Dragones y Sombras - Heraldos de Guerra

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IV

     La ciudad prohibida estaba en silencio, todos los habitantes estaban a las afueras del palacio, adornada con inciensos y trajes blancos ceremoniales bordaos con hilos de oro, los ciudadanos rezaban arrodillados en el patio de la ciudad dirigiéndose al cuerpo del emperador. Una pequeña niña de piel clara, ojos color zafiro y cabellos como el fuego era quien oraba con más fuerza con los dedos entrelazados por el alma del emperador.

     — Padre… — Suspiro Margot.

     — Princesa — se aproximó un sacerdote colocando su mano sobre el hombro de la niña intentando consolarla.

     Ella se quitó la mano y siguió orando, por su padre, su madre y su hermana quien había partido a Satoe. En esos momentos ella era la encargada del imperio hasta que vuelva Natsumi, debía estar preparada para cualquier ataque, ya que si los Faradar atacaron Satoe era solo para distraer a la nueva emperatriz y así atacar la ciudad o al menos eso pensaba ella. Ya que la ciudad estaba sumergida en el silencio, hasta los oídos de Margot se escuchó abrirse la puerta de la ciudad prohibida; Un carruaje blanco con bordes hechos de cobre se abrió paso entre la multitud acompañado de enanos vestidos con armadura. Al acercarse a las puertas del palacio del carruaje bajo un pequeño enano con una barba marrón muy poblada, iba vestido de negro cargando un hacha dorada en su espalda y una pequeña caja adornada de oro, subió las escaleras hacia las puertas del palacio, quedo maravillado por la arquitectura del palacio de la ciudad prohibida, enormes paredes rojas adornadas de escenas históricas de las batallas que dieron origen al imperio, además de leyendas que hablaban del susurró de los dragones a los humanos, doce columnas color hueso sostenían el palacio, una enorme escalera blanca y un enorme tejado de colores amarillo rojos y verde. Las miradas interrumpieron sus pensamientos y con la cabeza gacha subió las escaleras mientras el carruaje se alejaba junto a la pequeña compañía de enanos, entro al palacio y observo a los sacerdotes orando y a la niña frente al cadáver del emperador, quiso acercarse pero los guardias se lo impidieron.

     — Esta bien, déjenlo pasar — ordeno la joven.

     El enano se acercó entre los guardias hizo una reverencia ante el cuerpo y se arrodillo al lado de la princesa.

     — Creí que estaría celebrando la coronación de la nueva reina en Ciudad del Alba, rey Araghan.

     — Antes que nada, mis condolencias princesa Margot, el reino de Donlo muestra sus respeto para su padre y se hace presente con esto — abrió la pequeña caja de oro y saco un medallón hecho de rubí, el medallón era muy brillante y en el se podían distinguir unas letras en relieve doradas — Mi padre siempre me insistía que antes de morir le entregara a su padre el día en que pereciera. Está escrito en la lengua original de su imperio si mal no recuerdo.

     Margot tomo el medallón con delicadeza y lo leyó «Fuerza».

     — Nuestras naciones pelaron juntos contra los ejércitos de invasores, derrotaron a los Faradar y pelearon juntos en la guerra contra Satriun, he venido a honrar esos votos y estar presente el día del deceso del emperador en lugar de estar Ciudad del Alba en la coronación de la reina Ariadne. Espero que estos tiempos en que su hermana asumirá las riendas del imperio no enfrenten problemas.

     — Agradezco el gesto mi señor enano, pero los Faradar no nos han dado tregua, han atacado un pueblo cercano al norte de aquí, mi hermana Natsumi fue para allá, supongo que es una distracción para atacar la ciudad, espero estar equivocada.

     — Escuche rumores por el camino, que luego de años los Faradar han vuelto, si hay algo en lo que mi reino pueda ayudar no dude en contar con nosotros.

     — Agradezco su generosidad — dijo en lo que colocaba el medallón sobre el pecho del emperador.

     — Mi padre decía que la era de los reyes está por terminar y con ella nacería la era de los héroes.

     — ¿Héroes? Ya no existen los héroes. Murió el último que quedaba y está aquí frente a nosotros. No habrá nadie quien perpetre su apellido, el aliento del último dragón se ha apagado.

     Ambos se volvieron a sumergir en el implacable silencio y ambos oraron con los ojos cerrados, al cabo de unos minutos las puertas de la ciudad volvieron a abrirse. Armaduras doradas desfilaban entre la multitud, el elfo que los dirigía montado sobre un alce era alto como los de su raza, cabello largo del color de la nieve y ojos verdes, se acercó a las puertas del palacio y con la cabeza agachada subió las escaleras.

     — Príncipe Naylar — anuncio el enano.

     — Princesa Margot, Rey Araghan. — Hizo una reverencia frente a ellos saludándolos, y saco de su bolsillo un medallón de oro con una enorme esmeralda en el centro —Perdonen la ausencia de mi madre y mi hermano. Esto es una ofrenda de parte del reino de Merilnys, esta joya le perteneció a mi abuelo quien combatió junto con su padre. Ahora le pertenece.



Steven R. Kendwing

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En el texto hay: dragones, brujas

Editado: 12.03.2018

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