¿dónde está el villano?

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¿En dónde está el villano?

 

ASIN: B07MPPYZBF

Por: Mayra Marrufo

 

Aleuzenev era una mujer hermosa, con cabellos amarillos; radiantes como el sol, su color favorito era el azul y le encantaba pintarse los labios de rojo. Aleuzenev nunca dejaba su bolso, siempre colgaba en su hombro, ella decía que era su preferido, pues tenía estampadas siete hermosas estrellas. Se lo había obsequiado su abuela a quien recordaba con nostalgia, tanto su amor como sus palabras.

Aleuzenev eres como estas estrellas, tienes virtudes, eres imponente y llena de fortalezas –le susurraba su abuela justo antes de dormir.

Aleuzenev nació en un gran palacio, lleno de colores y desde su nacimiento había fiestas y agasajos. Siete mágicas damas se acercaron a ella con grandes obsequios. La Primera le entregó en sus manos El Roraima, la Segunda El Relámpago del Catatumbo, la Tercera la Gran Sabana, la Cuarta los Médanos de Coro, la Quinta La Sierra Nevada, la Sexta El Cerro Autana y la última, la bendición de Dios y en ella había más maravillas por descubrir.

Cada mañana visitaban su habitación las guacamayas, se escuchaba el canto de los pájaros y hasta se podía ver a los lejos los cardenales. Su mejor amiga también era muy bella y alta, su nombre era Ávila.

El pueblo amaba a Aleuzenev y siempre la cortejaba. Desde niña fue coqueta y a medida que fue creciendo sobresalía su belleza. Los plebeyos la llamaban  “La Reina del Sur”. Cada vez que caminaba por las calles empedradas batía su abanico descubriendo sus hermosos ojos azules.

Muchos eran los pretendientes que tenía la joven. Ella, desde su ventana sonreía al ver como se peleaban los soldados, los sargentos y los de más alto rango. Su abuela paterna era la cómplice de cada travesura y la apoyaba en cualquier decisión que tomara.

¡Soy independiente, libre y fuerte! –le decía la joven a su fiel abuela.

A veces las cenas terminaban en discordia, pues su padre le quería imponer con quien casarse. En su corazón Aleuzenev solamente añoraba soñar, cantar y viajar.

Transcurrían los días y la mujer era más hermosa, codiciada por muchos reinos y los más importantes hombres anhelaban pedir su mano.

Para algunos reyes era una mujer rebelde y controversial, mientras los jóvenes príncipes no dejaban de admirarla.

Una soleada tarde el consejero del Rey decidió decir en voz alta que era tiempo que la dama se casara. Y así sucedió, el Rey con su poder preparó el matrimonio, un apuesto príncipe lo sorprendió con su discurso y sus actos heroicos. Este hombre no lucho por la mujer, sino que compro con su carisma al Rey.

Este príncipe apareció entre las sombras ofreciendo villas y castillas, juró que la hija del Rey mantendría su dulzura, hermosura y vigor.

La Reina del Sur por obediencia contrajo matrimonio, el pueblo agasajó la gran boda, había banquetes por doquier, pero el corazón de Aleuzenev estaba lleno de tristeza, sentía nostalgia y se imaginaba que su libertad se acortaba.

Pocos años duró la felicidad en el pueblo, los colores desaparecieron y casi no veían a Aleuzenev. El Rey había fenecido, aquel príncipe se había empoderado del reino y el palacio estaba inundado de nuevos rostros que apoyaban los nuevos decretos. Aleuzenev permanecía encerrada, lloraba lagrimas amargas, se sentía atrapada.

El pueblo comenzó a padecer, los que se imponían ante el nuevo rey eran torturados, muchos fueron envenenados y otros simplemente desaparecieron. Jóvenes arqueros al darse cuenta que Aleuzenev estaba encerrada en contra de su voluntad, decidieron colocarse capuces y con sus escudos trataron de irrumpir el palacio, pero todo fue en vano, los guardas no permitieron que se acercaran a las murallas. Lanzaron grandes bolas de fuego a los jóvenes indefensos y Aleuzenev desde su ventana veía como fenecían en nombre de ella.

¡Libertad! –gritaban con fuerza los valientes soldados, mientras veían de lejos a la demacrada mujer.

Aleuzenev en su encierro lloraba al verlos morir y nada podía hacer, pues tenía las manos atadas y las puertas de la habitación cerradas.

Las calles estaban quedando asoladas, muchos escapan de la tiranía de aquel rey.

Nadie se podía revelar en contra de su régimen, nadie podía si quiera nombrar a la olvidada mujer. Ella lloraba desconsolada, se sentía traicionada y en un espejo partido observaba las heridas causadas por aquel que proclamaba que la amaba.

¿Quién la podía ayudar? Si todos temían por sus vidas.

Un viejo guardián se vistió de coraje y en medio de las quejas de aquella desgastada mujer decidió ayudarla. Se enfrentó a varios guardias y abrió la cárcel que día a día la acobijaba, limpió sus heridas y vendó su corazón. Mucha fue la sangre derramada, pero en el palacio es escucho la gran voz que exclamó:



Mayra Marrufo

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Editado: 06.01.2019

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