Dragones y Sombras - Heraldos de Guerra

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IX

     Escondido entre los bosques de los enanos se encuentra Duznack, una pequeña aldea de no más de veinte orcos, protegida por la por la precariedad de unas lanzas clavadas en el suelo y los puños de quienes lo habitan, sus tierras están alejadas de las principales ciudades, sus chozas hechas de piel de búfalo y oso los ayudan a combatir los pesados inviernos de esas tierras. Sobre lo alto de un tótem tallado en madera de Gulnaz, el antiguo dios de la guerra orco, se posó un cuervo. Su graznido alerto a Morug, líder del clan, quien se encontraba tallando una nueva lanza para ir a cazar con su tribu. Morug salió de su choza y al ver al cuervo quiso estrenar su nueva arma, así que la arrojo contra el cuervo, pero esta se convirtió en polvo antes de tocarlo. Los orcos boquiabiertos empezaron a arrojar toda clase objetos al cuervo, ollas, flechas, lanzas, hachas, pero todo esto solo acrecentaba el polvo a los pies de Gulnaz.

     Apoyándose en su bastón el anciano Balog, se acercó al tótem y con una mirada penetrante observo al cuervo, y este al verlo partió en dirección hacia el bosque, el anciano llamo a Morug a que lo acompañase y con paso lento pero firme salieron del asentamiento a perseguir al cuervo. Al adentrarse entre los gigantescos arboles Morug pregunto porque Balog no pidió al resto de la tribu a que viniesen, el anciano respondió que el cuervo solo quería verlo a él, y su misión era llevarlo hasta donde estaba. El graznido los iba guiando por entre los árboles, hasta que de un momento a otro el sonido cesó, ambos estaban desconcertados, no sabían a donde ir. Morug vio al cuervo unos pasos delante y convertirse en una mujer con una túnica negra.

     — Saludos mis señores orcos — saludó Minerva.

     — ¿Qué es lo que quieres hechicera? — respondió Morug prepotente.

     — Busco su apoyo con los señores Faradar.

     — Berloc Barbabronce ya ha venido a pedirnos apoyo — Intervino Balog — Le hemos dicho que las precarias con las armas que tenemos no podemos hacer nada, nuestras rudimentarias herramientas solo nos permiten cazar y entrenar a los nuestros en caso de ataques.

     — Nedir Meldu me ha prometido que entregaría armas a todo aquel que se enliste en las filas de los Faradar.

     — ¿Nedir Meldu? — Pregunto Morug — No podemos fiarnos de la palabra de un elfo, es obvio que es una trampa, nos traicionara, dejara que hagamos un pacto con él, luego de que sepa dónde estamos nos asesinaran, será una masacre.

    — No todos están contentos con que Eloran sea gobernante de los elfos ahora que su madre esta enferma, hay muchos rumores de rebeliones y ha habido intentos de asesinato en su contra. Mercenarios que contrato Nedir para propiciarse con el poder, si nos da lo que queremos, entonces el obtendrá el trono que desea.

     — ¿Y tú que obtendrás con todo esto bruja? — Pregunto Balog

     — Hace siglos, los Faradar declararon la guerra a todos los reinos y perdieron, las brujas no intervinieron en aquella guerra sin embargo  la raza de los hombres incito a una cacería contra nosotras y los dragones, porque según ellos podíamos ser un peligro para una futura guerra, miles de nosotras murieron en aquella casería, sin contar las mujeres inocentes. Luego, los elfos se apoderaron del pozo de la eternidad, la única fuente de magia en todo el reino, y la compartieron solo con los hombres humanos, prohibiendo a las demás razas a que pudieran usarla. Con esto señores, yo obtendré la venganza por ese injusto derramamiento de sangre. Ustedes obtendrán las tierras que tanto desean para su gente.

     Ambos orcos se miraron uno al otro, dudosos de que responder. Su raza había pisoteada y menospreciada por los elfos y los enanos, acusándolos de invasores los replegaron hasta las fronteras de los reinos con la amenaza de que si los veían podían matarlos. En los asentamientos escaseaban los alimentos y las zonas donde vivían no habían muchos animales cazar; las madres preferían matar a sus hijos antes que verlos morir de hambre, ya no quedaba nada de la raza de guerreros que alguna vez fueron los orcos.

     Morug como líder del clan pidió un consejo al anciano. Él le respondió que pensara en el bien de su tribu, una guerra siempre trae consecuencias, muertes por millares, pero todo sería por el bien de los que vendrían, si la rebelión funcionaba los orcos tendrían un lugar pacifico donde poder habitar. Además si no aceptaban, la guerra los pondría en una situación difícil, sitiados por los Faradar o por los enanos, no tenían opción. Ambos aceptaron.

     — Me alegra saber que su raza nos apoyara en esto — dijo Minerva — Veré a todos los clanes orcos de aquí a dos lunas en la cuenca de Brisum, diríjanse allí con todas sus pertenencias, en el campamento tendrán lo que les falta, comida, armas, vivienda, lo necesario para empezar.



Steven R. Kendwing

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En el texto hay: dragones, brujas

Editado: 12.03.2018

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