Donde nacen los lirios (completa)

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Capítulo 40: Una razón.

Capítulo 40: Una razón.

"Debo encontrar una verdad que sea verdadera para mí... La idea por la que pueda vivir o morir"

Søren Kierkegaard

Zack abrió la puerta, cerró y se recargó en la madera. Sus piernas flaquearon y se deslizó hasta el suelo. Estaba hecho. Le había confesado la verdad a Sarah.

Su primer intento fue fallido. Ella estaba tan mal después de ver a Keythan desquiciado que tuvo que tranquilizarla prometiéndole que iría con él. Así que reunió el coraje y las fuerzas para ir al bar, buscar a su mejor amigo y ayudarlo a salir del hoyo en el que estaba hundido.

Al principio se sintió extraño y desenfrenado. Fue a dejar a Keythan y lo alentó. Se tomó varios tragos que le dieron valor. Pero ya no le quedaba ninguna pizca de vitalidad. El mareo se le había bajado de golpe.

Siempre supo que llegaría el momento de decir adiós pero no quiso pensar en ello, como si así pudiese evitar que se materializara en la realidad. Vivió los últimos días sabiendo que de alguna forma debía despedirse de Sarah, imaginando que el motivo de su separación sería porque ella se iría a la universidad y tomarían caminos diferentes, pero nunca, ni en sus más locos sueños sospechó que la causa sería su enfermedad.

Cuando le informaron que estaba enfermo el mundo se le cayó encima, odió al mundo, se odió a si mismo. Deseó acabar con su vida. Pero aun tenía una flama de esperanza. Sarah era lo único que le hacía aferrarse. También estaban sus amigos alegrándole la existencia.

Sabía que no podía ser tan cobarde ni pretender echar encima la responsabilidad de darle razones por las cuales vivir a ellos. Recaía solamente en él, en su voluntad.

Se convenció de que esos últimas semanas o meses debían ser las más increíbles de toda su existencia. No quería ser un cadáver andante. Así que sonrió y disfrutó como nunca antes, sin saber si al cerrar los ojos por la noche los volvería abrir al amanecer. Como si fuera a morirse en cualquier momento.

Las cosas materiales a las cuales era tan apegado se volvieron simples pedazos de plástico y metal. Había hecho una especie de depuración en su alma. También en el departamento en el que vivía. Un día, harto, tiró la mayoría de las cosas que poseía y a las que tanto aprecio les tenía.

Películas, discos de música, nunca había sido un coleccionista innato -como su padre - pero le gustaba tener algunas cosas de sus bandas favoritas y directores de cine reconocidos. Lo tiró todo. A donde iba a ir no lo necesitaba. La ropa la regaló. La camioneta la vendió.

¿Qué estaría dispuesto a dar si tan solo pudiera recuperar la salud?

No dijo nada a sus amigos. No podía. Sentía que él era el culpable de lo que estaba pasando, que no merecía nada. ¿Orgullo? ¿Fragilidad?

Pero el momento de decir la verdad fue inaplazable. Irrevocable. Lo revivía una y otra vez.

—¿Está bien?—Sarah le abrió la puerta. Se mordió los labios ansiosa.

—Yo no diría que este bien—Murmuró. Acababa despedirse de Keythan en el departamento de Erick—Creo que esta noche será solo el inicio para él. Está...Muy mal.

Sarah hizo una mueca de pesar. Su madre, en el fondo de la sala, dirigió una escurridiza mirada hacia ellos.

—Sarah,...yo... Me gustaría...—Apretó los puños. Era increíble. Había practicado infinidad de veces pero al tenerla delante, tuvo que luchar por no acobardarse en el ultimo minuto y lograr que su lengua no se trabara. Ya no podía esperar más.

—¿Si?

—¿Quieres ir a dar una vuelta conmigo?—Se frotó los dedos, notando sus palmas sudorosas—Me gustaría platicar contigo.

Sarah no entendió su nerviosismo. Tras pedir permiso a su mamá y descolgar un suéter caminó intranquila hacia la puerta junto a él. La noche les envolvió en su fría y silenciosa calma.

Durante un largo rato Zack no dijo nada, entrelazó sus manos y sus ojos vagaron pensativos. Sarah advirtió su mandíbula rígida por la presión que ejercía y sus tendones y músculos de los brazos tensos.

—¿Qué sucede? ¿Estas muy preocupado por Key? Sé que ustedes son como hermanitos, han crecido juntos.

Ella estaba mirándolo directamente a los ojos y él le dedicó un intento de sonrisa que luchaba desesperadamente por encubrir su dolor.

—Sí—Se detuvo frente al jardín de una casa.

No quería caminar fuera del vecindario. Solo alejarse un poco de la casa y obtener el aire fresco de la noche.


Las enredaderas crecían libremente invadiendo la fachada y los postes del pórtico. Un robusto roble yacía al lado de la cochera, como un vigilante protector. En uno de sus brazos colgaba un columpio de madera que se balanceaba suavemente por el viento.

Las luces estaban apagadas y a juzgar por el aspecto ligeramente descuidado, con algunas hojas marchitas regadas sobre el césped, sus ocupantes debían haber salido de vacaciones por una temporada.



Annie Lee

Editado: 19.03.2019

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