Donde nacen los lirios (completa)

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Capítulo 22: Bailar con las estrellas en la obscuridad.

 

Capítulo 22: Bailar con las estrellas en la obscuridad.

Cuando Megan bajó Sarah la miró con extrañeza: Su rostro estaba consternado y sus ojos brillaban más de la cuenta, pero no con un resplandor radiante, más bien era triste y compungido.

—¿Todo bien?

—No—admitió, sin querer ahondar en detalles.

Noah, quién estaba recostado en uno de los sofás, la miró de reojo.

Sarah iba a preguntar que sucedió pero justo en ese momento el timbre de su celular desvió su atención.

"Vine por ti".

El mensaje era de Zack y le iluminó el rostro.

—Noah, no será necesario que nos lleves.

—¿Qué pasa?—Preguntó Megan con curiosidad.

—Estoy muy feliz—Su voz se deformó en un chillido de emoción.

—¿Por qué vas a ver a Zack?—Aventuró, casi segura de que su expresión se debía a eso.

—Sí, tenemos tiempo sin vernos. Pensé que tendría que esperar hasta el baile.

—¿Por qué no se habían visto?

—Estuvo muy enfermo. Tuvo una de esas infecciones oportunistas, por los cambios de clima y eso.

—Oh, ya veo—Lo extraño era que ella lo había visto hace poco en casa de Sebastián y no parecía enfermo.

Sonó el motor de un auto que acababa de aparcar fuera de la casa.

—Debe ser Zack—Sarah corrió para abrir, con una sonrisa enorme estampada en su rostro. Antes de girar el pomo se volvió hacia Megan—¿Luego me cuentas lo que pasó hace rato con Key?

—Sí, claro—Se las arregló para sonreír, no sería justo que Sarah se preocupara con ella justo en ese momento tan importante y especial.

Cuando salieron de la casa, después de despedirse de la mamá de Sarah, que las miró con adoración y aseguró lo bellas que lucían, lo primero con lo que Megan se topó fue con un enorme Jeep gris.

Luego se encontró con la mirada atónita y endurecida de Zack, quien esperaba recargado en el capo. Su postura de que el mundo le valía un comino, cambió a una alerta y tensa. Sin embargo cuando Sarah se echó a sus brazos su cuerpo perdió rigidez. Se abrazaron como si no se hubiesen visto en años.

Megan los miró en silencio.

—Zack, ya te había hablado de Megan, ¿Hay algún problema si viene con nosotros?

—Eh, no...

—Megan, te presento a mi novio, Zack.

—De hecho, Sarah, ya nos conocemos—Megan pensó por un momento en actuar como si fuese un completo extraño, pero ya había aprendido la lección. Ocultar las cosas nunca resulta bien.

—¿Se conocen?—Preguntó anonadada, abriendo mucho los ojos.

—Sí—Afirmó Zack, muy a su pesar.

—Wow, ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Por qué no me habían dicho nada?—Soltó de tirón, sin podérselo creer.

—Resulta que hasta hace poco no sabía que Zack es tu novio. Él es hijo de...—Megan comenzó a hablar pero Zack la interrumpió.

—Soy hijo de un amigo de su familia.

¿Qué? Le miró sin comprender a donde quería llegar. Justo estaba tratando de ser honesta y él salía con eso.

—Es una larga historia. Muy aburrida. Vayamos a ese baile—Zack le abrió la puerta del copiloto para que se sentara, sostuvo su mano para ayudarla a subir—¿Ya te dije que te ves increíblemente hermosa esta noche? Eres una princesa.

—Y tu eres mi príncipe azul—No podía dejar de mirarlo. Lucia muy atractivo enfundado en aquel traje.

Zack bajó la mirada, besó su mano y se dio la vuelta. Megan también subió al auto y él arrancó.

¿Cómo un chico de 21 años podría tener un lujoso y reluciente auto ultimo modelo? Megan lo tenía muy claro: Siendo hijo de Sebastián. Por un momento se le figuró que sería tan presuncioso y aferrado a las cosas materiales como su padre, sin embargo durante el trayecto platicaron un poco sobre temas triviales, y parecía más bien normal y agradable, algo creído de sí mismo, pero nada exagerado. Era un chico enamorado. Eso saltaba a la vista.

✿✽✿

—Oye tu, rubiecito.

El joven alzó sus ojos con indiferencia, pero al ver de quién se trataba el gesto de su rostro cambió. Una sonrisa de superioridad surcó sus labios.

—Eh, qué te trae por aquí, viejo—Pronunció con voz socarrona y maliciosa.

—Aléjate de Megan—Advirtió, tomándolo del cuello de la camisa. No estaba para delicadezas ni jueguecitos.

—¿Quién me lo ordena?—Ian soltó una risotada, y lo tomó de las muñecas con fuerza—¿Tu? ¿Eres su maldito perro guardián a caso?

—Mira imbécil. Eres un jodido enfermo. No te atrevas a tocarla—El rostro de Keythan estaba ensombrecido y su voz fue dura y seca.

—Descuida, no le haré nada que ella no me deje, anciano. ¿Qué te creíste, que para un gato viejo un ratón tierno?



Annie Lee

Editado: 19.03.2019

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