Doble Nacionalidad

Tamaño de fuente: - +

CAPÍTULO 64

Ya llevo unos días yendo a trabajar y debo decir que hacer algo con mi vida me ha sentado mucho mejor que pasarme el día entero tumbada en el sofá. Sorprendente pero cierto.

La recuperación ha sido bastante rápida y ya casi no me duele a pesar de que Violetta, mis padres y Leonardo me digan que me tengo que tomar las cosas con calma. Yo solo me limito a asentir con la cabeza y hacer lo que me plazca.

En cuanto a la relación entre Leonardo y yo, las cosas siguen siendo un poco tensas, pero soportables. Tanto él como yo nos esforzamos para poder trabajar lo mejor posible, pero siempre manteniendo los límites profesionales. Entiende que necesito mi espacio y aunque le cueste, normalmente me lo concede.

Por ese motivo me ha sorprendido encontrármelo hoy en la puerta de mi casa con una sonrisa en el rostro.

—¿Puedo pasar?—pregunta como si nada.

—S-si, claro.—me echa a un lado y aún con el ceño fruncido lo dejo entrar.—¿Qué haces aquí?—pregunto directa.

No quiero andarme con rodeos así que me planto en medio de la sala con los brazos cruzados y lo miro totalmente seria.

—Quería saber si hoy vendrías a trabajar.—me contesta observando todo menos a mí y sin quitar esa estúpida sonrisa de su cara.

—En serio Leonardo, no estoy de humor para bromas. ¿Por qué has venido?—es cierto que lo sigo queriendo, así que me es más fácil esconderlo cuando nos evitamos o cuando hablamos lo mínimo.

—Está bien.—suspira y se cuadra de hombros, dejándose de tonterías.—He venido porque hoy no vamos a ir a trabajar.—sentencia mirándome fijamente.

—¿No es hoy miércoles?—le pregunto mirando al calendario de la pared para asegurarme que sé en que día vivo.

—Evidentemente, pero hoy tú y yo nos vamos a ir a otro sitio.—mete las manos en los bolsillos de sus pantalones y me sonríe con picardía.

¿Está sugiriendo que hagamos lo de la última vez y pasemos el día juntos?

—No.—sentencio firme.—Lo que acabas de decir es un disparate

—No si ya lo hicimos.—sin apartar la mirada de mis ojos se va acercando lentamente y yo, repentinamente nerviosa por su cercanía, retrocedo como un perro asustado.

—¡Pero en otras circunstancias!—exclamo perdiendo los nervios. No puede presentarse a mi casa de este modo.

—¿Y que? El punto era vivir la vida sin importar las consecuencias.—se justifica encogiéndose de hombros.

—Eso puedo hacerlo yo sola si quiero.—Mi tono es más seco de lo que pretendía, pero no lo puedo evitar teniéndolo delante intentando derrumbar el muro que estoy intentando construir.

De repente, como si le hubieran abofeteado, su expresión cambia radicalmente y se vuelve fría y todo su cuerpo se tensa.

—Vale, Angelique, tu ganas. Entiendo que no quieras pasar tiempo conmigo y que te disguste tener que aguantarme—confiesa derrotado con las manos en alto.—¿Tanto odio me tienes que no quieres pasar ni diez minutos a solas conmigo?—es una pregunta que espera contestación, pero esa nunca llega y eso hace que se lo tome como un sí. Asiente lentamente, asimilando la información y se muerde fuertemente el labio antes de poder continuar.—Vale, perfecto. Quédate en tu puñetera burbuja de mierda.—escupe las últimas palabras y a grandes zancadas ya está en la puerta dispuesto a marcharse.

¿Eso es lo que cree que pienso de él? Sí, lo reconozco, no soporto pasar tiempo con él y aún menos soporto su cercanía. Pero eso no es porque le odio o porque me disguste, es simplemente porque estando a solas con él me sienta frágil y en cualquier momento mis muros se van a derrumbar a vamos a estar en las mismas de siempre.

—¡Leonardo, espera!—reacciono antes de que sea demasiado tarde y echo a correr para poder alcanzarlo.

Llego corriendo hasta el aparcamiento donde él ya se está subiendo al coche, sin haberme escuchado. Sin importarme el que haya dejado abierta la puerta de casa y que alguien pueda entrar, me apresuro a llegar hasta su lado para evitar que se vaya.

—Espera, por favor.—le suplico cuando lo alcanzo, sin aliento.

—¿Qué quieres?—su tono es brusco y mete la llave en el contacto para irse lo más rápido posible mientras yo estoy parada en frente con la ventanilla bajada e intentando recuperar el aire.

—Oye, sé que no he sido la persona más amable los últimos días y que la idea de pasar tiempo contigo no me entusiasma. Pero no te odio, Leonardo.—intento explicarme lo mejor posible para que lo entienda sin dejarme a mí en la estacada.—Siento haberte contestado como lo he hecho, me has pillado desprevenida y simplemente no lo he visto venir.—lo miro tratando de transmitir todo mi arrepentimiento y que lo entienda. 

Finalmente, después de unos eternos segundos analizándome fijamente, acaba soltando su sonoro suspiro y se deja caer en el asiento.

—Sube ya al coche.—y con esas simples palabras sonrío como una niña y le obedezco.

***
—¿Ha donde iremos?—ya me ha dicho que es una sorpresa, pero por mucho que me intente contener no puedo.



Ina Gonzalez

#413 en Novela romántica
#109 en Joven Adulto

En el texto hay: drama, amor, jefe y secretaria

Editado: 14.10.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar