Ecos a través de piedra

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Heredera

Nuestro más sentido pésame, señorita Gómez, por su reciente pérdida, decía mi más reciente mensaje en mi bandeja de correo electrónico.

Me encontraba mayormente extrañada, pues sentirme mal por la muerte de un familiar que jamás conocí no sería algo propio de mí. Tampoco lo sería el sentirme mal por la de algún familiar conocido he de acotar, pues mi árbol genealógico no había dado los más dulces frutos.

He ahí uno de mis mejores chistes, les advierto que se ponen peor a partir de allí.

En cuanto al mensaje, eran los siguientes párrafos los que despertaban mi curiosidad, pues hablaban de una herencia que recaía exclusivamente sobre dos personas: un supuesto primo Nicodemo, de quien tampoco sabía nada, y sobre mí. Nos convocaban a ambos para la entrega y, en caso de ser necesario, división de bienes.

La única propiedad de mi recientemente difunta y muchas veces tátara tía Isabelina era, según lo descrito, una antigua casa de tres pisos con un jardín tres veces más grande que se encontraba tanto en urgente necesidad de reparaciones que la tía jamás quiso hacer como en un pueblo abandonado por la piedad de todos los dioses dignos de devoción.

Bien podría haberlo dejado pasar pues quién me negaba que no fuera una estafa más, de tantas que hay rondando en internet, pero mis deudas de acumulaban de una en una y mi suerte laboral solamente se podía denominar como negativa. Si todo era cierto, como parecía demostrarlo el cúmulo de críticas positivas que tenía la página virtual de la firma de abogados que me había escrito, entonces venderle mi parte de la propiedad al primo Nicodemo podría sacarme de más de un aprieto.

En el peor de los casos, supuse en aquel entonces, acabaría muerta en cualquier sótano de aquel pueblo que asumía embrujado. Que me haya encontrado en lo correcto o no, no es algo que deba decidir yo por los momentos.

Debía asistir a una reunión pautada para la próxima semana, lo cual me dejaba tiempo suficiente para abandonar todas mis posiciones y conexiones terrenales antes de entregarme a mi inminente destino. Con esas exactas palabras fue que acabé de describirle mi situación a la única persona con auto dispuesta a darme un aventón hasta el pueblo conocido como Caminos Empedrados.

–Definitivamente no, Sofía –me respondió mi novio Melquíades, frunciendo sus pobladas cejas y mirándome con reproche–, al menos no sola.

Estábamos en la sala del departamento que compartía con tres amigas, y llamarlo departamento sería un cumplido ya que originalmente había sido una bodega en la cual nosotras habíamos invertido más de la cuenta para habilitarla y hacerla técnicamente habitable. La renta era ridículamente barata, a pesar de todo, y la mayoría de los servicios nos eran gratuitos porque estaban cubiertos, debido a un hoyo legar, por la fábrica que teníamos al lado.

Exactamente qué fabricaban era un misterio para otra ocasión.

El esbelto cuerpo de Melquíades, no tan alto como él deseaba que fuere, estaba encorvado sobre sí, con los brazos cruzados de manera firme, haciendo juego con la expresión de su rostro. Era alguien sobreprotector, aunque quien sufría de celos en la relación era yo, tanto de mí como de su escarabajo de segunda mano. Había ahorrado por meses para salir de las deudas de sus tíos y poder pagarse un auto, y en parte me sentía mal por pedirle que lo utilizara para llevarme a alguna tierra de nadie. Me sentía incluso peor con la idea de que me acompañara a la reunión, pues tenía más responsabilidades que yo y tomarse un tiempo tan súbitamente le complicaría sus negocios de sobremanera.

–Entonces iré en autobús –le dije–, o le pediré a Marla su motoneta.

–El día que Marla permita que alguien más monte a su “hija adorada” sería el día que me pinte el cabello de verde con brillitos –dijo Melquíades con sorna. Marla era una de mis compañeras de alquiler y su Suzuki Spirit era la posesión más preciada que tenía. El mero hecho de que nos permitiese estar cerca de ella era, en sus palabras, muestra de su piedad–. Además, acabamos de revisar que el único autobús que te deja cerca, y cerca entre comillas por favor, te dejaría a más de un kilómetro de distancia.

–Ni que fuera tanto, lo sabes.

–No en terreno abandonado como ese. No son tiempos para andar descuidada, y mucho menos para una chica, Sofía.

Solamente la semana pasada habían declarado la desaparición de cinco muchachas por los alrededores, de edad similar a la mía. Melquíades llevaba más de un mes llevándome y buscándome al trabajo en su auto, y lo agradecía inmensamente. Esperar en la parada de autobús durante la madrugada para regresar a casa era una pesadilla, tomando en cuenta que ya habían intentado asaltarme para quitarme mi teléfono allí. Mis piernas eran más rápidas que mis ideas, por suerte, y me habían salvado en más de una ocasión.



Isabel Carlota

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En el texto hay: romance, humor, sangre

Editado: 26.07.2018

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