Dragones y Sombras - Heraldos de Guerra

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I

El día de la ceremonia había llegado, Ariadne cumplía la promesa que le hizo a su padre hacia tantos años, tomar el trono en cuanto sea propicio y dirigir el reino de la forma más adecuada como él llevaba haciéndolo toda su vida, el castillo de Ciudad del Alba vestía los colores rojo y amarillo como el emblema de la casa Olvar, adornado con el estandarte de los leones que colgaban por todo el castillo. Ariadne estaba siendo atendida en su habitación por el grupo especial de las sirvientas del palacio. Mientras se veía al espejo se repetía a sí misma «Compórtate como una reina, piensa como una reina, eres la nueva reina» de pronto un hombre anciano de mirada cansada y cabello plateado irrumpió en la habitación, todas las sirvientas se detuvieron de golpe e hicieron una reverencia dejándolos solos en la habitación, el rostro del anciano estaba marcado por los años, sin embargo eso no le quitaba la valentía que había tenido en sus años mozos, vistiendo una capa azul de bordado blanco se dirigió a su hija.


     — Tu madre siempre quiso que algún día llevaras esta corona.

     — Padre – respondió Ariadne sonriendo - no es propicio que interrumpas así, casi nos matas del susto a todas.


     — Llevo toda mi vida viviendo en este castillo y aun no se acostumbran a la imagen  de un viejo deambulando por los corredores.

     — Nunca serás un viejo para mí — dijo mientras lo abrazaba.

     — Un padre jamás quiere ver crecer a sus hijos pero, este día quería estar presente, tu madre hubiese querido verte, tan hermosa y radiante como ella. Siempre me quejaba diciendo que te parecías más a ella que a mí. – Dijo mirándole a los ojos y acariciando su mejilla -  No sabes cuento espere ver a mi niña convertirse en mujer, solo me apena que a esta edad aun no tenga un nieto.

     — Todo a su tiempo padre. – le respondió apartándose de él.

     — El rey Sorian vendrá, me llego una paloma esta mañana con un mensaje diciendo que trae consigo un regalo para ti, uno tan grande que ni en tus mejores sueños lo hubieras imaginado.

     — Eso lo veremos padre, ahora con tu permiso, tengo que arreglarme para poder salir a la ceremonia.

     Los caballeros llenaban el salón del trono luciendo sus brillantes armaduras listos a recibir la coronación de la nueva reina; Elfos, gnomos y enanos estaban presentes en el salón, y uno que otro embajador en lugar de los reyes ausentes. Los condes, los nobles, la llenaron de regalos, algunos en cajas de oro, otro en cajas de cristal y otras en diamantes, Los regalos eran tan inmensos que llenaron las dos habitaciones contiguas al vestíbulo y tuvieron que almacenar unos cuantos en la cocina. Los magos iluminaban el lugar con pequeñas esferas azules que danzaban al ritmo de la música sobre el techo del castillo. Cuando el momento llego, los juglares dejaron de tocar canciones, las esferas eran lo único que alumbraba el lugar. Ariadne apareció vestida de rojo y dorado, unos bordados de leones adornaban sus muñecas, lo que más resaltaba en ella era el anillo que le regalo su madre cuando era niña, el anillo hacía saber a toda la multitud que su recuerdo estaba presente aquel día. Ariadne bajó las escaleras con la delicadeza que la caracterizaba, se acercó a la Eila, directora del colegio de alquimistas, quien tenía a su lado sobre un pedestal color hueso, la corona que usaría.

     — Aun recuerdo el primer día que entraste al colegio queriendo ser una alquimista — le susurró la directora.

     —Y recuerdo que mi primera poción salió mal.

     — Juraste que dejarías todo por aprender la alquimia: Dominios, poder y amor.

     — También jure proteger al reino en caso sea necesario y ese día es hoy.

     —Ya hablas como toda una reina.

     —Y aun no tengo la corona.

 

     Ambas sonrieron en complicidad, Eila tomo la corona sobre sí.


     — En este día vemos, como el amor de un padre es más majestuoso que todo el poder del mundo, hoy el rey Ednert abdica la corona como protector del reino para cederle el trono a su hija, la princesa Ariadne, el rey enfrento a los ejércitos de los orcos, aplaco la rebelión de los Elfos y unió en armonía los pueblos de los gnomos y los enanos, llevo paz y protección a cada rincón de los reinos, elimino el hambre y la pobreza en Ciudad del Alba, pedimos a los dioses le concedan a la princesa la misma fuerza, sabiduría y valor que su padre, para afrontar los conflictos que puedan venir con los tiempos venideros. Hoy todos dejamos de llamarte princesa, para ser llamada reina, guardiana y protectora. Salve reina Ariadne

     «Salve reina Ariadne» Se escuchó al unísono en todo el gran salón mientras Eila colocaba la corona. Todo el palacio aplaudía ante la coronación de la nueva reina, Ariadne estaba muy emocionada, hasta que una mirada entre todas hizo le hizo temblar. Reldor su amigo de la infancia estaba entre la multitud, habían pasado años desde la última vez que se vieron. Aquel instante el Rey Sorian, tomo la palabra para sorpresa de todos.



Steven R. Kendwing

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En el texto hay: dragones, brujas

Editado: 12.03.2018

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