Dulce Muerte

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Salida Acogedora.

Por arte del destino, mi cerebro no me permitió morir, mi corazón empezó a bombear como loco, mis pupilas se encogieron y mis ganas de agredir surgieron de la nada, las voces llegaron resonantes en mi cabeza, mis pensamientos no quieren morir que me obligan a vivir.

Salto a la camilla para tomar a Marco de la cabeza y darle un rodillazo en el rostro logrando por primera vez dejarlo inconsciente. Estaba en el pasillo sólo y comencé a abrir las puertas de todos los enfermos gritando: “Rebelión, todo al que vean denle una paliza y a cualquier compañero encerrado sáquenlo” Todos siguieron la corriente, abrieron más puertas y más gente se unía, sería un buen escenario para escapar. La bocina de los pasillos vociferó: “Esto es un código gris, no es un simulacro, todos tomen las medidas necesarias para calmar a los pacientes”.

Salí corriendo por las escaleras hasta llegar a la puerta donde había visto a mis padres por ultima vez. La bocina volvió a sonar: “El paciente 117 está por salir, cierren la entrada principal”. Al cruzar la puerta del lobby, una malla metálica empezaba a cerrarse de arriba hacia abajo. Agarré una silla y la lance contra la puerta de cristal, corrí hacia la abertura más grande, logrando salir de la clínica con vidrios incrustados de los brazos, en el cuerpo y en las piernas provocado por la puerta.

Corrí y corrí sin mirar atrás hasta encontrar un lugar seguro. Nadie me seguía, no había gente en la calle, estaba atardeciendo ya y todas las personas estaban en sus casas. Corrí más de quince cuadras encontrando un callejón donde me resguardé en unos contenedores de basura y cajas de cartón. Estaba por fin descansando, sentía paz en mi pecho, un alivio en mi garganta, ya no sentía ardor en lo absoluto.

El anochecer cubría mi cabeza, la luna ilumina las calles y las estrellas le hacían compañía, hace mucho que no veía la luna tan brillante y las estrellas tan notables, se veía un cielo oscuro despejado, una noche perfecta para admirar.

- Buenas noches.

Mis sentidos se activaron y con las heridas desgarrando mi piel, me levanto para defenderme de la persona que estuviera ahí.

- Oh oye tranquilo, no hay porque ponerse agresivos.

Era un vagabundo, ya grande, pero bastante bien para vivir en las calles, la cara rosada, una barba gris abundante, ropa vieja y un gorro de invierno.

- ¿Por qué no nos calmamos un momento? Estas herido y no creo que quieras atacar a una persona como yo con esas heridas.

Mis piernas no pudieron más que termine por colapsarme encima de unas bolsas de basura. El vagabundo se acerca con cautela temiendo por qué no lo golpeara.

- Si me permites voy a ayudarte a cubrir esas heridas.

Las voces de mi mente empezaron a gritar: “Mátalo, clávale un vidrio de los que tienes en tu cuerpo, quítale la ropa y déjalo morir lentamente”. Pero la poca cordura que me quedaba me hizo resistir a los actos impulsivos de mi cuerpo que habían sido enfurecidos por el tratamiento de la clínica psiquiátrica.

- Vamos a ver- Empieza por quitarme los vidrios del brazo, le siguió siguiendo ese camino hasta los pies – Dime ¿Cómo te llamas?

- Eso no te importa anciano.

Con una risa carismática pero que a mí en lo personal me molesta replica.

- Tienes razón, fue algo imprudente de mi parte, yo si te daré mi nombre, me llamo Cristopher, pero todos los que me conocen me dicen Lucas, tu si quieres me puedes llamar así.

Me quitó un vidrio en la pierna que estaba un poco más clavada que los demás que me hizo gritar de dolor desquitándome golpeando el contenedor de mi izquierda.

- Tranquilo Charles, no hay porque golpear.

- Créeme que salió mejor que haberte golpeado a ti.

- Tienes razón- Ríe – Tengo una pequeña choza a unas cuadras, si quieres puedes quedarte esta noche.

Me extiende la mano para levantarme. Le estrecho la mano y con la otra le tomó el saco polvoriento de su pecho.

- En cualquier momento te voy a matar anciano, no es nada personal, pero con alguien me tengo que desquitar.

- Joven, no le tengo miedo, no es la primera persona que me amenaza, yo no puedo morir, así que deja tu teatro y vamos a la choza.

Lo suelto y le sigo.

Su choza era una casa abandonada, hecha de madera y concreto, una casa que nunca fue terminada, o que fue perdiendo fuerza con el paso del tiempo.

Abre la puerta y tiene un solo foco que funciona de milagro, varias velas, un colchón viejo y una mesa con su respectiva silla.

- Esta es la choza del viejo Lucas, tal y como es su dueño.

- ¿Quieres que de verdad crea que es tuya?

- No espero que lo hagas. Solo paso las noches aquí.

Me acerco al colchón y me recuesto en él.

- Ah, ese es el colchón de tu servidor.

- Yo no tengo ningún servidor, solo pasare una noche aquí, no te va a doler dormir en el piso.

Cristopher sonríe haciendo que sus mejillas se pusieran más rosas.

- Tienes razón, los modales siempre van primero.

Va hacia una caja que esta debajo de la mesa y la pone en frente de la cama donde estoy yo, toma la silla quedando opuestos a la caja, saca un fosforo de sus bolsillos polvorientos y enciende la madera que se encuentra en el interior de la caja. Se vuelve a levantar para sacar un sartén, toma dos vasos de plástico y vuelve para la silla, coloca el sartén boca abajo tapando casi por completo la caja. Saca dentro del morral que traía consigo una botella de agua y vierte el líquido en los dos vasos. Extiende el brazo ofreciéndome el agua.



Matando el aburrimiento.

Editado: 15.07.2019

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