El Amor del Último Vidente

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Ezequiel

Voy conduciendo de regreso a mi casa, a una velocidad que desesperaría a cualquiera, pero así es como me concentro mejor, y para este caso necesito reflexionar muchísimo. Este es el primer caso que me ha representado tantas dificultades y eso me hace preguntarme ¿quién es este sujeto? ¿Por qué no puedo encontrarlo? Antes solo me bastaban unas cuantas miradas al pasado para encontrar al culpable de cualquier crimen, pero no ahora. He mirado en el pasado, presente e incluso en el futuro y nada, es desesperante. Es como si hubiera una barrera en mis visiones y esa barrera me impide ver lo más esencial de cada caso del asesino rojo.

— ¡Mueve tu carcacha!—grita un conductor cuando me rebasa, lo ignoro y sigo adelante con la misma velocidad.

Luego de treinta minutos que hice de más en el camino, llego a mi casa. Pienso que sería bueno comprar un perro, así habría alguien que me recibiera con gusto cuando llego. Me rio de mi idea, no creo poder ponerle suficiente atención a un perro.

*****

Es de noche, las doce en punto para ser exactos. La idea de regresar al burdel otra vez para hablar con Keren se me ocurrió al recordar lo que me dijo mientras estábamos en la parada de autobuses, no es una idea que me agrade, pero me parece que es mejor que ir a su casa y arriesgarme a que piense que soy un acosador.

Giro las llaves del auto una y otra vez en mis manos, no quiero llevar a cabo mi genial idea. Sé que sólo estoy retrasando mi salida porque es seguro que terminaré yendo. Suspiro resignado y salgo poniéndole doble llave a la puerta.

Es curioso, pero cuando no quieres ir a algún lugar, el tránsito incluso te ayuda a llegar más rápido. Podría jurar que en casi todo el camino, sólo me topé con uno o dos semáforos en rojo y aparte de eso, cambiaron demasiado rápido a verde.

Cuando llego, la música es bastante estridente, la pista de baile está llena y todo huele a sudor. Me siento en la barra con la esperanza de que ella aparezca de un momento a otro, eso o que deseo no encontrarla y entonces pueda irme con un buen pretexto. Bah, a quién engaño, Elyon no me pedirá cuentas de esto, soy yo que tengo curiosidad de ver porqué Elyon dice que ella es perfecta para mí.

 El camarero se me acerca para ver que voy a pedir. Antes de que llegue hago una señal negativa con la mano y luego le hago entender que más adelante pediré algo.

Ni siquiera en mis años más locos me hubiera imaginado poner un pie en un lugar como este, está claro que desentono aquí. Varios pasan a mi lado y me miran con desprecio, como si fuera una persona bastante desagradable. Ignoro toda la hostilidad que me rodea y me concentro en hacer lo que vine a hacer.

Mi mirada se pasea por todos lados, trato de encontrar a Keren entre la multitud que abarrota el lugar, pero no la veo por ningún lado, aunque veo a una chica que se me hace conocida, me parece que es la misma que alejó a Keren de mí ayer en la madrugada. Camino hacia la pista de baile donde está ella bailando con un tipo con cara de pervertido. La tomo por el brazo y la llevo fuera de la pista.

— ¡Ey!—exclama, aunque luego su actitud se calma—. Hola—dice barriéndome con la mirada— ¿Te puedo ayudar en algo guapo?

— ¿Dónde está Keren?—le pregunto mientras quito su mano de mi pecho.   

— ¿Quién?

—Keren, tu amiga—le grito para hacerme escuchar por sobre la música.

Ella hace una mueca de descontento.

— ¿Es que acaso yo no te soy suficiente?—dice con voz aterciopelada y luego vuelve a poner su mano en mi pecho.

Una vez más aparto su mano y no se la suelto para que no me toque de esa manera otra vez.

—Debo hablar con ella—digo.

Me mira molesta unos segundos y después señala a alguien en el bar. Ahora entiendo por qué no la reconocí, con los tacones que trae se ve mucho más alta y a mi parecer, trae un vestido aún más pequeño que el de ayer.

—Gracias—le grito y voy de inmediato hacia donde Keren.

También se encuentra con un tipo desagradable, un gordo que la mira como bobo, si no me doy prisa quizá desaparezcan muy pronto.

Llego justo cuando ambos se levantan de los bancos, tomo al gordo por la espalda y lo tiro al suelo, ni siquiera me giro para saber cómo cayó, más bien me concentro en mirar a Keren.

—Pero… ¿¡Qué te pasa!?—me grita ella.

—Debo hablar contigo—le digo tratando se sonar muy serio.

— ¡Claro que no! ¡Lárgate!—me ordena. Creo que ya me ha reconocido.



Elizabeth Pineda

Отредактировано: 22.04.2018

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