Ecos del silcencio

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Cap_1

Perdóname

 

Diego camino por aquella enorme sala casi como si fuera su propia casa, aunque nada tuviera que ver. Simplemente después de tantas veces que solía frecuentar aquel hotel, ya lo conocía como si fuera suyo.

Observo a personas llegar y llenar cada vez, más alborotado y ruidoso lugar. La música clásica sonaba a un lado del salón y no, no había orquesta como se solía uno imaginar como si estuviera en una película, simplemente en algún lugar de allí se debía de encontrar el aparato o el altavoz, algo que realmente a Diego ni le importaba.

Camino de un lado a otro con la mirada perdida y sin rumbo fijo esperando simplemente que todo terminara lo antes posible.

Él era un hombre atractivo y lo sabía, su trabajo le había costado. Con su camisa blanca desabrochada dejaba entrever su cuello por el cual se podía leer la tinta de varios tatuajes. La corbata de color blanco con rayas yacía en alguna parte de su coche y no, no era porque hubiera desatado alguna pasión loca en los asientos traseros de su Audi de último modelo, era que las odiaba y no duraba con una corbata puesta ni media hora, tanto que en su trayecto hacía  aquel lujoso hotel se la había quitado. Su traje, compuesto de pantalón verdoso oscuro que debía de combinar con su chaqueta del mismo color desaparecida en su armario, le hacía  aún más atractivo si cabía esperar. Y no solo por aquella presencia que enfundaba, sino porque rompía con todo lo establecido que la sociedad se proponía a cumplir.

Todos los hombres presentes vestían con su traje respectivo negro con zapatos lustrosos del mismo color, mientras que el con su corbata abandonada en el asiento de atrás y su chaqueta que ni molesto en encontrar, caminaba despreocupado ante la atenta mirada de todos.

Pero esa era una ventaja que Diego poseía. Él era así. Lo respetaban todos y nadie se atrevía a decir algo sobre su forma de vestir.

 

Sintió nauseas cuando una mujer que caminaba del brazo de su marido, le guiño el ojos coquetamente.

La ignoro.

Él no era así.

Él no iba de flor en flor ni por más alta cuna se tratara.

Él no era de una noche, ni de miles de mujeres.

Él era suyo.

Aunque ya no estuviera.

La música dejo de sonar y el volteo elegantemente en busca del escenario donde pronto debía empezar la presentación de su nuevo producto.

Habían trabajado mucho en aquel nuevo proyecto, tanto la publicidad como cada uno de los detalles habían sido planeados hasta el final y por fin y pesar de Diego, había llegado el día.

El, que prácticamente se dedicaba a invertir en las nuevas e interesantes propuestas que le llegaban, había acabado con ilusionarse con aquella. 

Cada vez que lo veía se ilusionaba, pasando horas y noche dando vueltas para sacarlo hacia delante.

El nuevo tipo de café blanco que hacía  poco había descubierto le lleno de vida sin previo aviso y aquel aroma que le embregaba le hacía  perder la cordura.

Era simplemente extraordinario y tan único que era el hombre más envidiable del momento.

Café blanco.

El mismo se echó a reír cuando lo oyó por primera vez creyendo que lo que le proponían era una locura, y allí estaba, esperando orgulloso como si de un hijo se tratara, a que fuera presentado.

El café le hacía  recordar y revivir sus mejores recuerdos.

El café le transportaba a esa sonrisa perfecta, a la mirada sincera y al amor más puro.

De pronto por el rabillo del ojo vio a una mujer de espaldas de larga cabellera negra como la noche y un recuerdo le encogió el corazón. Parpadeo varias veces y observo que ya no estaba, sonrío negando con la cabeza al pensar que era una ilusión y más pura imaginación  de sus deseos.

Su ayudante salió al escenario ante los aplausos de todos y comenzó a explicar el nuevo proyecto, algo que Diego debía de hacer pero que se negó a ello, todos sabían que era suyo. No hacía  falta alardear más.

Observo la decoración del escenario con varias mesitas a un lado y grandes carteles de su marca. En uno de los carteles había dibujado en rostro de una mujer que se perdía entre el humo del café que salía de la taza, sus ojos eran verdes como la pureza y los granos de café y sus manos sujetaban delicadamente la taza como si fuera el oro puro.

Algo en aquella imagen le hacía  pensar, una extraña sensación que siempre lo envolvía. La amaba y odiaba a la vez. Era tan contradictorio que por eso le encantaba.

Cuando encargo aquello a una empresa, jamás se imaginó ese resultado que le cautivaba y esperaba que a los demás también.

Larkmon, esa fue la palabra que observo escrita en grandes en aquel escenario. Así se iba a llamar su café.

Ese sutil guiño a algo que él amaba a pesar del tiempo hacía  que se sintiera mucho más orgulloso y estaba seguro de que no importara donde estuviese, lo vería algún día.

De pronto todos de nuevo aplaudieron y se giraron para mirar a Diego, abriendo un pasillo hacía  el escenario y sin palabras invitándolo a subir. Pero de nuevo él se negó, simplemente camino hacía  el inicio de este y tras voltearse sonrío.



Green_tango

Editado: 19.04.2019

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