Doble Nacionalidad

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CAPÍTULO 31

La reunión se me hace eterna, he tenido que sentarme justo al lado de Leonardo ya que soy su secretaria. La tensión que hay entre nosotros se nota a kilómetros y ninguno de los dos está dispuesto a dar su brazo a torcer, así que por eso, cuando termina la sesión salgo escopeteada de la sala. No me apetece quedarme a solas con él o darle la oportunidad de hablarme, por el momento no puedo enfrontarme a Leonardo.

—Señorita Leblanc,—me asusta cuando estaba a punto de irme ya a casa. Me giro con la expresión neutra.—quería pedirle disculpas por mi mala actitud en el despacho el otro día.—dice metiéndose las manos en los bolsillos del traje y agachando un poco la cabeza.
Frunzo el ceño sin saber como reaccionar. 

—No se preocupe, está olvidado.—no pretendía sonar tan seca como lo he hecho, pero me estoy hartando de que me pida disculpas cada vez que me hace daño. No quiero ser mala persona, pero de momento no tengo ganas de volver a sacar el tema para, seguramente, terminar discutiendo. Simplemente no.

Lo veo asentir con la cabeza en un movimiento casi imperceptible, sin estar muy de acuerdo con mi respuesta. Dándole un último vistazo, giro sobre mis tacones y me meto en el ascensor sin mirar atrás.

Lo primero que hago al llegar a casa es cambiarme de ropa y ponerme un chandal cómodo con la intención de pasar la tarde holgazaneando, pero el móvil interrumpe mis intenciones. A regañadientes me incorporo en el sofá y respondo con un gruñido.

—Menudo recibimiento, mon chéri.—oigo la voz alegre de Tiago e inmediatamente sonrío feliz, hace días que no hablo con él.

—¡Tiago!—exclamo contenta.—¿Cómo has estado?—pregunto emocionada por su llamada.

—Bueno, no me puedo quejar. En el trabajo me pagan bien y me suben un poco el ego de vez en cuando.—suelta engreído y no puedo evitar carcajearme. Como he echado de menos su humildad.

—Muy gracioso tu.—respondo riendo.—¿Y como es que me llamas?—lo interrogo dándome cuenta de que no sé el por qué de su llamada.

—¿A caso no puedo llamar a una amiga?—se hace el ofendido y no me lo creo.—Vale, tienes razón. Tengo un motivo muy bueno.

—Te escucho. ¿Cual es ese buen motivo?—pregunto curiosa, sentándome de nuevo en el sofá.

—La gala del sábado.—dice simplemente. Me pongo rígida de repente, no quiero ir a esa estúpida gala donde van a estar Leonardo y sus padres.

—La verdad Tiago, es que no me apetece nada ir.—digo suspirando pesadamente.

—¿Como que no?—exclama sorprendido.—Hay que ir, ¡lo prometiste!—insiste protestando.

—Ya lo sé, pero en serio, no creo que sea buena idea.—me paso la mano por la cara, derrotada.—Con Leonardo las cosas están muy mal e ir a la fiesta sería un error.

—Angie, no voy a consentir que te rindas tan fácilmente.—voy a protestar de nuevo, pero me interrumpe.—Hagamos algo,—lo escucho atentamente.—quedemos en vernos dentro de una hora y mejor lo hablamos en persona.—miro el reloj y veo que las agujas marcan las cinco y media de la tarde.

—No sé...—por muchas ganas que tenga de ver a Tiago, no quiero pasarme la tarde contándole mis problemas.

—A las seis y media estaré en tu casa. No acepto un no por respuesta.—y cuelga sin dejarme decir ni una sola palabra más.

Me tiro de espaldas al sofá y me quedo observando el techo, como si fuera de lo más interesante.
No tengo ni idea de cuanto tiempo ha pasado desde que no me he movido ni un centímetro, pero tengo la sensación de que debería comenzar a cambiarme de ropa si no quiero salir con estas pintas a la calle. A donde sea que me lleve.

Me decanto por unos pantalones holgados rotos con unas medias de rejilla por dentro y una camiseta ajustada también por dentro del pantalón. Me calzo las zapatillas y me pongo la ya famosa diadema de rosas. 
Justo cuando estoy terminando de maquillar suena el timbre, indicándome que Tiago ya está aquí. «Vaya, que puntual».
Me apresuro a bajar los escalones y subirme a su flamante coche.

—¡Cuanto tiempo!—exclamo abrazándolo fuertemente. Él me devuelve el abrazo con la misma fuerza y es en ese momento que sé que lo he echado mucho de menos.

—Yo también me alegro de verte, pequeña.—noto su sonrisa a través de mi pelo y me aparto para hablar mejor.—Pero a la próxima nos vamos a ver más a menudo.—me guiña el ojo y enciendo el motor del coche.

—¿Y me puedes decir a donde me llevas?—pregunto presa de mi curiosidad.

—Deja que lo piense...—finge pensar mientras conduce.—No.—niega rotundamente. Intento insistir un poco más pero el chico es terco y no puedo sacarle la información.

***
—Así que me has traído al centro comercial.—digo mientras pasamos por delante de los muchos escaparates de las tiendas.—Buena jugada la tuya.—lo miro sarcástica y con una ceja alzada. Él me devuelve la mirada con la frente arrugada, aparentando no saber nada.—No me digas que me has hecho venir hasta aquí solo para hablar. Sé que esto es por la fiesta del sábado.—hablo mirando al frente y observando la gran cantidad de gente que circula a nuestro lado. 



Ina Gonzalez

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En el texto hay: drama, amor, jefe y secretaria

Editado: 14.10.2019

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