadas.

Gran sorpresa es la que me llevo al mirar en dirección contraria a la que viajaba aquel trozo de metal brillante que se nos fue arrojado, en donde se encuentra uno de esos sujetos que vimos la tarde de ayer. Un hechicero, de pie en el pasillo, sujetando una daga en cada una de sus manos mientras estas, a su vez, emanan un aura casi imperceptible de color naranja, marrón, rojo oscuro… no estoy segura.

«¿Qué demonios…?»

Hace volar una daga por el aire, en nuestra dirección una vez más, pero se clava en la madera del barandal de las escaleras. Algo me dice que no es bueno en los tiros o, tal vez, simplemente está evitando herirnos por alguna extraña razón, sin embargo mi madre no se queda a averiguarlo. Me toma de la muñeca y me hace bajar las escaleras a toda prisa, tropezándome de vez en cuando con mi camisón para dormir sin que mi madre me suelte ni un sólo momento.

En la puerta principal se encuentra esperándonos otro hechicero de manera impaciente y el rubí que cuelga de su cuello brilla más que nunca, más que antes. En el pasillo que conecta las escaleras con la sala de estar se encuentran otros dos hombres, quienes son visibles únicamente por las piedras brillantes que van con ellos como collares.

Se acercan un paso, después otro y después uno más, y la desesperación ya se manifiesta en mi cuerpo a manera de lágrimas; inoportunas, ardientes y pesadas lágrimas.

El primer hechicero aparece entonces, bajando lentamente las escaleras para después hacer un par de señas a los otros, comunicándose en silencio.

—¡¿Qué es lo que quieren?! —grita mi madre en su dirección mientras me mantiene detrás de ella.

Pero ellos no responden, por supuesto.

El caballo relincha detrás de nosotras, en la habitación al fondo, debajo de las escaleras, y mi madre y yo nos miramos compartiendo, evidentemente, la misma idea.

Entonces corremos. Corremos sin mirar atrás y sin detenernos a desperdiciar ni un sólo respiro. Escucho a los hechiceros hacer sonidos raros como gruñidos y quejidos, hasta podría jurar que dicen algo pero no puedo entenderlos. Nos lanzan las cuchillas que tenían consigo pero salgo ilesa de la situación, hasta que cierro la puerta tras nosotras. La habitación en la que nos hemos metido está conectada por una pequeña puerta hacia un cuarto diminuto donde papá guardó sus herramientas del taller y del huerto. Podremos usarla para irnos.

—Desata al caballo —me apresura mi madre—. Hay que sacarlo de aquí.

Asiento sin más tardanza y me dispongo entonces a desatarlo, mientras la puerta es golpeada fuertemente desde afuera por esos echiceros que intentan entrar.

—¡¿Por qué hacen esto?! —hurjo entre gritos para aquellos hombres una vez que he liberado al caballo.

Mi madre ha abierto la puerta del cuarto de herramientas, pero hay un problema.

—Está cerrado del otro lado. Tiene puesta la cadena —me informa, agitada y nerviosa.

La puerta que da al exterior está cerrada. Cerrada, maldita sea.

Un golpe más a la puerta de la habitación saca pequeñas astillas del marco, haciéndolas caer a un metro de distancia.

«Un par de golpes más y echarán la puerta abajo.»

El caballo se impacienta y las opciones se limitan mientras más avanza el tiempo.

—¡Entrega el diamante, mujer! —gritan desde afuera.

«¿Qué?»

Mi madre niega con la cabeza desesperadamente mientras los pequeños mechones de su cabello rizado se agitan. Vuelve, de manera paranoica, al minúsculo almacén y, después de buscar con la mirada por un momento relativamente eterno, encuentra un martillo grande y pesado. Lo toma abrazándolo firmemente con sus dedos y comienza a golpear la puerta una y otra y otra vez.



Karen Franquiz

#569 en Fantasía
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En el texto hay: fantasia magia, guerra y amor, diamante magico

Editado: 21.11.2019

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