Dragones y Sombras - Heraldos de Guerra

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VII

     Ariadne entro con paso firme al gran salón y se colocó frente al trono, una vez allí capto la mirada de todos los asistentes quienes enmudecieron para oír las primeras palabras de su reina.

     — El emperador Eisaku ha muerto. El imperio de Taymun está de duelo, es lamentable que este sea el primer aviso que doy como su reina, pero no podemos regocijarnos en esta ceremonia si las hijas del emperador están de luto, pido a los presentes que presenten sus condolencias con la nueva emperatriz Natsumi. En unas horas partiré hacia Taymun a presentar mis condolencias personalmente, una vez regrese me sentare en el trono como es debido y administrare las labores del reino, mientras tanto mi padre será quien los siga guiando como lo ha hecho todos estos años.

     Sorian desde su asiento dibujaba una pequeña sonrisa que pasó desapercibida ante la multitud, sus hombres lo miraban con complicidad.

     — Mi reina, usted no será la única q viaje hacia Taymun.

     — Señor, Taymun está a millas de distancia ¿cómo llegara para rendir sus condolencias? Si Meytra no cuenta con barcos.

     — Nunca es demasiado tarde para presentar los respetos a un difunto. Una vez que mueres no importa que te digan o cuanto te lloren, los muertos no regresan a la vida. Además, se de un modo en el que podríamos estar en cuestión de minutos.

      Los invitados convirtieron el silencio en susurros. Los ojos de Ednert se humedecieron al escuchar el anuncio del deceso, Earnon le puso la mano en el hombro. — Sea fuerte su majestad, Eisaku nos enseño que en los tiempos difíciles es donde mas se debe demostrar fortaleza — Ednert recordó la primera vez que vio al emperador en Parantis. Los Faradar los triplicaban en número, era un suicidio estar entre las filas del reino, sus hombres aunque armados tenían miedo, se notaba en los ojos. Sin quebrantarse alzo su espada y cuando estaba a punto de dar la orden para avanzar, se escucharon jinetes a lo lejos. De pronto un enorme ejército se acercaba hacia ellos, el estandarte del dragón imperial hacia ver que no eran enemigos acercándose. Un hombre alto con una armadura roja carmesí lideraba a los soldados. Mientras galopaba el hombre de armadura roja desenvaino su espada y señalo a los Faradar, los hombres los siguieron y chocaron contra el enorme ejército de casi cien mil hombres. Ednert ordeno que sus fuerzas también ataquen, y los Faradar fueron aniquilados por ambos flancos. El rey se dirigió hacia el emperador quien se quitó el casco en señal de respeto. Parecía un hombre más amable de lo que hablaba su espada, una enorme sonrisa en el rostro casi no hacían notar sus ojos, una contextura robusta, una barba y unos bigotes largos y delgados le daban la impresión al rey de que el emperador era una persona amistosa.

     — Es un placer su majestad.

     — Digo lo mismo emperador, tanto mis hombres como yo estamos agradecidos por la ayuda brindada.

     — Siempre que la causa sea justa el Ejército Negro estará dispuesto a ayudar.

     — Así que este es el famoso Ejército Negro del que se habla en mis tierras.

     — Espero que tengan buena reputación.

     — Ni se imagina, pero… ¿Cómo sabían que la batalla se libraría aquí?

     — Los dragones surcan los cielos y susurran las guerras que están por aproximarse solo es cuestión de escucharlos — Respondió sonriendo.

     Estaba claro que no diría cual fue la verdadera razón por la cual supo lo de la batalla, pero no importaba, lo que realmente importaba era que aun respiraban.

     En las afueras del castillo mientras se daba el anuncio del deceso del emperador, Eila y Reldor se dirigían hacia el bosque, las verdes praderas, los enormes árboles y las cristalinas aguas de los ríos habían hecho que Reldor recuerde cuando niño jugaba con Ariadne en las tierras del reino.

     — ¿Hacia dónde me llevas?

     — Tranquilo joven no te hare daño, estas con una anciana que apenas puede mantenerse en pie, además vas armado, si habría alguien quien debería de temer debería ser yo.

     — No tengo miedo,  es solo que ha pasado tanto tiempo desde que venía aquí con Ariadne.

     A cada paso Eila recordaba como vio crecer a la joven reina desde pequeña, custodiada por los guardias del reino, no había tenido amigas de su edad. Por ello decidió meterse de lleno a los estudios de la alquimia. Hacía mucho las mujeres fueron prohibidas de practicar la magia, la cacería de brujas había rendido frutos, y todas las mujeres de todas las razas fueron prohibidas de practicarlas, una medida injusta para muchos, pero como los elfos eran quienes dieron caza a las brujas ellos impusieron las reglas en todo el reino. Por ello las mujeres dedicadas a la alquimia solo podían llegar a realizar pociones, algunas se dedicaban a la medicina y otras a comercializarlas en los mercados. Sin embargo Eila recordaba que cuando Ariadne era niña intentaba utilizar la magia, la pequeña con cinco años de edad apenas podía hacer una esfera de luz azul con sus pequeñas manos, ella la veía por un pequeño espacio en la puerta, la niña con los años iba perfeccionando su magia una y otra vez, pero quiera hacerlo aún más. Cuando cumplió diez años pidió a su padre que ya no quería escoltas, quería pasear sola por el bosque, el rey un poco dubitativo por la decisión de su pequeña decidió que fuese Eila solo la única quien lo escolte, y la lleve a aquel lugar que ambos conocían, un lugar seguro dentro del bosque. Mientras caminaban lejos del castillo la pequeña le pidió a su escoltaa que le guardase un secreto, Eila acepto y la pequeña hizo una esfera de luz azul.



Steven R. Kendwing

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En el texto hay: dragones, brujas

Editado: 12.03.2018

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