Divisum: Evangelion

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Prefacio

—vamos mamá, solo un cuento—dijo la niña, haciendo un puchero hacia su madre—Lyss no se quedará dormido hasta no escuchar un cuento—dijo haciendo referencia a su amigo imaginario.

Al otro lado de la habitación, su hermano mayor se volvió hacia ellas, casi seguro de que lo que venía era, efectivamente un cuento. La madre sonrió y acaricio la cabeza de la niña, a sabiendas de que no dormiría hasta que le contara aquella historia que tanto le gustaba.

—lo haría, cariño, pero creo que olvidé el inicio—dijo en broma.

—¡no te preocupes, mamá! Lyss y yo podemos recordártelo—ofreció.

—tengo una hija muy considerada—respondió con una sonrisa y se acomodó en la cama con ella—entonces, ¿Cómo era que empezaba?

—"había una vez", mamá—ofreció la infante.

—Ah, si... Había una vez una estrella, una estrella que no existía, o ¿siempre había existido?...

—"en realidad, la estrella tampoco estaba segura de esto" —citó la pequeña.

El niño, hasta entonces callado, se acercó a ellas y se acurrucó a los pies de la cama.

—"estaba ahí desde que tenía memoria, y no recordaba nada antes de lo que tenía" —dijo el niño, alentado a la madre a seguir.

La estrella vivía en una comunidad con demás estrellas, sin embargo, nuestra estrella soñaba con destacar de entre el resto y llegar a ser algún día como la gran luz, aquella que mantenía a todas las estrellas del universo con vida, con su energía y resplandor.

Un día, le llegó la noticia de que tendría una misión. Las misiones, eran diferentes para cada estrella, y al final, cada estrella tenía la oportunidad de ascender cada vez más y más cerca de La gran luz. La estrella tenía la impresión de que entre más cerca estuviese de La gran luz, más sería lo que La gran luz le daría y más fuerte brillaría.

Entonces le entregaron su misión: su misión era frágil y se movía torpemente, ¿qué tanto iba a ascender por cuidar de una criatura como aquella? por unos momentos imagino que era mentira, que aquello que pareciera tan insignificante no podía ser su misión... pero así fue.

Por un largo tiempo, la miró crecer, fortalecerse, y con el tiempo fue tomando cariño hasta llegar a quererla. Ya no solo era una misión, ella era suya. Pero como todo en la vida, tenía que haber un final, y su cuerpo, frágil como era, dejo de funcionar.

—¡no! —se lamento la niña.

La madre rió, divertida de la reacción de su hija, quien había escuchado la misma historia cientos de veces.

La estrella dejó de ser feliz, y fue tanto el vacío que sentía dentro de sí, que olvido también ese sueño de ser como La gran luz... hasta que un día, volviendo a su lugar de reposo, escucho a su misión en algún lugar. Guardo silencio, y cuando pensó que había sido una mala jugada de su imaginación, ahí estaba de nuevo. Comenzó a caminar, luego a correr, desesperado por encontrarla, por volverla a ver, pero por más que buscaba, por más que siguiera el sonido, no la encontró. Lo único que lo tranquilizaba era ese tintineo, esa risa tan propia de ella, pero no podía evitar sentirse frustrado y esto no hacía sino aumentar su ansiedad.

Miró hacia La gran luz, rogando por dejarla verla una vez más. La gran luz brilló con más fuerza y por unos segundos la estrella quedo cegada ante la gran cantidad de brillo, cerró los ojos, y cuando volvió a abrirlos ahí estaba ella.

No era su forma habitual, pero estaba segura de que era ella, podía sentir su alma y la suya propia vibraba en reacción. Se aproximó hacia ella, pero no fue hasta que la atravesó que se dio cuenta que algo estaba mal, la veía, pero no estaba ahí. Podía verla solo parcialmente, cerró el ojo izquierdo y ella desapareció, pero al volver a abrirlo cerró el derecho y pudo ver claramente un rostro, sus manos se movían contra su voluntad y se dio cuenta más tarde de que era ella quien se movía, de alguna manera había pasado a ser parte de ella, podía ver lo que ella veía. Aquello no era lo que esperaba, pero estaba contento por el momento, ella estaba bien.

Por años, la vio nacer y se vio obligado a verla morir, se fue rodeando de otras almas, y cosas que no eran precisamente almas, el mundo en el que ella vivía era muy diferente y cambiaba más cada vez que ella volvía a nacer. La última vez que nació, se dio cuenta de que algo había cambiado, no sabía decir el qué, pero ella era distinta, más frágil tal vez, más sensible quizá... estaba gritando, nunca la había visto así, desesperada, asustada, fue rodeada por masas oscuras, y él se sintió tan impotente que no pudo hacer más sino pedir a La gran luz, para que se apiadara de él, para que le permitiera estar con ella. Hubo un resplandor enorme, su cuerpo se convirtió en luz y cayo de rodillas frente a ella.



Lina Cadania

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En el texto hay: romance, misterio, suenosypesadillas

Editado: 03.10.2019

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