Diamante

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Capítulo once

Estoy cansada. Estoy cansada de todo esto, estoy cansada de sentir esta sensación de asfixia. Estoy cansada de querer llorar todo el tiempo y de sentir que no tiene propósito mi vida. Estoy confundida y llena de culpa. Me siento la más vil y miserable creatura que ha pisado este reino. No puedo con esto, con esta carga inconsciente. No sé porqué debería seguir avanzando, me refiero al porqué me eligieron a mí para esto, para llevar esta carga. Sólo tengo diecisiete años, ¡por dios! No tengo la madurez física ni mental para esto. ¿Que el diamante tiene un propósito? ¡Genial! Hay cientos de miles de personas en Maden y tenía que ser precisamente yo. ¿Por qué no alguna joven valiente, fuerte de alma y cuerpo, que pueda soportar la tortura a la que me están sometiendo? ¡Yo no puedo hacer esto, maldición! Ni siquiera puedo mirar a mi hermano a los ojos en este momento, porque el alma se me cae a los pies si lo intento.

«No llores. Por favor, no lo hagas», pienso, pero no sé si se lo pido a Nate o a mí misma.

—Contéstame, Ángel —insiste—. ¿Dónde está nuestra madre?

No funciona cuánto esfuerzo haga, las lágrimas me ahogan de un segundo a otro y el gesto de mi hermano, antes serio y enfadado, ahora se tiñe de preocupación. Quizá, y a juzgar por su gesto, sabe qué es lo que ha sucedido mucho antes de que intente mencionarlo si quiera.

—Ella… —trago con fuerza. No puedo decírselo, no quiero decirle.

—¿Qué, Ángel? ¡¿Qué?!

Los sollozos me aprietan la garganta, pero me las arreglo para soltar entre el llanto sólo dos palabras: Está muerta.

Y mis palabras quedan flotando en el aire como las plumas de un ave; cayendo sobre nosotros de manera lenta pero, a diferencia de estas últimas, de manera dura y desgarradora.

Confesar la verdad es uno de los dolores más grandes que he experimentado hasta ahora. Lo que estoy sintiendo en este preciso momento no es nada comparado con el dolor físico que he sentido en las últimas horas: es un ácido que va a corroer cada parte de mi alma hasta que mi vida se lo permita. Y es que lo que más me duele es que voy a confesarle la verdad a medias. Eso ya es una mentira.

—¿Qué? —pregunta Nate con la mirada abatida. Sus hombros delatan el impacto de la noticia y su tono de voz es incredulidad pura— ¿De qué estás hablando? ¿Cómo...?

—Lo lamento —murmuro con la voz entrecortada—, de verdad lo siento, Nate.

—¿Cómo? —pregunta una vez más, pero esta vez con tono severo.

—Rebeldes —miento—. Entraron a la casa. Iban a matarnos y ella... —no puedo terminar la frase. No puedo creer que en verdad estoy mintiéndole—. Sabes que siempre estuvo dispuesta a dar la vida por nosotros.

Parpadea un par de veces. Está confundido. No puede creer lo que le estoy diciendo y, en parte, yo tampoco. ¿Qué descaro tengo para venir aquí y mentirle a mi hermano? De todos nosotros es el último que merece esto.

Me pregunto el motivo de estas mentiras, pero mi respuesta es: no lo sé. Es mi familia, es mi hermano, puedo confiar en él, eso es seguro, pero entonces por qué no lo hago. Quizá se deba a que a veces se miente, simplemente, sólo porque creemos que evitaremos un dolor innecesario en alguien más, pero no es cierto. Yo solía creer que prefería la verdad ante todo, pero ahora no estoy tan segura. Quizás una felicidad a venda puesta es mejor que el dolor corrosivo de los ojos abiertos.

Da igual ahora. Lo único que le pido al cielo es que mi hermano pueda perdonarme por haberle fallado. Por habernos fallado a ambos... a todos.

—Tú debías cuidar de ella -—murmura, con un cierto temblor en su voz que me advierte de sus lágrimas. Y aunque quizá su intención no era sonar con reproche, vaya que lo ha hecho.

La culpa que siento debido a sus palabras es tan afilada que la siento cortar mi piel. Es acertada y fría. Y es cierto; yo debía cuidar de mi madre y simplemente no pude hacerlo.

—Yo...

—No, Ángel —me interrumpe—. Por favor, no digas nada.

—Nate... —exhalo con desesperación mientras mi llanto se hace más incontrolable— Te juro que no pude hacer nada. Te juro que yo...

—¡No! —exclama en unas octavas más alto y la ira es evidente en la tensión de su mandíbula—No quiero oírte. No digas nada, Ángel, por favor —sus ojos me miran—. No quiero saberlo. No ahora. No todavía —. Se frota el rostro con amabas manos, pero las lágrimas ya humedecen su cara; retrocede un par de pasos y se sienta en los escalones de la casa en la que nos detuvimos hace un momento, y yo no hago nada más que mirarlo.

Nate ha hecho esto antes. Hablo de este gesto. Cuando se enfadaba demasiado me pedía silencio. No quería enojarse conmigo por un agente externo y por eso me pedía, aunque no de manera directa, el espacio que necesitaba para recapacitar sus sentimientos y dirigirlos en la dirección correcta. Eso parece estar haciendo ahora, pero, a diferencia de aquellas veces, ahora parece que no sólo necesita mi silencio sino que también necesita apartarse de mí. Soy yo ese agente externo, y duele saber que no puede apartarse lo suficiente de mí, no porque me tenga enfrente sino por el lazo que nos une.

No sé qué decirle, no sé qué hacer, no sé a dónde ir y no sé cómo debería actuar ahora. Necesito que me escuche y que me entienda. Necesito confesarlo todo, pero no puedo. No puedo decírselo y ni siquiera sé porqué.

—¿Tú? —pregunta finalmente, después de un momento— ¿Estás bien?

Quisiera decirle que sí únicamente para darle consuelo, pero no. No estoy bien. Siento la muerte de nuestra madre en la garganta y me temo que aquella leyenda que un día me contó se está volviendo realidad en mi vida.

«Nate, mamá era el diamante, y no puedo decírtelo. No puedo confesarte que ahora yo también lo soy. No puedo confesarte que estoy asustada, que estoy aterrada de vivir esta vida, esta vida que se me fue obligada a vivir y que si pudiera deshacerme de ella lo haría.»

—Estaré bien —le aseguro. Esa también es una verdad a medias —. ¿Qué hay de ti? ¿Vas a estar bien?



Karen Franquiz

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En el texto hay: fantasia magia, guerra y amor, diamante

Editado: 24.01.2020

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