Different Life.

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Cap. 9: Querido tío.

Lunes 24 de septiembre, 12:35 pm.

Hace unos cinco minutos he salido de la escuela y ahora me dirijo hacia mi casa.

Más bien, a la parada de autobús.

Estoy ansiosa y un poco nerviosa por lo de mañana. Hace algunos años que no salgo en skate ni mucho menos con Gabriel. El solo pensarlo me llena de recuerdos alegres, haciendo que sonría inconscientemente.

Espero salir ilesa, porque a lo largo de los años en lo que me considero una skater, hay otros que son agresivos y competitivos, y el que vayan a inaugurar un skatepark nuevo en la ciudad, nuevo porque si hay uno, pero ahora es un hogar para drogadictos, empezaran a alardear sobre sus trucos y conocimientos.

Créanme, ya lo he vivido.

Cambiando de tema, hoy en la escuela Damian se me acercó y me dijo que había ganado esa carrera clandestina de la que mencionó el miércoles en el taller, que, si no hubiera ido allí a que le ha algunas mejoras, no hubiera ganado.

Pero lo dijo tan arrogantemente, que lo tuve que traducir a “sin ti, no lo hubiera hecho”.

Y últimamente he tenido incrustado a Nick en mi cabeza, el encantador chico que me conquistó con su sonrisa.

¿Ven? Hasta me hizo cursi el hijo de su madre. “Creo que eso no es ser cursi”. Pues para mí si lo es.

Justo ahora estoy pensando en la vez que nos encontramos en la biblioteca y el incidente con el libro de Física. Quien diría que dicho libro uniría a dos personas destinadas a estar juntas y gozar de su amor…

Creo que debería empezar a preocuparme.

También recuerdo que ese mismo día me acompañó hasta mi casa y que en vez de tomar el autobús nos fuimos caminando. No sé por qué opté por ir caminando hasta mi casa ya que tranquilamente podía tomar la primera opción…

Pero, qué más da, así fue y así lo hice.

Llego a la parada de autobús y espero. El camión llega, me subo en él y me siento del lado derecho en el penúltimo asiento. Dejo mi mochila entre las piernas y dejo que todo fluya.

Durante el trayecto, las personas suben y bajan del colectivo, algunas dentro de él están con sus celulares o simplemente conversando con su acompañante, otras durmiendo y cabeceando, cosa que hace que en silencio me ría o sonría y por ahí de curiosa vea las conversaciones vía chat que tienen las personas. El autobús para en un semáforo rojo y veo por la ventana a las personas que pacíficamente pasean por la plaza que siempre pasa el colectivo. Todo bien hasta que veo a través de la ventana un muchacho sentado en una banca rodeado de tres chicos, tocando una guitarra igual al que me regaló mi tío Theo.

El pensar que lo he olvidado por completo decae mi ánimo y esfuma mi sonrisa. Ahora que lo pienso bien, la única vez en el mes que lo recordé fue antes de la salida que tuve con mis amigos. Y no lo visité desde…

El mes pasado.

¿Cómo me pude olvidar de la persona que se llevó una parte de mí? ¿A la que le debo todo mi conocimiento musical? ¿Su cariño y tiempo que dedico en mí y mi hermano? Por Dios, que mala persona he sido. ¡Debería haberle dado un espacio en mis pensamientos y no acapararlo todo con Nick, maldición! Además de tristeza, el enojo consume mi sistema.

Estoy enojada conmigo, por no haberlo visitado, por recordarlo una sola vez en el mes y por pensar estupideces con la persona que nunca me prestará atención ni mucho menos sentirá amor por mí en vez de la persona que me cuidó en sus últimos años de vida, dándome todo su amor posible y transmitiéndome sus conocimientos. ¿Cómo pude hacerlo? La impotencia me gana y forma un nudo en mi garganta, amenazando con hacer salir las lágrimas. “Sabes muy bien que el no recordarlo, no hace que lo olvides”. Lo sé… sé las razones por la cual no lo recordé.

Aun así, me enoja y duele no haberlo hecho.

“Si te bajas en la siguiente parada, puedes llegar al cementerio y verlo”. ¡Excelente idea, Conciencia, gracias! Obedeciendo a la propuesta de Conciencia, me levanto de mi asiento y espero a que el camión este cerca de la parada. Aprieto el botón y las puertas se abren, dejándome salir. Camino, o más bien troto, hacia el cementerio donde enterramos a mi tío. Mientras más me acerco al hogar de los muertos, las imágenes de ese fatídico día llegan a mi mente, aumentando mi dolor en la garganta y estrujando mi pecho, dejándome sin habla…

(El hombre de 60 años de voz profunda que cuenta narraciones en omnisciente aparece para reemplazar el lugar de narrador).

La suave brisa de otoño corría levantando las hojas caídas de los árboles, que empezaban a cambiar su color a un contraste entre naranja y amarillo; como los colores del atardecer de ese día, en donde el sol se ocultaba tras el horizonte lejano. Gracias a eso, le daba una hermosa vista y un panorama que la pequeña de cabello castaño, ya ahora preadolescente, podía inmortalizar con su cámara y conseguir la foto perfecta que ella añoraba.

Pero no podía. No por el hecho de no traer consigo su cámara, sino que lo veía todo gris. Ya no podía ver los hermosos matices anaranjados que la naturaleza le brindaba, no podía, todo era grisáceo ahora en adelante para ella.



Mica Twone

Editado: 11.07.2019

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