Dos Especies

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 1

 

El turno de la noche fue agotador —me acosté en la cama—. Te cuento que hoy más que todos los días he pensado demasiado en mi pasado, llevo varios días recordando lo mismo y me obligo a desechar cada filtración de los fragmentos que se cuelan en las barreras del tiempo. Es extraño que después de tantas décadas aún quiera revivirlo, cada uno es como si fueran momentos de ayer… Debo tener cuidado, cuando me permito mirar atrás, termino destrozada, sumergida en una depresión y esa otra parte de mí se enoja. Ya estoy lo bastante crecida y he visto el cambio de un siglo y medio como para no entender el juego de la vida, de algo ha de servir mi cambio repentino.

“¿No lo crees?” —solo sentí su fastidio, ella ya lo anticipa.

Veo la muerte a diario, es el pan de cada día, cual sombra burlona acechando, maliciosa, recordándome que, para mí, el morir es un anhelo, un deseo, una necesidad que día tras día se aleja más, se escabulle entre mis manos. Como quisiera que se presentara cual caballero galante y me llevara. Cuanto deseo estar con los míos, con mi familia, con mi esposo, con mi hijo. Cargo con la cruz del olvido, aún carezco de la respuesta del ¿por qué? Supongo que el Creador me tiene en espera para un fin determinado.

“Tal vez tú me ayudes en eso, a entender el motivo por el cual la vida me tiene respirando” —sigue ignorándome, pronto me prestará atención. Siempre lo hace.

El problema es que pasan los días y estos se vuelven semanas, luego se consolidan en bloques de meses y adquieren un doctorado en resignación con el paso de los años, el tiempo es mi prisión… La felicidad en mi vida es algo inalcanzable.

Mi abuela me habló de un futuro que no es claro, y con el paso de las décadas lo veo lejano. Recuerdo sus palabras las cuales aseguraban que sería importante para nuestro apellido, en mí caería la gloria de nuestra ancestral familia y por años me ilusioné con la falsa idea de ser alguien importante para la humanidad así ella me ignore, somos guardianes en silencio.

“Eso ya lo has dicho infinitas veces” —¡lo sabía!, pronto hablaría—. “Salvo que sus visiones le fallaron, se equivocó, conmigo no acertó y el ser que rige el universo, según tu concepto, no escuchó sus plegarias”.

Me metí debajo de las cobijas. El sueño seguía lejano, ajeno a mis deseos de liberarme por unas horas la tortura que vivo a diario con mi vida. Miré el despertador, faltan muchas horas para mi turno, espero que no sea como la noche de ayer, quiero al menos, pasar un día sin tener que dar malas noticias, no siempre debo o puedo intervenir, los niveles de accidentalidad se están incrementando, cada vez hay más irresponsabilidad. Me acurruqué y abracé las almohadas.

“Por mí puedes dormirte, no quiero escucharte hablar”.

Tiene razón en eso. Necesito conciliar el sueño, no quiero recordar más… a veces siento que el tiempo es mi mayor enemigo y se confabula con los recuerdos, esos que me atormentan y me sumergen en vacío existencial, por más que trate, los recuerdos me seducen cuál amante y se empeña en que los acaricie con la memoria, que los reviva hasta el punto de perder la voluntad para terminar en su desgarrador dominio, como un adicto, deseo una vez más continuar viendo su rostro, sentir el dolor que me causa el pasado, ser partícipe de mi felicidad, de mi amor, de su traición y mi odio. Pero ya es tarde, y tú en el fondo también disfrutas y sufres con ellos. Volví a caer…

 

 



Eilana Osorio Páez

Editado: 06.12.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar