Dulce Infierno

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Capítulo 2

Sentía como una pequeña gota de sudor helada bajaba lentamente por un costado de mi rostro y el frío metal aun presionaba mi cuello; escuché como le sacaba el seguro al arma y supe que hablaba en serio.

─N-no m-me…─ no me había dado cuenta de lo nervioso que estaba hasta que decidí hablar. Aclaré mi garganta de inmediato para proseguir a hablar. ─No me ha mandado nadie y soy Nicholas Abraham, tu compañero de carrera.─ contesté lo más claro posible.

─Entonces, si aquello es verdad; ¿Por qué me sigues? ¿Qué buscas?─ el arma aun presionaba con firmeza mi cuello y su voz no se había debilitado; era como si, ella ya estuviese acostumbrada a este tipo de cosas.

─No te seguía o bueno sí, pero era para pedirte disculpa por lo que acaba de pasar en la cafetería.─ escuché como reía sarcásticamente y empezaba a alejar su arma de mi cuello.

─Digamos que te creo.─ había cierto tono de frialdad en su voz. Por Dios, nunca había visto a una chica hablar de tal forma y ahora que la escuchaba a ella podía decir que sentía miedo. ─Pero te diré una cosa: No necesito que te disculpes conmigo por nada, no me afecta en lo más mínimo lo que diga tu noviecita. Tengo cosas más importantes que hacer, como para andar perdiendo el tiempo con niñerías.

─En primer lugar, ella no es mi novia y en segundo…─ deje de hablar repentinamente, era como si el ratón se hubiese comido mi lengua. ─Bueno, no hay segundo punto.

─Perfecto, como digas.─ posó su mano sobre el pomo de la puerta para abrirla pero antes habló de nuevo. ─Esto nunca pasó y nunca volverá a pasar nuevamente, al menos que quieras amanecer muerto.

La incertidumbre se adueñaba de mi cuerpo por saber quién era ella. ─¿Quién eres tú?─ la tomé ligeramente de su brazo.

─Tres cosas.─ anunció firmemente. ─Debes saber tres cosas: No me mires, no me sigas y nunca pero nunca intentes saber quién soy.─ agitó su brazo con brusquedad soltándose de mi agarre y abriendo la puerta para salir de ese lugar.

La puerta se cerró dejándome nuevamente en la oscuridad contra aquella pared fría; solté el aire que por algún motivo mis pulmones habían reservado como su más preciado tesoro.

¿Qué acababa de pasar?

Aquella era la pregunta que rondaba en mi cabeza y ahora me atormentaba.

Mi celular vibró en mi pantalón haciendo que me sobresaltase por el repentina vibración, lo saque de su lugar y era la alarma que me notificaba que debía ir a la siguiente clase en menos de cinco minutos.

Cruce el campus de la facultad y me introduje al salón correspondiente, los dos hombres que la acompañaban yacían parados en el marco de la puerta.

─Señor Abraham, tomé asiento por favor.─ ordenó el profesor Jeremy con disgusto. La mayoría de mis compañeros ya estaban sentados y por lo visto la clase ya había comenzado.

Recorrí con la mirada el salón y solo había un asiento disponible en la última fila, al lado de la misteriosa Mirimah Evans. Su mirada estaba sobre mí y no lograba entender nada.

No me mires, no me sigas y nunca pero nunca intentes saber quién soy.─ Aquellas palabras que me había pronunciado en el taller se hicieron presente.

¿Por qué me prohibía mirarla cuando ella lo hacía todo el tiempo? ¿Cómo quiere que no averigüe quien es ella cuando es todo un misterio?

─Lo lamento.─ pronuncié para el profesor que aguardaba a que me sentara. Crucé todo el salón hasta que repose mi cuerpo sobre el asiento, sentía su mirada todo el tiempo.

La clase siguió su curso, los minutos empezaron a avanzar y los segundos se desvanecían en el transcurso del tiempo; su mirada chocaba con la mía en varias ocasiones, no podía dejar de observarla aunque ella me lo había prohibido.

Sus ojos eran tan hechizantes que te llevaban a recorrer mil mundos en tan solo un segundo; sus labios rojos, tan provocantes al punto de llevarte a la lujuria pura; sus manos tan delicadas, tan frágiles ante el ojo humano pero tan fuerte y firme como un mandato de muerte.

¿Quién era ella? ¿Por qué provocaba traicioneras sensaciones en mí? ¿Qué tenía ella?

Por primera vez en mis veinte años de vida me siento tan intrigado, por primera vez en mi vida mi cabeza es inundada por tantas preguntas sin respuestas.

Cada vez que la observo, indago en su mirada con la esperanza de encontrar alguna respuesta por más simple que sea pero no la halló; más bien se formulan más preguntas que me atormentan.

Ella ha logrado confundirme en menos de veinticuatro horas, sin conocerla, sin saber quién es, ni de donde proviene, a donde se dirigí, sin saber de quién huye, ni de quien se esconde.

─Eso es todo por hoy, nos vemos la próxima semana.─ el anunció del profesor me sacó de toda aquella ensoñación aunque hubiese estado despierto todo el momento.

El tiempo había avanzado con prisa y no me di cuenta en que momento el salón se había quedado casi vacío al no ser por ella que aun yacía sentada. Tomé mi mochila y me levanté con el propósito de acercarme a ella pero aquel hombre que siempre la acompañaba me lo impidió.



Sulay Mejía

Editado: 13.09.2018

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