El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Estoy asombrado de haberla encontrado tan pronto. Me parece que Elyon me ayudó y movió ciertas cosas para que la encontrara más rápido. Pero a pesar de lo mucho que hizo por mí, no le estoy para nada agradecido. Aún estoy molesto con él por la pareja que me eligió, estaba un noventa por ciento seguro de que elegiría para mí a otra chica, una más… como podré decirlo ¿decente? Sí, esa es la palabra que busco. Sé que Elyon se ha distinguido por las decisiones extrañas y radicales que siempre toma, en especial cuando de parejas se trata; pero creí que yo sería especial en esta ocasión, que al menos tomaría en cuenta las sugerencias que le hice en el pasado. Bueno, no fue así, y si mi vida no dependiera de ello, entonces lo desobedecería. No obstante, de todos los videntes que existen en el mundo, sólo uno fue tan atrevido como para intentar buscar una pareja por su cuenta, pero no le fue nada bien.

En la cabeza de Elyon, esto es lo mejor, y hasta no averiguar algo diferente, seguiré con el plan, así que supongo que por un lado está bien haberla encontrado pronto, por lo menos no tengo que visitar ningún burdel más, es muy cansado y eso que sólo visité dos. Ahora, lo siguiente que debo hacer, ya que creo que arruiné nuestro primer encuentro, es buscar la forma de acercarme a ella.

Me imagino que su turno terminará pronto y este lugar no me es agradable, así que salgo para esperarla afuera.

La puerta rechina al abrirla, está en tan malas condiciones que me sorprendo que no se cayera en cuanto la toqué. Imagino que así es como está mejor para el dueño del lugar ¿quién sospecharía que hay un burdel en este edificio en ruinas? Si no estuviera de vacaciones, llamaría a la oficina para que lo clausuraran de inmediato.

 Subo el cuello de mi chaqueta para enfrentarme al frío matutino, y también para que nadie me reconozca, si es que alguno de mis conocidos anda cerca.

Recorro la banqueta con las artísticas pinturas de mi lado derecho, son un montón de garabatos, la mayoría obscenos, que llenan las paredes del burdel.

Buco refugiarme debajo de un toldo en la esquina de la calle, así me será fácil ver cuando Keren salga. Aunque para ser sinceros, no tengo muchas ganas de eso.

No le presté mucha atención cuando se me acercó, todas las prostitutas interpretan cualquier mirada como una invitación a ofrecer sus servicios, sin embargo recuerdo sus rasgos de la primera vez que Elyon me la mostró. Es bajita, morena y tiene el cabello quebrado. Lo que más me gustó, hablando de su físico, fueron sus ojos; eran centellantes, aunque un poco tristes también. La verdad es atractiva y sería la mujer perfecta, si tuviera otro empleo, el que fuera, menos este.

Los primeros rayos de luz comienzan a ser visibles en el cielo y la ciudad empieza a despertar. Poco a poco las calles comienzan a llenarse de gente que viene y va. Gracias a Dios que nadie me conoce por estos rumbos.

—Oye amigo—oigo la voz de alguien a mis espaldas. Me doy la vuelta y me encuentro con un indigente— ¿tienes una moneda?

Lo miro unos segundos, me parece que es más un ladrón que un indigente. Tiene una expresión burlona que me dice que es de esos que están acostumbrados a que la gente les den lo que quieren sólo por lástima. A ese tipo de personas les ofrezco trabajo y pronto desaparecen, pero quizá esta vez pueda ser más condescendiente. Meto la mano a mis bolsillos y saco la primera moneda que siento. Se la entrego esperando que se vaya, pero no lo hace, se queda mirándome y evalúa si puede sacarme un poco más.

—Eh—exclama—,  ¿y qué tal si me das también ese hermoso reloj de oro que traes en la muñeca?

Ahora lo miro con desagrado, es obvio que piensa robarme.

—Olvídalo—le digo.

—Vamos, seguro un niño rico como tú tiene muchos más de esos.

—Dije que no.

A pesar de mis palabras, extiende su andrajosa mano e intenta sacarme el reloj. Eso es muy tonto de su parte, lo tomo por la muñeca y se la tuerzo hasta que se la rompo. El grita de dolor y luego me mira resentido. No se esperaba que lo tratara así.

—Aléjate—le advierto y se retira llorando. 

Estaba tan concentrado en mantener mi mirada amenazante en el ladrón para que se alejara, que no noté que mi celular estaba vibrando en mi bolsillo. Al sacarlo vi varias llamadas perdidas de Rebeca, la sargento de la policía local. Debía tener alguna urgencia porque el celular volvió a sonar.

— ¿Diga?—contesté.

— ¡Por fin te encuentro!—dice exaltada.



Elizabeth Pineda

Отредактировано: 17.06.2018

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