Doble Nacionalidad

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CAPÍTULO 61

—Ya puedes irte a casa.—anuncia el médico sonriéndome.—Pero vas a tener que guardar reposo al menos los primeros tres días.

Asiento, emocionada de poder salir de este maldito edificio. Llevo una semana en esta cama y mi cuerpo reclama un poco de aire fresco y de vida.

Estos últimos días he estado cansando a André para que consiguiera que me sacara de aquí hasta que por fin lo a conseguido, cabe decir que mis padres y Leonardo aún siguen teniendo sus reservas y preferirían que pasara unos días más en el hospital, pero ni loca les voy a hacer caso.

—Aunque ya se te haya dado el alta, voy a recetarte una serie de pastillas para el dolor.—continúa el médico pasando la mirada de mí a André y a Leonardo, que me miran con advertencia.

¿En serio?

—No os preocupéis que ya os mandaré una foto cada vez que me las tome.—digo con ironía sonriendo de la manera más falsa posible.

—Angie, esto es importante.—ruedo los ojos ante su comentario. Ya se parece a mamá.

—Tranquilo André, ya me aseguraré que se las toma.—interviene Leonardo estrechándole el hombre y mirándome fijamente.

¿Desde cuando estos dos se llevan tan bien?

—¡Por favor, no soy una niña pequeña!—protesto cruzándome de brazos.

—Ahora mismo sí.—afirma mi hermano.—Y ahora que lo dices, Leonardo te va a llevar a casa. Marc y yo tenemos un asunto demasiado importante.—y sale de la habitación.

—Genial, ahora ya ni siquiera cuentan conmigo.—murmuro de mal humor.

—Es normal, fuiste atropellada por un coche. Y no uno cualquiera.—me recuerda Leonardo recogiendo las bolsas de ropa que quedan.

—No hace falta que me lo recuerdes cada dos por tres.—replico seca.

La relación entre Leonardo y yo no es que haya evolucionado mucho durante estos días. Él se empeña en que quiere hablar conmigo y yo me empeño en esquivarlo o darle largas. Ahora mismo ya tengo suficientes complicaciones y no quiero añadir otra más al saco, así que me esfuerzo para que nuestra relación se limite lo más posible. 
Intercambiar unas cuantas frases cordiales y no mucho más.

Mete las maletas en el maletero y me ayuda a subir al coche, que no es tarea fácil debo decir. En más de una ocasión se me ha nublado la vista por el dolor de costillas, pero al cabo de cinco minutos lo he logrado.

El camino de vuelta a casa resulta un tanto incomodo, ni él ni yo hablamos pero el ambiente está cargado de palabras no dichas y de arrepentimientos. Tamborileo los dedos en las rodillas y miro por la ventana, en un patético intento de perderme en el paisaje e ignorar su presencia a mi lado. Pero eso se complica aún más cuando habla.

—¿Todavía me quieres, Angelique?—su pregunta me toma tan de sorpresa que mis dedos se congelan el las rodillas y mi respiración se vuelve dificultosa.

—¿Qué?—casi no puedo hablar por la impresión.

—Que si todavía me quieres.—repite con voz monótona como si no lo hubiera escuchado.

Si vista está fija en la carretera, pero sus manos aprietan tanto el volante que los nudillos se le han puesto blancos

—Ya te he oído.—parpadeo sin saber que decir.

—¿Entonces?—trata de sonar indiferente pero no lo logra del todo.

—¡¿Cómo que entonces?!—pierdo los estribos y exploto.—¡No puedes hacerme esto! ¡No es justo!—mis gritos resuenan por todo el coche y me aferro aún más a la ventana para mantenerme lo más lejos posible de él.

—¿El que no es justo? ¡Solo te he hecho una maldita pregunta!—veo como Leonardo también empieza a perder la paciencia, pero en ningún momento dirige la vista hacia mí. Mejor

—No...no...¡¡no puedes preguntarle esto a una persona cuando no tiene escapatoria!!—me pongo las manos a la cabeza y empiezo a tirarme del pelo y a balancearme ligeramente. No voy a poder soportar tantas emociones en un día.—¿Qué quieres que diga?—balbuceo con las lágrimas acumuladas en mis ojos.

—Quiero que me digas que sí, que todavía me quieres y que me perdonas.—su voz a disminuido de intensidad, pero sus palabras siguen siendo firmes. A pesar de que todo su cuerpo está en tensión y tiene la mandíbula tan apretada que tengo miedo que se le rompa un diente.

Es lo único que perturba su imagen serena. 

Ante tal desesperada situación no puedo hacer otra cosa que reírme levemente con lágrimas en los ojos.

—No puedo decirte esto porque entonces te estaría mintiendo.—mi voz es a penas un susurro en el aire.—Yo...

—Gracias por tu sinceridad.—contesta después de unos segundos de completo silencio en donde solo se me escucha a mí sollozando.—Me lo has dejado claro, no hace falta que te justifiques.—no voy a decir que me sorprende su reacción cortante, porque no es verdad.

Quiero decirle que sí que lo quiero, que no se aleje de mí, que me vuelva a sonreír como antes y que nos olvidemos de el mundo y nos vayamos los dos solos a cualquier otra parte...pero por algún motivo no puedo. 



Ina Gonzalez

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En el texto hay: drama, amor, jefe y secretaria

Editado: 14.10.2019

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